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El terremoto de Chárleston

El Terremoto de Chárleston | Tomada del texto de José Martí

El Terremoto de Chárleston | Tomada del texto de José Martí

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“Los cincuenta mil habitantes de Chárleston, sorprendidos en las primeras horas de la noche por el temblor de tierra que sacudió como nidos de paja sus hogares, viven aún en las calles y en las plazas, en carros, bajo tiendas, bajo casuchas cubiertas con sus propias ropas.

Ocho millones de pesos rodaron en polvo en veinticinco segundos. Sesenta han muerto: unos, aplastados por las paredes que caían; otros, de espanto. Y en la misma hora tremenda, muchos niños vinieron a la vida.

Estas desdichas que arrancan de las entrañas de la tierra, hay que verlas desde lo alto de los cielos. De allí los terremotos, con todo su espantable arreo de dolores humanos, no son más que el ajuste del suelo visible sobre sus entrañas encogidas, indispensable para el equilibrio de la creación; ¡con toda la majestad de sus pesares, con todo el empuje de olas de su juicio, con todo ese universo de alas que le golpea de adentro el cráneo, no es el hombre más que una de esas burbujas resplandecientes que danzan a tumbos ciegos en un rayo de sol! ¡Pobre guerrero del aire, recamado de oro, siempre lanzado a tierra por un enemigo que no ve, siempre levantándose aturdido del golpe, pronto a la nueva pelea, sin que sus manos le basten nunca a apartar los torrentes de la propia sangre que le cubren los ojos!

¡Pero siente que sube como la burbuja por el rayo de sol; pero siente en su seno todos los goces y luces, y todas las tempestades y padecimientos de la naturaleza que ayuda a levantar!

Toda esta majestad rodó por tierra en la hora de horror del terremoto en Chárleston.

Serían las diez de la noche. Como abejas de oro trabajaban sobre sus cajas de imprimir los buenos hermanos que hacen los periódicos; ponía fin a sus rezos en las iglesias la gente devota, que en Chárleston, como país de poca ciencia e imaginación ardiente, es mucha; las puertas se cerraban, y al amor o al reposo pedían fuerzas los que habían de reñir al otro día la batalla de la casa; el aire sofocante y lento no llevaba el olor de las rosas; dormía medio Chárleston; ¡ni la luz va más aprisa que la desgracia que la esperaba!

Nunca allí se había estremecido la tierra, que en blanda pendiente se inclina hacia el mar; sobre suelo de lluvias, que es el de la planicie de la costa, se extiende el pueblo; jamás hubo cerca volcanes ni volcanillos, columnas de humo, levantamientos y solfataras; de aromas eran las únicas columnas, aromas de los naranjos perennemente cubiertos de flores blancas. Ni del mar venían tampoco sobre sus costas de agua baja, que amarillea con la arena de la cuenca, esas olas robustas que echa sobre la orilla, oscuras como fauces, el Océano, cuando su asiento se desequilibra, quiebra o levanta, y sube de lo hondo la tremenda fuerza que hincha y encorva la ola y la despide como un monte hambriento contra la playa.

En esa paz, señora de las ciudades del Mediodía, empezaba a irse la noche, cuando se oyó un ruido que era apenas como el de un cuerpo pesado que empujan de prisa.

Decirlo es verlo. Se hinchó el sonido: lámparas y ventanas retemblaron…, rodaba ya bajo tierra pavorosa artillería; sus letras sobre las cajas dejaron caer los impresores, con sus casullas huían los clérigos; sin ropas se lanzan a las calles las mujeres olvidadas de sus hijos; corrían los hombres desolados por entre las paredes bamboleantes; ¿quién asía por el cinto a la ciudad, y la sacudía en el aire, con mano terrible, y la desconyuntaba?

Los suelos ondulaban; los muros se partían; las casas se mecían de un lado a otro; la gente casi desnuda besaba la tierra: "¡Oh Señor!, ¡oh mi hermoso Señor!", decían llorando las voces sofocadas; ¡abajo, un pórtico entero!; huía el valor del pecho y el pensamiento se turbaba; ya se apaga, ya tiembla menos, ya cesa. ¡El polvo de las casas caídas subía por encima de los árboles y de los techos de las casas!

Los padres desesperados aprovechan la tregua para volver por sus criaturas; con sus manos aparta las ruinas de su puerta propia una madre joven de grande belleza; hermanos y maridos llevan a rastra, o en brazos, a mujeres desmayadas; un infeliz que se echó de una ventana anda sobre su vientre dando gritos horrendos, con los brazos y las piernas rotas; una anciana es acometida de un temblor, y muere; otra, a quien mata el miedo, agoniza abandonada en un espasmo; las luces de gas débiles, que apenas se distinguen en el aire espeso, alumbran la población desatentada, que corre de un lado a otro, orando, llamando a grandes voces a Jesús, sacudiendo los brazos en alto. Y de pronto en la sombra se yerguen, bañando de esplendor rojo la escena, altos incendios que mueven pesadamente sus anchas llamas.

Se nota en todas las caras, a la súbita luz, que acaban de ver la muerte: la razón flota en jirones en torno de muchos rostros, y en torno de otros se le ve que vaga, cual buscando su asiento ciega y aturdida. Y las llamas son palio, y el incendio sube; pero ¿quién cuenta en palabras lo que vio entonces? Se oye venir de nuevo el ruido sordo; giran las gentes, como estudiando la mejor salida; rompen a huir en todas direcciones; la ola de abajo crece y serpentea; cada cual cree que tiene encima a un tigre.

Unos caen de rodillas; otros se echan de bruces; viejos señores pasan en brazos de sus criados fieles; se abre en grietas la tierra; ondean los muros como un lienzo al viento; topan en lo alto las cornisas de los edificios que se dan el frente; el horror de las bestias aumenta el de las gentes; los caballos que no han podido desuncirse de sus carros los vuelcan de un lado a otro con las sacudidas de sus flancos; uno dobla las patas delanteras; otros husmean el suelo; a otro, a la luz de las llamas, se le ven los ojos rojos y el cuerpo temblante como caña en tormenta: ¿qué tambor espantoso llama en las entrañas de la tierra a la batalla?

Entonces, cuando cesó la ola segunda, cuando ya estaban las almas preñadas de miedo, cuando de bajo los escombros salían, como si tuvieran brazos, los gritos ahogados de los moribundos, cuando hubo que atar a tierra como a elefantes bravíos, a los caballos trémulos, cuando los muros habían arrastrado al caer los hilos y postes del telégrafo, cuando los heridos se desembarazaban de los ladrillos y maderos que les cortaron la fuga, cuando vislumbraron en la sombra con la vista maravillosa del amor sus casas rotas las pobres mujeres, cuando el espanto dejó encendida la imaginación impetuosa de los negros, entonces empezó a levantarse por sobre aquella alfombra de cuerpos postrados un clamor que parecía venir de honduras jamás exploradas, que se alzaba temblando por el aire con alas que lo hendían como si fueran flechas. Se cernía aquel grito sobre las cabezas, y parecía que llovían lágrimas. Los pocos bravos que quedaban en pie, ¡que eran muy pocos!, procuraban en vano sofocar aquel clamor creciente que se les entraba por las carnes; ¡cincuenta mil criaturas a un tiempo adulando a Dios con las lisonjas más locas del miedo!

Apagaban el fuego los más bravos, levantaban a los caídos, dejaban caer a los que ya no tenían para qué levantarse, se llevaban a cuestas a los ancianos paralizados por el horror. Nadie sabía la hora: todos los relojes se habían parado, en el primer estremecimiento.

La madrugada reveló el desastre.”