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Tres textos breves de Walter Benjamin*

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LA DESPENSA

Mi mano entraba por la rendija de la despensa apenas abierta como se introduce un amante en la noche. En cuanto se adaptaba a la oscuridad, buscaba a tientas el azúcar o las almendras, o bien las pasas, o la mermelada. Y, como el amante va a abrazar a su amada antes de besarla, se citaba el tacto con las golosinas antes de que la boca gozara del sabor de su dulzura. Así, tanto la miel como las pasas de corinto e incluso el arroz se daban zalameras a esa mano.

¡Qué apasionado encuentro entre una y otros, tras haber escapado a la cuchara! Agradecida y fogosa, como la muchacha que han raptado de repente de casa de sus padres, la mermelada de fresa se dejaba probar al aire libre por sí misma, sin pan, y hasta la misma mantequilla respondía de pronto con ternura a la osadía brutal del pretendiente que entraba en su dormitorio virginal. La mano, como un joven Donjuán, se iba introduciendo a toda prisa por todos los rincones, dejando atrás arroyos y torrentes: la virginidad que, sin quejarse, se iba renovando de este modo.

 

ESCONDRIJOS

Yo ya conocía en la vivienda todos los escondrijos y así, volvía a ellos al igual que a una casa en la que sabes que todo va a estar como lo dejaste. Mi corazón latía acelerado, conteniendo el aliento. En verdad que aquí estaba encerrado al interior del mundo material. Este mundo era claro para mí, y se me acercaba sin hablar. Así comprende aquel al que van a ahorcar qué cosa son la cuerda y la madera. El niño que está detrás de la cortina se convierte así en algo tremolante y blanco, a saber, se convierte en un fantasma. La mesa del comedor bajo la cual se encuentra acurrucado lo convierte en el ídolo de madera del templo, donde las patas talladas son las cuatro columnas. Y, detrás de una puerta, él mismo también es una puerta; la puerta es una máscara pesada que él mismo se ha puesto, y el niño es el sacerdote brujo que hechiza a cuantos entran descuidados. A ningún precio lo pueden encontrar. Si hace muecas, le dicen que, si suena el reloj, se va a quedar con ellas. Yo mismo averigüé en mi escondrijo qué hay de verdad en esto. Si alguien me descubría, podía dejarme convertido en ídolo, rígido debajo de la mesa, o entretejerme para siempre en las cortinas igual que un fantasma, o por fin desterrarme de por vida a la pesada puerta. Y por eso, si finalmente me atrapaba quien me iba buscando, yo hacía salir, dando un gran grito, al demonio que así me transformaba; ni siquiera esperaba a aquel instante, sino que me anticipaba con un grito de autoliberación. Por eso no me cansaba en mi combatir con el espíritu. La vivienda era de este modo un arsenal de máscaras. Pero una vez al año había regalos puestos en lugares misteriosos, en sus vacías órbitas oculares, en su rígida boca y la experiencia mágica se volvía una ciencia. Como un ingeniero, yo iba desencantando la sombría y tétrica vivienda, cuando iba en busca de los huevos de Pascua.

 

EL TIOVIVO

La plancha con los solícitos animales daba vueltas, pegada estrechamente al suelo. Poseía la altura necesaria para poder soñar que ibas volando. Comenzaba la música y el niño giraba marcha atrás mientras se iba alejando de su madre. Al principio temía abandonarla. Pero de repente comprendía que estaba actuando lealmente. Iba lealmente entronizado rigiendo un mundo que le pertenecía. En la tangente, árboles y gentes le iban formando calle. Y entonces su madre surgía una vez más en un Oriente. Luego salía sobre la selva virgen la alta copa de un árbol que el niño había visto ya milenios atrás, tal como ahora mismo la acababa de ver en el tiovivo. Su animal se hacía uno con él: como un Arión mudo, viajaba el niño sobre su mudo pez; un Zeus-toro hecho de madera lo raptaba como a una Europa inmaculada. Desde hace mucho tiempo, el eterno retorno de todas y cada una de las cosas es más que sabido por los niños y la vida es la arcaica, vieja borrachera del poder, con la tonante orquesta puesta en medio. Si tocaba más lento, el espacio empezaba a tartamudear y comenzaban los árboles a recobrar el sentido. El tiovivo se hacía así un suelo inseguro.

Y la madre de nuevo estaba ahí, el pilote al que el niño amarraba el cabo de su vista para al fin tomar puerto.

 

*¨Los aquí escogidos pertenecen a “Infancia en Berlín hacia el mil novecientos”, traducido por Jorge Navarro Pérez, para la Editorial Abada (España, 2011).