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Las tentaciones de Julio Ramón Ribeyro

Ricardo Andrade / William Dumont

Ricardo Andrade / William Dumont

Ricardo Andrade es licenciado en Letras y en Comunicación Social por la UCV. Actualmente trabaja como editor de la revista +Salud

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“Alguna divinidad, cuando nacemos, traza sobre nuestro nombre una cruz negra y entonces no habrá cuartel en nuestra vida, no encontraremos sino escollos, chanzas y celadas y la más pequeña alegría tendremos que arrancarla a puro pulso, pujando, luchando contra la corriente, viendo en la ribera deslizarse a los afortunados, su carta triunfal en la mano, y sin permitirnos la menor distracción, pues sólo se espera eso de nosotros, que cedamos un instante al desánimo, para que el arma penetre hasta la empuñadura.”

J. R. Ribeyro, Prosas apátridas

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Considerado uno de los mayores cuentistas de la lengua castellana, Julio Ramón Ribeyro dejó como legado una obra difícil de clasificar y de incluir en un movimiento literario determinado. La crítica peruana lo sitúa dentro de la generación del 50, compuesta por una pléyade de narradores, poetas y dramaturgos “socialmente comprometidos” que se interesaron por dar una mirada neorrealista al desarrollo urbano de mediados de siglo XX. En ese espíritu se inscribirían ciertos relatos de “Los gallinazos sin plumas” (1955), “Cuentos de circunstancias” (1958), “Las botellas y los hombres” (1964) y “Tres historias sublevantes” (1964), pero también es cierto que desde la escritura del primer volumen su narrativa desbordó ya los linderos de aquella generación y fue tomando otros “derroteros”, dándole cabida al relato fantástico, a la reminiscencia autobiográfica y, sobre todo, a la infeliz interioridad de sus personajes.

Tampoco es posible asociar a Ribeyro con el conocido boom latinoamericano, pues a pesar de ser contemporáneo (nacido en 1929) de Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Donoso, se mantuvo al margen de ese fenómeno editorial, al menos por tres razones: su recelo frente a los experimentalismos y las modas (no en balde se ha dicho  irónicamente de Ribeyro que es el mejor cuentista peruano del siglo XIX), su absoluta falta de interés en una cierta epopeya de comunidad continental, y su inobjetable predilección por el cuento como género, en medio del revuelo marcado por aquello que Carlos Fuentes denominara “la nueva novela hispanoamericana”: “Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito su gran libro narrativo, que condensa su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo y de la literatura (…) Sólo yo no he producido un libro equivalente y a los 48 años no creo que lo pueda producir (…) En suma, nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer, durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego me olvidaron.” (Ribeyro en La tentación del fracaso, 583).

Esta vez Ribeyro no atinaba en sus sentencias. Tal vez es su propia inseguridad radical, su desarraigo, su prosa pulcra y su independencia respecto de los colectivos y manifiestos, esto es, su signo “marginal”, lo que rodea a su obra de un aura peculiar. El hecho cierto es que los cuentos, aforismos, diarios, e incluso las “tres novelitas” de Ribeyro lo han hecho permanecer dentro y fuera del Perú, al menos por un tiempo mayor al previsto por él.

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Ahora bien, si la preocupación social de los primeros relatos se diluye con los años, especialmente hacia comienzos de los setenta con la aparición de “Los cautivos” y “El próximo mes me nivelo”, en cambio persiste desde el comienzo hasta el final de su obra un obstinado interés por el fracaso, en particular por esos personajes que, sometidos a una existencia grisácea, no son ni logran lo que desean, si es que llegan a albergar deseos; lo que perdura en la narrativa breve del peruano es su obsesión por el naufragio: por ese no alcanzar, no tener, no terminar, no poder, ese nunca llegar a la orilla y hundirse para siempre.

Entre los cuentos de Ribeyro deambula una fraternidad de grises presencias abatidas por la soledad, la apatía, la negación, los complejos, la impostura, la estupidez, la frustración. Ellos son los predestinados náufragos, los que no vieron el peñasco, no presintieron la tempestad, no llevaron la brújula. Por sus heridas se meten las aguas para anegarlo todo mientras el mar se apodera cruelmente de ellos. Y los esfuerzos de los condenados por detener el naufragio son todavía más penosos, pues ellos son ya una presa inmóvil mordida por el mar; apenas les queda resignarse y resistir; sólo la arena más oscura detiene el desplome.

En Ribeyro no hay heroicidad, ni valentía, ni voluntad civilizadora, sólo quejidos íntimos, inaudibles casi, de hombres quebradizos o ya rotos que no saben para qué han venido al mundo y que si, llegado el caso, se atrevieran a tomar un nuevo aire, no podrían ya revertir su suerte. Siempre sería demasiado tarde.

Muchos de estos personajes se ven obligados a llevar su fracaso a cuestas durante toda la vida, aunque a veces se refugien en la evanescente esperanza de un giro de timón. Es el caso, entre tantos otros, de Silvio Lombardi, personaje principal de “Silvio en El Rosedal” –uno de sus cuentos más celebrados por la crítica–, un hombre que de niño anhelaba ser violinista, pero que, en lugar de dar recitales e integrar una orquesta, pasó sus mejores años entre tornillos y herramientas, atendiendo la ferretería de su padre, aislándose: “No pudo así hacer amigos, tener una novia, cultivar sus gustos más secretos, ni integrarse a una ciudad para la cual no existía, pues para la rica colonia italiana, metida en la banca y en la industria, era el hijo de un oscuro ferretero y para la sociedad indígena, una especie de inmigrante sin abolengo ni poder. (…) Pero luego vino la rutina de la tienda, toda su juventud enterrada traficando con objetos opacos y la abolición progresiva de sus esperanzas más íntimas, hasta hacer de él un hombre sin iniciativa ni pasión.” (La palabra del mudo II, 145)

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Pero no es el fracaso la única tentación de Ribeyro. Si bien todo naufragio es dramático, su prosa parece contar con un dispositivo que amortigua las caídas, soporta los golpes del azar y, a su vez, reflexiona sobre el carácter ambiguo de todo lo relativo al género humano. Me refiero al humor, responsable de un placer ambivalente, entre indulgente y feroz, que nos hace contemplar los hilos de esas tramas con la mirada atenta, la sonrisa a flor de piel y la pena contenida, sólo aguardando el momento justo para manifestarse. Desde luego, tal actitud narrativa ayuda a regular todas las simpatías y aversiones que los personajes de Ribeyro puedan suscitar, nos hace sonreír frente a sus acciones, gestos, diálogos y pensamientos, así como frente a las reflexiones y comentarios del narrador. Pero la sonrisa no dura mucho, el naufragio tiende a amargárnosla, aparece la compasión y entonces el humor asume plenamente su tierna y cruel dualidad.

Un ejemplo –por sólo nombrar uno– de ese tipo de humor se ilustra claramente en un cuento como “Sólo para fumadores”, otro de sus más conocidos, en el momento en que el narrador-protagonista, seriamente enfermo, caquéctico casi, y recluido en una clínica terrorífica, urde un plan: para alcanzar un peso corporal que le permitiera lograr el alta se hace pesar en la báscula con monedas escondidas en los bolsillos, y luego pide a su esposa que le envíe un juego de cubiertos: “Eran los sólidos y caros cubiertos de plata que mi mujer adquirió en un momento de delirio, a pesar de mi oposición y que ahora, desviándose de su destino, se volvían realmente preciosos. Como no podía disimularlos en mis bolsillos, los fui colocando en mis calcetines, empezando por la cucharita de café hasta llegar a la cuchara de sopa. A la semana había aumentado dos kilos y más todavía cuando cosí a mis calzoncillos los cubiertos de pescado.” (La palabra del mudo II, 284).

Ese gesto que pudiera parecer propio de la picaresca española, compatible con el ingenio de un Lazarillo de Tormes, aquí toma otra forma. Puede que aplaudamos la ocurrencia del personaje, pero por encima de eso, algo se conmueve en nosotros, en lo profundo. He ahí, en palabras de Luigi Pirandello, la “sensación de conmiseración” (El humorismo, 135). En este relato, el narrador-personaje parece encarnar el papel de quien dirige el humor contra sí mismo para defenderse del sufrimiento que lo acecha, así como el reo –referido por Freud en un ensayo sobre el humor– que mientras es conducido un lunes a la horca, exclama: “Linda manera de empezar la semana”.

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Por otra parte, si para Ribeyro es casi un imperativo aludir al fracaso en sus cuentos y hacerlo de un modo casi tragicómico, también le resulta tentador que su yo aparezca explícitamente, a ratos como un personaje en carne propia, a ratos como un privilegiado testigo de la ruina de otros. Velado, distorsionado o expuesto, el yo de Ribeyro está constantemente presto a relucir. Autorretratarse es siempre una posibilidad para él; puede ser al fondo del cuadro, en un costado y con un sombrero para disimular o en el centro del lienzo con todas sus facciones. Nada sino una pulsión irrefrenable podría explicar esta tendencia del autor que lo acompaña desde sus primeros cuentos, pero que se acentúa en los últimos volúmenes de relatos, esos que ya adquieren un tono autobiográfico más transparente, acaso condicionado por la inminencia de la muerte. Todo esto, sin duda, modela las historias contadas al proponer no sólo un particular sujeto de enunciación y un singular punto de vista narrativo, sino una cierta forma de contar desde la memoria –la vivencia, la nostalgia– que a su vez incide en el modo de leer esas historias, haciéndolas quizá más vívidas y auténticas.

“El polvo del saber”, relato sobre los vaivenes de una vieja biblioteca familiar, es un buena muestra –entre muchas otras– de la vocación autobiográfica de Ribeyro en su narrativa. De hecho, en algún punto de su diario, se refiere a este cuento en particular para dejar constancia de esa tendencia en su obra: “Pasé hoy en limpio mi cuento ‘El polvo del saber’, el segundo que escribo en el curso del año, después de ‘Tristes querellas en la vieja quinta’. Por oposición al anterior, cuento breve, más que cuento relato autobiográfico, sin intriga, dentro de la línea de ‘El ropero, los viejos y la muerte’. Cada vez más me oriento por esta vía, cuyos antecedentes son ‘Los eucaliptos’, ‘Página de un diario’, ‘Por las azoteas’. Relatos tal vez demasiado personales que mis críticos no aprecian, pero que para mí tienen un encanto particular. Ellos quizás son los fragmentos de las memorias que nunca escribiré.” (La tentación del fracaso, 423)

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Vistas en perspectiva, el fracaso, el humor y la escritura autobiográfica son tres tentaciones de Ribeyro. Nada persigue quien es tentado sino la consumación de su deseo, pero en el caso de nuestro autor ello tiene al menos una consecuencia significativa: si algo logra en sus cuentos con admirable minuciosidad es retratar el alma humana… ambigua, paradójica y frágil como es. En pequeños gestos es capaz de recoger los temores, vacilaciones, contradicciones y raptos de maldad o nobleza que todo hombre puede llegar a sentir. Como cuando dibuja las texturas de un viejo huraño que, a pesar de tantos insultos, llega a sentirse acompañado por una vecina cascarrabias y, sin embargo, una vez que ella muere, decide no asistir a su sepelio; las de un joven estudiante que cuando está a punto de ver la biblioteca de sus ancestros ahora convertida en polvo, en lugar de retrasar el triste descubrimiento, lo precipita; las de un novel escritor que resuelve aislarse del mundo por considerar que despilfarra su vida en la bohemia y luego rechaza los cientos de páginas que logra escribir durante el retiro; las de un hombre que no renuncia a la idea de reanudar algún día un viejo amor inconcluso; las de un virtuoso director de orquesta que no sabe retirarse a tiempo; o las texturas de cuatro muchachos que mueren inesperadamente y sobreviven sólo en la memoria de un hombre que, cuarenta años más tarde, los recuerda desde un malecón.

Los cuentos de Ribeyro trascienden los límites de sus anécdotas en la medida en que revelan un fragmento universal de la condición humana, y el resultado de ese traspaso –podría decirse– es que terminan por alojarse durante mucho tiempo en la memoria del lector. No pocos son los cuentos perdurables de Ribeyro. Escribo esta línea y pienso en “Los eucaliptos”, “El banquete”, “Los merengues” “El profesor suplente”, “Ridder y el pisapapeles”, “Espumante en el sótano”, relatos que con sus personajes, episodios e imágenes tocan algún nervio de las emociones del lector. Digamos, entonces, que sucumbiendo a esas tres tentaciones, Ribeyro explora los recovecos del alma, dejando sembrados para siempre en el lector cuentos que, más allá de sus argumentos, tocan alguna fibra que le es misteriosamente sensible, acaso alguna tecla mediante la cual, una vez pulsada, ese lector se reconoce como parte de la humanidad.

 

REFERENCIAS

Sigmund Freud. “El humor”, (1927).

Luigi Pirandello. El humorismo. Caracas, Venezuela: Fundación Editorial El perro y la rana, 2006.

Julio Ramón Ribeyro. La palabra del mudo I y II. Lima, Perú: Seix Barral, 2011.

Julio Ramón Ribeyro,  La tentación del fracaso. Lima, Perú: Seix Barral, 2008.