• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Los temerarios del Guaire

Foto: Raúl Romero

Foto: Raúl Romero

“La muerte es cosa de infortunios. En La Línea recuerdan a la mujer que cayó cantando rancheras de Ana Gabriel, luego de una noche de tragos, o al hombre que resbaló cuando orinaba en la orilla. Son los caídos del descuido”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Rafael Blanco aguzó los ojos, apretó los puños y frenó el paso en la frontera entre el camino de concreto y las olas pardas. Fijó la mirada en tres pares de brazos que se movían como aspas de ventilador a 50 metros en la otra orilla. El Guaire desdibujó el camino hacia su casa en La Línea de Petare.

—Son mis hijos. ¿Los ves? No pude llegar a tiempo, me apendejé. Apenas escuché la lluvia tuve que salir volao, no debí esperar que escampara, estamos ante un río traidor.

—¿Hay manera de rescatarlos?

—Yo soy su rescatista. Desde hace años vivimos en el Guaire y sabemos que cuando llueve con fuerza tenemos que correr para salvarnos. Los que estamos en el trabajo, en clases, o cualquier actividad, y tenemos niños pequeños en casa, debemos abandonar todo y salir corriendo para sacarlos. Si no puedes llegar a tiempo, entonces el resto será como una película de suspenso.

La vida de los hijos de Blanco, ahora, pende de un techo de zinc. Si las láminas son frágiles, se los lleva el río. Si soportan, será otro susto, un episodio más que contar, una razón para agradecer a Dios, el primer desbordamiento del Guaire en 2011.

Es 6 de diciembre, 12:30 pm. El reporte de Protección Civil del municipio Sucre indica que cuatro familias quedaron atrapadas dentro de sus casas en El Hueco –uno de los seis sectores de La Línea– y casi un centenar en riesgo. El agua se elevó a la altura de un jugador de la liga de baloncesto profesional.

Las casas en La Línea son coladores cuando aumenta el caudal. La corriente penetra por rendijas milimétricas, regresa en segundos a su cauce y arrastra consigo camiones de carga, muebles, neveras, colchones, platos, juguetes y personas.

Esta vez empujó cinco automóviles a más de 4 kilómetros por hora. Se hundieron, salieron a flote y volvieron a sumergirse. Se sometieron al caprichoso ritmo del río. El amasijo de automóviles se atascó entre las ramas de árboles en el sector Jovita. Solo fueron sacados al día siguiente.

Jeimy Chiquín –22 años, rostro de 17, metro y medio de estatura, cintura de avispa, impermeable amarillo, botas de caucho y casco blanco– enfrentó la corriente. Su cuerpo se deslizó en el vaivén del Guaire durante veinte, acaso diez minutos; trepó muros, escalones, para recorrer apenas tres metros cuadrados y rescatar a los hijos de Blanco.

El tiempo es relativo cuando se desborda el río. Un minuto puede equivaler a una hora, un día, un año, una década, una vida. O, simplemente, como decía el poeta inglés John Gay: “Un momento puede hacernos desgraciados para siempre”.

***

Xiomara Escalante escuchó que iban a sacarla de su casa: gritó, lloró, se desplomó. Su cuerpo, tendido sobre las escaleras de El Hueco, se sacudía como si estuviese electrificado; una amiga decía que iba a convulsionar en cualquier momento. Pero un hombre, de cincuenta y tantos años, canoso, desdentado y con ojeras color papelón, vociferó otro diagnóstico: “¡No se acostumbra a las crecidas del río! Tampoco a la idea de irse de aquí, vaina que no pasará. Es muy carajita para entender que esto tiembla, pero no se derrumba”.

Los desalojos, al igual que las promesas, son provisionales en este enclave movedizo en plena capital del país. Es la ley universal de La Línea. Podría decirse que ninguno de los políticos que ha acudido a ver de cerca los estragos que causa el río cuando crece –Diosdado Cabello, José Vicente Rangel Ávalos, Carlos Ocariz y unos diputados de los que pocos recuerdan sus nombres– logra aún sacarles los pies del barro.

Sin embargo, eso no desvela a muchos habitantes del barrio. La vida al lado del Guaire resulta placentera para algunos. Jorge Vergara, de 52 años, infla el pecho cuando ve el río, para él es como un familiar más. Montó su taller mecánico en la orilla y, aunque a veces pierda clientela, no piensa mudarse.

—¿Usted está loca? A mí me sacan de La Línea, cerquita de mi Guaire, y me muero de la tristeza. Yo lo llevo en mi corazón.

—Pero también le llevó carros del taller...

—Uno solo. Y el río no tiene la culpa. Se lo juro por lo más sagrado, por mi nombre, que no es responsable. Son los políticos, los ministros y la misma gente que no lo cuida, que le echan porquerías y, además, hablan mal de él. Si lo dragan y hacen su mantenimiento, él estaría quietecito.

Vergara lleva el pulso de la letalidad del río, la mide por el tono del agua, el sonido y el tipo de materiales que arrastra. Si viene con el color de una cloaca, ruge como león enfurecido y asoma troncos o enseres; significa solamente que restan pocos minutos para desalojar el barrio.

El de Vergara es un método forjado a punta de observación desde su apertrechada casa durante nueve años, que avalan ingenieros hidráulicos, jefes de operaciones de rescate y otros expertos: el Guaire nace de la unión de los ríos San Pedro, en Los Teques, y Macarao. Cuando se desborda el San Pedro, el agua se torna turbia, negruzca y arrastra con árboles y escombros. El Guaire se contagia de esa violenta corriente que coge fuerza con cada kilómetro y se eleva. Es un fenómeno que no requiere de explicaciones científicas, en La Línea lo conocen gracias a la experiencia. El antídoto es correr.

Pero no siempre se corre por miedo. Un caminito de cemento es la pista de carreras de los niños. Allí, además, juegan muñecas, patinan, manejan bicicletas y se caen a empujones. A veces, se escucha a alguna madre gritar: “¡Tengan cuidaaado! Se van a caer al río”. Pero no caen, los niños y los adultos de La Línea se programaron para cuidarse del peligro.

***

La muerte es cosa de infortunios. En La Línea recuerdan a la mujer que cayó cantando rancheras de Ana Gabriel, luego de una noche de tragos, o al hombre que resbaló cuando orinaba en la orilla. Son los caídos del descuido.

Ninfa Vivas quiso salvar a alguien. Despertó una noche por los gritos, salió de su casa de tablillas y lo vio aferrado a una rama. El susto entumeció sus piernas. Iba a pedir ayuda, pero la corriente ganó en velocidad y arrastró al hombre.

En la División de Operaciones de Protección Civil Sucre tienen una técnica de hallazgos en el Guaire: amarran un globo a un material con el peso del desaparecido, lo colocan en el punto en el cual habría caído la persona y siguen esa ruta. Es casi infalible. Los cuerpos de Juan Miguel Villanueva y Cristian Pérez Villanueva, de 25 y 17 años, respectivamente, fueron encontrados así. Sus vecinos de San Isidro, en Petare, llevaban días en una búsqueda frenética y solo sospechaban que desaparecieron en El Encantado.

***

En torno a La Línea se agrupan los espectadores: buhoneros, motorizados, amas de casa, niños, transportistas. Todos se concentran en el puente Las Tinajas, cercano al sitio, para comparar la escena con el diluvio del Arca de Noé, el deslave de Vargas o cualquier inundación vista en televisión.

—¡Ay, Dios! ¡Pobre gente! Ya son varias las veces que se ha inundado, pero ahora se parece más a la desgracia de Vargas –dice Yamilet Hernández, una vendedora de chucherías.

—Esa gente se va a hundir –dice una anciana.

—Ya se llevó a un motorizado, miren el casco en el Guaire –agrega una mujer.

Esta tragedia tiene personalidad: es cíclica, ocurre una vez al año en La Línea de Petare y se olvida cuando baja el caudal del río.

Cinco de mayo de 2013, 24 de agosto de 2012, 6 de diciembre de 2011, 24 septiembre de 2010. Ninguna de las fechas será recordada porque el río volverá pronto a su cauce.

Ya está quieto. La Línea quedó salpicada de camisetas, papeles, almohadas. La intimidad se perdió otra vez y los vecinos empiezan, como si se tratara de un ritual, un intercambio acelerado de pertenencias.

 

DESVELOS Y DEVOCIONES. EL PULSO Y EL ALMA DE LA CRÓNICA EN VENEZUELA, 2012-2013

Albor Rodríguez y Alfredo Meza

Ediciones Bigott

Caracas, 2014