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La paranoia, motor de la historia. Trujillo y el genocidio haitiano de 1937 (2)

Rafael Leonidas Trujillo

Rafael Leonidas Trujillo

Los estudiosos del genocidio de 1937 apuntan que los intelectuales que dieron piso ideológico al trujillismo –escritores como Joaquín Balaguer y Manuel Peña Batlle– avivaron el complejo racial hacia lo “haitiano”. Es decir, antes de que la palabra se funda como bala, toma densidad en un aforo típicamente paranoico. Allí se mediatiza y se legitima

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“Yo fui la única que se salvó. Ellos creyeron que yo estaba muerta porque me habían dado varios machetazos. Yo estaba empapada en sangre. Después de todas esas aflicciones, fue gracias a Dios que no morí. Mataron a toda mi familia. Éramos 28”. Así rememoraba Irelia Pierre en 1988, haitiana radicada en Desmond. Ya habían pasado cincuenta y un años de aquella escena terrorífica donde 17 mil haitianos perdieron la vida entre el 2 y el 8 de octubre de 1937 en las orillas fronterizas de Haití y la República Dominicana, hito que aún sigue manchando la historia del Caribe de la primera mitad del siglo XX. Una muestra donde la lógica paranoica desencadenaría la violencia y la muerte.

Las palabras pueden convertirse en balas. Quedó demostrado el 2 de octubre de 1937, cuando el general Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961), presidente constitucional de Dominicana, jaló el gatillo en la población de Dajabón. Lo hizo luego de haber recorrido la región noroeste de la frontera a caballo horas antes. Fue un disparo maquinado que nos sigue dejando perplejos. Aquí la perimetría de su declaración: “He visto, investigado, e inquirido sobre las necesidades de la población. A aquellos dominicanos que se quejaban de las depredaciones por parte de los haitianos que vivían entre ellos, los robos de ganado, provisiones, frutas, etcétera, y estaban por tanto impedidos de disfrutar pacíficamente del fruto de su trabajo, les he respondido: ‘Voy a resolver esto’. Y ya hemos comenzado a remediar la situación. Ahora mismo, hay trescientos haitianos muertos en Bánica. Y este remedio continuará”.

La frontera: zona resistente

Los conflictos fronterizos entre Haití y Dominicana se remontan a 1822. Ya entrado el siglo XX, la línea divisoria seguía siendo inconsistente. Solo el rio Masacre fungía como franja natural de norte a sur; en total, 49 mil kilómetros cuadrados de una zona geohistórica de constante intercambio. El lenguaje, la economía, la religión, la producción agrícola y ganadera: la frontera representaba una hermandad heterogénea en todas sus manifestaciones culturales. Cientos de parejas iban a casarse en Dominicana. Muchos agricultores pastaban su ganado y cultivan en tierras que abarcaban ambos territorios. Tantos dominicanos como haitianos, entendían tanto el kreyól como el español, y, hasta cierto punto, las dos lenguas se fusionaron y formaron un nuevo idioma.

El historiador Richard Lee Turits demuestra, por ejemplo, que eran poco frecuentes los problemas domésticos entre ambas etnias antes del genocidio de 1937. “A pesar de que había dos lados, el pueblo era uno, estaba unido”, afirmará un sobreviviente de aquellas jornadas sangrientas. Un ir y venir fue sedimentando una resistencia a cualquier identidad nacional que tratase de imponerse. ¿Cómo reconocer una identidad homogénea cuando dominicanos iban a estudiar del otro lado del rio? Y no es el color de la piel un argumento válido a todas vistas: ambas naciones son hijas, históricamente, de la sangre africana que cruzó el Atlántico desde el siglo XVI. El nacionalismo con tintes eurocéntricos dirá presente.

El argumento “anti-haitiano”

Los nacionalismos fecundan los modelos paranoicos colectivos por excelencia. Luigi Zoja en su Paranoia, la locura que hace la historia, apunta que el racionamiento paranoico germina gracias a elementos inconscientes presentes en la sociedad. Este se alimenta de prejuicios que suponen, para quien lo instala, su superioridad frente a lo “extraño”. La potencia nacionalista proyecta el mal, por tanto, actúa violentamente bajo la voz del líder quien la pronuncia y de los medios con que multiplica sus razones. La conspiración o el complot busca el rédito para promover una solución “preventiva” a lo que moralmente no debe ser aceptado. “El príncipe debe sospechar de todo”, escribiría alguna vez Honoré de Balzac.

Los estudiosos del genocidio de 1937 apuntan que los intelectuales que dieron piso ideológico al trujillismo –escritores como Joaquín Balaguer y Manuel Peña Batlle– avivaron el complejo racial hacia lo “haitiano”. Es decir, antes de que la palabra se funda como bala, toma densidad en un aforo típicamente paranoico. Allí se mediatiza y se legitima. El ser haitiano fue trocado como una amenaza “africanizante” para el discurso nacionalista dominicano, lo que es un contrasentido histórico y culturalmente inoperante. Entre 1933 y 1937, Trujillo fue amasando una salida final para poner coto a este “asunto haitiano”, como lo denomina Mario Vargas Llosa en Las fiestas del chivo.

De tal manera que la maquinaria del poder le dió “veracidad” a la nuez paranoica instalada oficialmente: “Nos están invadiendo pacíficamente”.

El exterminio de octubre de 1937 fue conocido por el mundo casi un mes después gracias a una nota publicada en el New York Times. El esfuerzo del trujillismo controlaba no sólo el sistema mediático de su país, sino que tenía muchísima influencia política y militar en las bases del gobierno de Sténio Vicent, presidente de Haití para entonces.

Los indeseables

La versión oficial que se quiso vender fue la idea de un motín espontáneo de las masas populares frente a los “invasores” en la frontera. Las evidencias históricas comprueban lo contrario: se utilizó al Ejército en la gran mayoría de las ciudades para asesinar, ya sea con puñal, bayoneta y balas de fusil, a miles de niños, mujeres y hombres sin contemplación alguna. Asomemos aquí el análisis de Lee Durits: “El argumento más efectivo que podía utilizar el Estado ante su población para justificar un mayor control sobre la frontera era el nacionalismo antihaitiano y el racismo oficial. Pero teniendo en cuenta el carácter multiétnico y relativamente cohesivo de los habitantes fronterizos, el discurso oficial para etnificar la identidad nacional y las comunidades existentes allí caía en oídos sordos”.

Así actuó la paranoia en manos del nacionalismo trujillista, que no se distancia mucho del estalinista o el nazista de la época. El 31 de enero de 1938, en la ciudad de Washington, se selló el acuerdo de indemnización que contó con el apoyo de México, Cuba y EE.UU. El general Trujillo ofreció la cantidad de 750 mil dólares al gobierno haitiano y defendió, públicamente, la matanza contra “los inmigrantes haitianos indeseables”. La paranoia, la historia.