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Los topos, la novela de Eduardo Liendo que se aleja de los dogmas

Los Topos (1975)

Los Topos (1975)

Publicada en 1975, la obra parte de las vivencias del escritor como militante de izquierda y su encarcelamiento en los años sesenta

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En Los topos (Monte Ávila, 1975), Eduardo Liendo es un mago en poco más de 180 páginas. Logra que cada lector que llegue a ellas, sin importar los años transcurridos, experimente los sentimientos de un hombre convencido de los cambios a través de la fuerza y de que podrían venir mejores momentos para un país.

Es una novela que surgió del “bojote de recuerdos” –como él mismo dijo en esa época– de una juventud llena de consignas, referencias, anhelos y esperanzas, pero aún ingenua en un contexto engañoso y hostil.

Son dolorosos y preciados los recuerdos, como la cárcel y la fe en ese proyecto fracasado que fue la lucha armada en pos del comunismo. Sin embargo, las reflexiones escritas no desembocan en el reproche ni en el rencor. Liendo se aparta lo suficiente de esas experiencias vividas para darle vida a Armando, el protagonista que bien narra el encierro de años y lo que eso conllevó: las vidas perdidas –por la muerte y la distancia–, las rencillas, la inocencia del prepotente y una utopía cada vez más intangible.

El nombre del título responde a la capacidad de un grupo de presos para hacer túneles, una hazaña que tiene sus leyendas, pues novelístico es el escape que en la vida real protagonizaron Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez y Guillermo García Ponce del cuartel San Carlos, un modelo a seguir por los entonces jóvenes ansiosos de instaurar el gobierno proletario.

Mientras eso ocurre en la llamada Isla del Burro, en las montañas venezolanas un grupo de muchachos que apenas se acostumbra a la palabra adultez, se prepara para la guerra. Son torpes en las exigencias de la lucha, tienen miedo y sus comandantes lo saben, pero ven en la ideología y los discursos altisonantes la espinaca necesaria para el triunfo.

En la cárcel sobresale la lealtad y la camaradería, pero también el miedo a la delación. La nostalgia y los proyectos de un nuevo gobierno se conjugan con el arduo trabajo para la salida. Los libros son su máximo logro, producto de la negociación y la avidez para esconder aquellos imprescindibles cuando los guardias pasan factura por alguna irregularidad.

Mao Tse Tung, Lawrence de Arabia y el Che Guevara son solo algunas de sus referencias en la instrucción para la guerra y la política. “Muchos de nosotros conocemos por primera vez estos libros y creemos tener entre las manos una réplica de la maravillosa lámpara de Aladino. De estos conocimientos, asimilados muy dogmáticamente, esperamos todos los milagros”, se leen en las páginas que narran la vida de los condenados a más de una década de cárcel.

Los motivos de los que luchan son varios. En el libro describen a los que encantados por las ideas de Bolívar, Sucre, Sandino, Zapata, San Martín y Zamora, referencias ahora tan lejanas y tan cercanas por repetición y manipulación. Otros llegan por el odio, el resentimiento por alguna humillación no superada. Y están aquellos que se enfilaron por equivocación. “En realidad, hay tantos caminos como hombres, pero en algún instante convergen en un punto”.

De la calle llegan tantas informaciones. Que se derrumbó el capitalismo, que cayó el gobierno en Caracas, que triunfará el comunismo, que cada cien años despierta Bolívar, que la guerrilla avanza cada día, que Fidel quiere cogerse el país, que torturaron a los amigos, que los gringos llegaron a la Guaira, que los camaradas retrocedieron, que mataron a fulanito, que los militares están molestos. Los rumores son un monstruo al que le crecen las cabezas cada minuto de encierro.

Al comienzo, Liendo cita a Andre Malraux en su obra La condición humana: “¡Oh prisión, lugar donde se detiene el tiempo que sigue en otra parte!”. Y sí, en ese isla maloliente, lúgubre, pero a la vez universo en el que prisioneros y guardias podían –por momentos– comprenderse, Armando se encuentra también en desventaja en otras batallas: las del amor. Virginia, esa linda muchacha que en su adolescencia se maravilló con las palabras de ese joven lleno de convicciones, se mantiene leal a él. Aún recuerda cómo sus palabras se parecían a las que ella leía en sus preciadas novelas. Antes, solo en el papel eran posibles esos personajes.

Lo visita frecuentemente, lo escucha y lo enloquece. Pero la distancia suele ser abyecta para los más firmes en principios y suspiros. Una libertad ya tan lejana hace dudar. Aparecen otros pretendientes, con buen discurso y también bagaje. Es entonces cuando resalta un personaje que hace vida en poquísimas páginas, pero que refleja otra visión del conflicto: Ricardo Aranda. Liendo no lo juzga ni lo desdeña. Lo deja ser en sus ideas y pretensiones.

Es uno de los mejores momentos de la historia: lejos de la montaña y la cárcel, una fiesta con whisky en mano se convierte en no solo la prueba del hasta entonces resistente amor de los barrotes, sino también en el encuentro de Virginia con el otro lado del muro. Ricardo elogia la convicción del recluso, pero aprovecha su ausencia para hacer gala de las visiones que ella ignora. El autor da cabida, sin juzgar, a la crítica a sus propios ideales. Deja que quien está en la otra acera se exprese en momentos de algidez, pero también de reconocimiento de la inminente derrota, no solo la militar.

“Creo en la posibilidad de alcanzar un equilibrio racional y una genuina justicia, no mediante la agudización de la lucha de clases, sino profundizando el sentimiento de solidaridad entre los hombres. ¿Utopía? Es posible que sí, pero para mí todo se reduce a un problema de civilización, de desarrollo sostenido de la cultura y de los valores espirituales. Pienso en el hombre como totalidad y no en la tarea mesiánica del hombre proletario. Creo en las verdades relativas que contienen todas las ideologías y no solamente las que puedan contener La Biblia o El Capital. Para mí, la solución se vincula más a la democracia, por burguesa que sea, que a la dictadura proletaria. En síntesis, considero que la vía hacia una sociedad superior pasa por una pacífica revolución cultural. Pero como ya lo dije antes, respeto mucho a los hombres que son capaces de luchar apasionadamente por sus convicciones ideales. Siento una gran admiración por algunos revolucionarios; Lenin, por ejemplo, fue un hombre de una dimensión intelectual excepcional. He leído sus obras políticas más importantes y asombra su poder anticipador. A veces nos parece que leemos realmente a un iluminado: soñador y pragmático al mismo tiempo. Además, él, como nuestro Bolívar, era un titán en la adversidad. En las grandes catástrofes pensaba siempre cómo recomenzar. Hay una frase suya que siempre me pareció estupenda: ‘La revolución es más fuerte de lo que creen los oportunistas faltos de fe’. Siento esas palabras como una verdad, aunque no soy precisamente un revolucionario (…)”, dice el galante Ricardo,  quien además advierte que tantos los revolucionarios como los artistas comparten la fiebre por la gloria. Él, en cambio, ama la comodidad y no le interesa lo que se diga de él en un siglo.

La llama bella tantas veces como puede, para ella nunca han sido tantas en su vida. Virginia lo mira absorta. Se siente reconocida y deseada, pero mucho más reconocida. Por fin le gana a los libros y al Che.

“Lo que más me llama la atención es que en esa época tenía una panorámica de la novela que me permitía ver los matices. Pero este episodio, es mucho más imaginativo que testimonial. Este diálogo es lo que se supone Armando que ocurre. Es la aceptación de otras ideas, claro”, dice Liendo cuarenta años después sobre ese momento.

Los topos es el cierre de una época, la aceptación de un contexto aún poco claro. Cuando Armando camina por las calles de la zona en la que creció, hay mucha incertidumbre y desasosiego. Sin embargo, la literatura ya había aparecido como camino, quién sabe si para encontrar las respuestas. Regresa a los anteriores afectos, pero sabe muy bien que lo esperan otras pasiones. El problema es encontrar dónde cavar el túnel.