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El testigo que pregunta

Hugo Prieto / Foto Jorge Castillo. Archivo El Nacional

Hugo Prieto / Foto Jorge Castillo. Archivo El Nacional

"Enemigos somos todos" es el nuevo libro del escritor y periodista venezolano Hugo Prieto, publicado este año por Ediciones Cyngular 

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Este libro de Hugo Prieto –que indaga en testimonios sobre el drama de la sociedad venezolana del siglo XXI– tiene impresa una frase en la portada, al borde del filo superior, como en el abismo, apenas visible, pues se mimetiza con el azul indefinible: “Conversaciones sobre el fracaso”. Pero, además, si el título es Enemigos somos todos (Ediciones Cyngular, Caracas, 2016), entonces el lector queda advertido, y tal vez amonestado. Estamos ante la obra de un periodista de asentada experiencia en materia de examen e indagación del orden institucional, y estas veintisiete entrevistas quieren ser la apelación a la fantasía plural, pero lo extractado de esa voces se nos descubre como una conclusión, y no provisional, del país ambiguo, dado a esperar la salvación en el minuto final. Pero todos están comprometidos en el fraude, en la afirmación de lo precario, es un juicio de largo alcance, y aquí el periodismo parece alcanzar en Venezuela un rango íntimo, cargado de soledad, pero también de autonomía.

Que se prevenga el lector ante título semejante y lema lapidario, no significa que el periodista haya elegido con cuestionario y perfil de personalidad a sus entrevistados, si en general ellos no dan una tónica optimista, el tono de cuanto dicen tiene al repreguntador listo para disparar: contraargumento con cortesía, insiste en su búsqueda, no se satisface con respuestas correctas. Y está en su pleno derecho, no quiere explorar la normalidad, sino las perturbaciones, sabe cuánto ha omitido la falsa compostura en nuestra historia intelectual. Ahora es el momento crucial de las enmiendas, estas deberán hacerse a sangre y fuego. Si sus entrevistados quieren jugar a la información inocua el periodista sabe cómo estar en desacuerdo, les da otra oportunidad, casi se convierte en opinador, en doliente, se autoentrevista, y no es poca cosa este estilo personal, de compromiso con sus emociones, adelantar la propia angustia. Uno de los entrevistados pretende que en “el ADN del venezolano hay un gen democrático” (en otro diálogo, fuera de la serie del libro, alguien hasta llegar a hablar de un “ADN republicano”), antes el entrevistador, al enumerar la serie de estilos políticos, le recuerda que el modelo del socialismo del siglo XXI es autoritario y anacrónico, y sin embargo el interlocutor le parece que aquel ADN ha salido de los caudillismos y militarismos, como generación espontánea, flor del fango muy natural.

En la proverbial “Nota del autor” podemos encontrar una declaración de principios: “El país está en ruinas”, ¿puede haber un acuerdo previo más desolador, pero sobre todo menos demagógico? Alguien objetará que esto se sale del abc del periodismo, yo diría que se mete de lleno en el alfa y omega, en un país de simuladores que terminó creyendo en unas virtudes inventadas desde el qué dirán. Ya no es posible sino volver al comienzo del insomnio para confesarse desde la mea culpa. Las inquisiciones, preguntas sin destino, diría Mario Briceño Iragorry, obligan al interlocutor a pensar el objeto desde la desnudez, en la necesidad de una responsabilidad argumentada. Hay todo un inventario de frases, casi categorías, en la ordenación de esas preguntas, prefiguran la respuesta que no siempre llega: “gens de la venezolanidad”, “mala conciencia”, “dudosa educación pública”, “pobreza como polvo cósmico”, parecieran extractos de los locutores, pero son el lenguaje del preguntador convertido en canon del desencanto, del pesimismo que debe ser interpretado.

En el libro hay un prólogo donde se advierte de esta simultánea autoría de quien habla y quien pregunta, se le da un nombre a esta escritura: manera del ensayo, pues ciertamente el intercambio está lejos del cuestionario que traduce, lo dicho halla su eco en una necesidad de verificación, la del mismo Hugo Prieto. El periodista se interna en los intereses del punto de vista, elabora su propia hermenéutica para orientar la mirada del otro. Y sin embargo, el prologuista (Alejandro Moreno) hace un cargo fuera de orden, se pregunta por qué no habla ningún personaje popular, acaso ese universo no tiene nada qué decir desde su abrumadora experiencia, actor conspicuo de estos días de pretendida redención de los desposeídos. Diríamos que los desposeídos a estas altura ya somos todos, es imposible distinguir entre víctimas y victimarios, como queda dicho en el título del libro. “Falta la voz de autores ensayistas populares”, se queja Moreno, yo le digo que ellos ya han ensayado, y hasta el hartazgo, ahora y antes, lo han hecho desde los propios hechos, desde el protagonismo del igualitarismo que devoró el tejido social, pero no llegó a ilustrarse sobre su propio drama, se conformaron con los trofeos (y las dádivas) del día. Por esa razón es que no están aquí sus voces, aunque sí el resultado de su biografía, las muchedumbres no son disidentes, son la carne de cañón que renacerá para hacer estallar la sociedad cada vez que se les recuerde a unos deudores que no existen, que se los aúpe para ir a una guerra gratuita, a una repartición sin nada que repartir. El populismo no debiera tener cabida en estas páginas, diría, y quien pretenda elaborar frases eufónicas desde allí debe ser condenado a varios infiernos.