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Nueve preguntas para Pensar la transición (III)
Responde Diego Arroyo Gil

Diego Arroyo Gil / Foto ©Ricardo Torres

Diego Arroyo Gil / Foto ©Ricardo Torres

13 intelectuales reflexionan sobre la crisis venezolana y sus perspectivas, a partir de un cuestionario de nueve preguntas. La tercera entrega corresponde al periodista y editor Diego Arroyo Gil 

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Diego Arroyo Gil nació en Caracas (1985). Fue codirector de la Biblioteca Biográfica Venezolana y profesor de la Escuela de Letras de la UCV. Es autor de cinco libros, entre ellos Bocaranda. El poder de los secretos (2015), escrito con el periodista Nelson Bocaranda Sardi, y La señora Ímber. Genio y figura (2016), ambos publicados por Editorial Planeta. Es colaborador de varios medios, impresos y digitales, y es director ejecutivo de la Fundación Lectura.


―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

Para responder a esta pregunta sin ponerse en riesgo hay que tener una textura psíquica de la cual carezco. De manera que lo que puedo decir al respecto es resultado de un gesto reaccionario, como si viera la casa en llamas y saliera expulsado de ella para preservar la vida. Lo que estamos padeciendo como pueblo es inaudito y abominable. Si no fuera contraproducente sentir asco por la experiencia que nos deparan los días –pues es la nuestra, al fin y al cabo, y a pesar de todo tiene la bondad de modelarnos el carácter– andaría por la calle dando arcadas. Me da miedo siquiera rozar este asunto porque me compromete hasta zonas insospechadas de la sensibilidad, como yo sé que a tantos. Tratamos de conjurar la oscuridad con fósforos que, uno tras otro, a cada paso, se nos apagan en las manos. Lo más brutal ha sido darse cuenta de que no estamos ya luchando contra la fulana revolución sino contra la muerte. Quizá siempre hayan sido la misma cosa. Chávez era un suicida y logró reclutar algunos años de nuestro destino para la práctica de esa pulsión autodestructiva. Lo peor es que era una invitación a inmolarnos por la Nada en nombre de la Felicidad, o viceversa, da igual. Psicopatía de la brava. Era la perversión del heroísmo, cuando el heroísmo ocupa un lugar privilegiado y hermoso dentro de la civilización. No creo, sin embargo, que el hecho de que nos mantengamos todavía en pie, aunque tarumbas, luego de casi 20 años, sea cosa de poner a un lado. Por el contrario, como respuesta a una locura que pretende ser y hacerse infinita, a lo largo de este período hemos hecho lo posible por amarrar a la bestia, por llevar a los demonios al borde del agujero que conduce al infierno del que nunca debieron salir. Hemos fallado, pero el instinto de sobrevivencia sigue encendido en nosotros.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

No hay cambio que no sea, en mayor o menor medida, violento. Todo cambio implica la alteración de una circunstancia dada. Como cuando un cirujano interviene un organismo para curarlo. La cuestión más bien sería descifrar si esa violencia inherente a la reforma puede ocurrir sin tajarnos el pescuezo. ¿Quién nos lo asegura? Desde luego, la aspiración principal es que el país corrija el rumbo sin que haya que seguir navegando por ríos de sangre. Aunque nos enfrentamos a un régimen de asesinos, la mayoría de la sociedad apuesta por una salida pacífica. Los que no lo hacen, estén de un lado o del otro, han perdido el juicio. Y esto debe señalarse en la oposición, dentro de la cual hay una minoría desquiciada que dice, sotto voce, que no es posible un nuevo 23 de enero sin muertos. Sentenciarlo sin que haya sucedido es decretarlo (cuando no propiciarlo), y eso no se puede aceptar. Mucho menos si viene de boca de gente que se presenta como alternativa a esta hemorragia paralizante. En el mismo saco entran las señoritas que esperan con ansias de quinceañera que actúen los militares, que lleguen los cadetes a la fiesta. Se quejan del chavismo pero anhelan el advenimiento de un Chávez resurrecto, el Cristo armado. Se olvidan de que, cuando eso ocurre, inevitablemente lo que corresponde en la “hora loca” es bailar el Piquirico.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

Es aconsejable que nos hagamos conscientes de nuestra fragilidad, sin más. ¿Quién se atrevería a afirmar que, al sacar al chavismo del poder, nuestro futuro quedará inmunizado contra otros eventuales yerros y cataclismos? La historia no sabe nada de manuales de autoayuda. Cuando murió Gómez, en 1935, muchos creyeron que con su cuerpo se sepultaba la posibilidad de una nueva dictadura en Venezuela (y soñarlo estuvo bien, porque la vida sin esperanza es muy difícil de sobrellevar), pero a la vuelta de unos años ocurrió el perezjimenismo y luego el chavismo, que ambos son encarnaciones de la fatalidad. Solo una ignorancia flagrante puede llevar hoy a alguien a cultivar ese neo-perezjimenismo que cunde ya, en efecto, entre algunos venezolanos. ¿Cómo es posible que haya gente que sienta nostalgia por un asesino en serie como Pérez Jiménez, que no era en absoluto un general sino un capo, un hombre que debería representarse como un carnicero con el delantal lleno de sangre? Lo exculpan de sus crímenes en virtud de la diligencia que en su época ponía en práctica el Ministerio de Obras Públicas, y otras sandeces. A ese punto llegan. Y eso habla mal de ellos pero también del resto del país, que no ha encontrado la manera de educarnos con respecto a las adversidades que nuestros ancestros siguen padeciendo en nosotros mismos. En el corazón venezolano hay sufrimientos atávicos muy hondos. No solo debidos a los accidentes de la historia oficial, digamos, o de la naturaleza, sino al trasiego anónimo y menos visible del día a día, donde una noche puede que falte el pan y a la mañana siguiente puede que falte el hijo. Ver eso, creo yo, ver nuestra vulnerabilidad personal y colectiva en contraste con los “grandes proyectos nacionales”, tal vez contribuya a que vayamos hallando, poco a poco, una medida. ¿No es un sentido de límites lo que nos hace falta?

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

Este es un asunto demasiado extenso. En principio, está a la vista que fracasamos al ser incapaces de detener a tiempo este caballo de Atila que es la revolución de Hugo Chávez, casi desde el principio alentada y manejada por Fidel Castro, que es el hombre más venenoso que ha tenido América Latina en los últimos 60 años. Satanás es hijo de Fidel Castro. Porque si bien ha habido una resistencia muy digna contra el régimen, el hecho es que no supimos cortar en seco el avance de la destrucción. No hablemos siquiera ya de los muertos y de otras tragedias. Venezuela es hoy en día uno de los países más ruinosos y arruinados del continente, posiblemente no en capital simbólico, que nos da arrestos para seguir adelante, pero sin duda en capital contante y sonante, sin el cual tampoco se puede mantener una sociedad.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

Hasta ahora, y no hay razones para pensar que dejarán de hacerlo, no son pocas las voces que nos han orientado con sus reflexiones en la exploración de este sótano espantoso. Han sido, en este caso, ya no fósforos sino linternas para escudriñar en la oscuridad y estar atentos a sus múltiples peligros. Yo me aferro a una modesta frase de Rafael Cadenas, quien dice, aunque preocupado: “Esto también pasará”. Una nota disonante: no concibo cómo un hombre como Román Chalbaud haya apoyado y siga apoyando este horror. De él quedará su obra, a veces magnífica, pero también su figuración en el prontuario de la dictadura que patrocinó.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

A estas alturas, lo de la polarización me parece una exquisitez sociológica indigesta. ¿Quiénes están “polarizados” hoy en Venezuela? ¿No son el país y la dictadura? ¿La vida y la muerte? En buena medida, la polarización esa que sufrimos hace unos años se alimentaba de la presencia física y de la ponzoña verbal de Chávez, y a Chávez se lo llevó Papá Dios, como dice Ramos Allup. La mayoría de quienes aún lo quieren, que son bastantes, por cierto, no darían ni dos bolívares por Nicolás Maduro, que es un hombre de a centavo. Lo que sí es de tomar en cuenta es el daño que nos hicimos los unos a los otros, la herida que dejó en nuestro cuerpo social la guerra intestina que se libró entre nosotros. Hoy en día yo ya no veo esa guerra entre venezolanos sino un pueblo entero que se defiende de una camarilla de desalmados. Y en cuanto a ese daño y esa herida, me tranquiliza que la frustración y el dolor que hoy compartimos nos reúnen en una piedad mutua. Al menos así lo siento yo. “¿Quién habla de victorias?”, se preguntaba Rilke. “Sobreponerse es todo”, se respondía.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

Por un lado, es un cambio que brinde un salvoconducto para no morir de inanición ni caer en el canibalismo. Por el otro, es un cambio que consiste en restaurar un tejido político que haga posible la convivencia democrática. De lo que no estoy muy seguro, ni siquiera en el hecho de decirlo pues no tengo las herramientas para abordarlo, es que haya un vaso comunicante efectivo entre ambas urgencias, de modo de evitar que la aspiración a practicar la ciudadanía se limite a poder matar el hambre. Si eso es así, aquí no ha pasado nada y quedamos en las mismas. Pero esto ya es materia para analistas de verdad y para psicólogos sociales, y yo solo soy un periodista.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

Si la pregunta se refiere al entendimiento y la reconciliación entre la gente común, confío en ellos porque el sufrimiento entre nosotros es una endemia ubicua. Si no los impone la voluntad, los impondrá el tiempo. En cuanto al entendimiento entre la clase política opositora y ciertos factores del régimen, de eso no sé qué decir excepto lo que ya viene en la propia interrogante: que toda transición exige una negociación, les guste o no a los que dicen que aquí no hay nada que hablar. Si el diálogo es improcedente, como pregonan, ¿para qué una transición, si esta implica un proceso? Entonces lo que quieren es un golpe, pero no se atreven a confesarlo.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

Por regla general, el intelectual siempre tiene una asignatura pendiente, pero eso no significa que se plantee hacer una contribución “decisiva”. Se trata de que ellos nos inviten a tantear por terrenos de interés. Yo echo de menos una aproximación al psiquismo del venezolano a partir de la experiencia del chavismo, lo cual necesariamente implicaría intentar hacer un diagnóstico del daño que este período ha causado en nosotros, e igualmente sugerir posibilidades de asimilación. Esas teorías que pretenden explicar la “identidad nacional” con cuatro frases sobre Juan Bimba y otras cuatro sobre Tío Tigre y Tío Conejo me parecen insuficientes y un poco chatas. ¿Cómo se rehabilita un país para la vida? Esa es la pregunta que me hago. Lo otro que me gustaría que se abordara es el asunto del heroísmo. Suele decirse que uno de nuestros problemas es que somos dados al culto al héroe, y yo no estoy de acuerdo. Si fuese un culto en toda ley, el héroe tendría su lugar dentro de nuestra mitología en vez de andar por allí, suelto e impostor de sí mismo, con un machete al cinto o encarcelado. Basta ver lo que sucede con Bolívar, que es la puta del pueblo. Eso no es ningún culto al héroe. Es un sainete patético. En la fijación por el hombre providencial, que se vincula mucho con todo esto, no veo nada religioso. En todo caso pseudo religioso, es decir, una perversión, una patología social.