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La última escala de Maqroll, el Gaviero

Álvaro Mutis / AP

Álvaro Mutis / AP

Llega con sus padres diplomáticos a Bélgica a los 2 años de edad y estudia con los jesuitas,

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Nació Álvaro Mutis Jaramillo en Bogotá un 25 de agosto de 1923 y falleció en la Ciudad de México, megalópolis en la que vivía desde 1956, el domingo 22 de septiembre de 2013. De sus 90 años, 64 los pasó fuera de su país natal y, sin embargo, jamás dejó de ser un escritor colombiano. Lo mismo ocurre con su entrañable amigo Gabriel García Márquez: bastante más de la mitad de su vida fuera de su país y su país sigue allí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, inmutable.

Llega con sus padres diplomáticos a Bélgica a los 2 años de edad y estudia con los jesuitas, hasta que regresa a los 9 a la región del Tolima, huérfano de padre, donde vive en la finca de su familia a orillas del río Coello, entre cafetales, bajo la impronta de la madre. Casi toda su obra literaria está signada por estos dos hechos: los viajes por mar entre Amberes y Buenaventura y la vida adolescente en el paraíso tolimense. Luego se muda a Bogotá donde trata “infructuosamente de terminar bachillerato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario”, el mismo recinto académico donde reposan los restos de su más ilustre antepasado, el sabio naturalista José Celestino Mutis. En la ciudad eternamente lluviosa (“esa ciudad fría que lograba ponerme triste”) prefiere los billares y la poesía a los estudios y el susurro encofrado de los cachacos.

Abandonados los estudios formales para siempre, comienza una vida signada por el azar de los autodidactas. Se erige en actor de teatro en el barrio Chapinero a los 18 años y también consigue ser locutor en la Radio Nacional. Allí, un marido celoso cree descubrir en sus intervenciones radiales un mensaje cifrado para su esposa y lo busca para matarlo, casi lo logra. En 1948, un día antes del fatídico 9 de abril bogotano sale de la imprenta su primer poemario, La balanza, un libro a dos manos con Carlos Patiño Roselli que corrió la suerte de la ciudad incendiada. Fue colocado el 8 de abril en las librerías que fueron arrasadas por la turbamulta al día siguiente. Le seguirán Los elementos del desastre (1953), Reseña de los hospitales de ultramar (1959), Los trabajos perdidos (1965), Caravansary (1981), Los emisarios (1985), Crónica regia y alabanza del reino (1985), Un homenaje y siete nocturnos (1987).

Consigue un trabajo en la Colombiana de Seguros en donde dirige su revista, después pasa a ser Jefe de Propaganda de la cervecera Bavaria, con apenas 24 años. Luego lo designan Director de la emisora de radio Nuevo Mundo y después pasa a encargarse de las Relaciones Públicas de Lansa, una línea aérea que competía con Avianca (“Lansa es la gran experiencia que, después de Coello, me ha dado el material básico para mi obra literaria”). Gracias a ella, conoce toda América Latina. A los 32 años pasa a trabajar en la Esso colombiana como Jefe de Relaciones Públicas: ahora los viajes se extienden por todo el mundo. En esta empresa su vida, lamentablemente, cambiará para siempre.

En 1956 se ve en la necesidad de irse a toda carrera de Colombia y vuela a México. La Esso considera que Mutis no ha hecho buen uso de las partidas presupuestarias destinadas a las relaciones públicas y lo quiere preso (“en realidad no sé en qué momento empecé a disponer de ese dinero, mediante recibos que firmaba a nombre de entidades inexistentes”). Es apresado en el D.F. mexicano en 1959, y es conducido a la prisión de Lecumberri. Padece 15 meses de condena. Allí escribe Diario de Lecumberri (1960) y el luminoso relato “La muerte del estratega”.

Al salir de la prisión, sigue su azar laboral. Durante 23 años fue gerente de ventas de películas de la Twentieth Century Fox y la Columbia Pictures para América Latina. Hacía dos viajes al año por todo el continente. De su peregrinar incesante por estas tierras rescata tres ciudades: Buenos Aires, Quito y San Juan de Puerto Rico. En Venezuela los compradores de sus “enlatados” eran Radio Caracas Televisión y Venevisión. Alguna vez le preguntó el presidente culto de una de estas dos plantas televisivas, si el Álvaro Mutis poeta era él, a lo que el elegantísimo vendedor respondió que ese Álvaro Mutis era otro, pariente lejano, y vergüenza de la familia. Antes de la repetición incesante de las empresas cinematográficas, hacía la voz del narrador de Los intocables, siempre en México, su base de operaciones.

Al jubilarse de la Columbia Pictures en 1988, hace eclosión feraz su veta novelística. Es como un magma contenido que produce siete novelas en siete años. La nieve del almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1987), Un bel morir (1988), La última escala del Tramp Steamer (1989), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1992) y Tríptico de mar y tierra (1993). Antes, en 1973, había publicado una breve joya narrativa: La mansión de Araucaíma. Relato gótico de tierra caliente. En este cuento económico y de aguda resonancia interior se anuncia el estallido de una década después. Fue escrito en 15 días para ganarle una apuesta a Luis Buñuel, de quien era buen amigo, ya que este creía que no podían escribirse relatos góticos ubicados en tierras calientes. No sólo le ganó la apuesta, sino que Buñuel se comprometió a hacer una película con la obra, pero la vida se le fue de las manos antes de cumplirle a Mutis.

En el poemario fallido de 1948 ya aparecía su alter ego: Maqroll, el Gaviero. Epicentro de toda su obra, metáfora vital a través del oficio de estar en la gavia, avizorando, oteando el horizonte, vigilante. De la saga narrativa de Mutis privilegio La última escala del Tramp Steamer, acaso el punto más alto del lenguaje poético de nuestro autor. En ella el lujo verbal es tan preciso que alcanza un estadio en el que lo escrito resulta imposible haberlo escrito de otra manera. La metáfora del viaje como experiencia central de la condición humana cristaliza definitivamente, mientras las delicias de la danza amorosa entre Jon Iturri y Warda Bashur se hacen presentes con su portentoso poder evocador.
De sus poquísimos relatos, “El último rostro” fue lo que quedó después de un intento de novelar la vida de Bolívar.

El intento fue incinerado, pero quedó el cuento. Se vale del ardid de un coronel polaco que encuentra unos papeles en una subasta para reconstruir los últimos momentos en la vida del Libertador, pero sobre todo para oírlo hablar, y el que habla es el Bolívar más cercano a Mutis: el que constata el desastre americano desde la atalaya europea: “Aquí se frustra toda empresa humana –comentó”. El relato reproduce los estereotipos bolivarianos de la mitología archiconocida: un héroe traicionado por Santander, un Cristo abandonado, un incomprendido para su tiempo. El valor del relato está en la escritura. En el tratamiento de Bolívar reproduce los mitos abrazados por la derecha y la izquierda y coincide con García Márquez en El general en su laberinto. Lo mismo de siempre.

Singularidades sí vamos a hallar en abundancia en su obra narrativa, que es continuación en prosa de su obra poética. De hecho, puede hablarse de una continuidad con tal claridad que no se distingue una de la otra. Es el universo de Mutis. Su universo inconfundible. Un mundo de travesías marítimas, de amores profundos y portuarios a la vez, de constatación del desastre en que concluye toda aventura humana, lo que no supone la futilidad de la experiencia. En toda su obra se destaca notablemente el trabajo del lenguaje. Frases largas, musicales, precisión etimológica, algo que a falta de precisión mayor llamaría la dicción colombiana, aunque no puedo en este momento ni siquiera intentar descifrar qué es eso, pero es. Tan sólo apunto que esta dicción está imantada por la poesía, como la obra de García Márquez.

De hecho, una anécdota es muy elocuente en este sentido. García Márquez escribe un discurso para recibir el Nobel de Literatura, pero al llegar a Estocolmo se entera que debe pronunciar otro y no tiene tiempo. En lo que Mutis se baja del avión su amigo le dice: “No tengo un segundo libre, te toca hacer el discurso”. “Sobre qué”, le preguntó Mutis. “Sobre la poesía”, le respondió Gabo y le dijo, concluye con esta frase de Luis Cardoza y Aragón: “La poesía es una de las pocas pruebas concluyentes de la existencia del hombre”.

El discurso es una joya y los retrata a ambos de cuerpo entero.
Ya viejo a Mutis le llovieron los reconocimientos. Obtuvo el premio Príncipe de Asturias y el Cervantes. Sin embargo, en aquel libro de entrevistas (El reino que estaba para mí. Conversaciones con Álvaro Mutis) que sostuvo con Fernando Quiroz, afirmó: “Jamás decidí escribir para alcanzar la fama. Empecé a hacerlo sin darme cuenta, y he seguido escribiendo para que jamás dejen de vivir dentro de mí los recuerdos de Bruselas y de Coello y las revelaciones de Lecumberri. Sólo he escrito para eso, a pesar de la tortura endemoniada que significa para mí trabajar con las palabras”.