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Papel literario

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La televisión, madre de todas las pantallas

Gustavo Hernández Díaz / Leonardo Noguera - Archivo

Gustavo Hernández Díaz / Leonardo Noguera - Archivo

“El género televisivo es también una convención moral. La audiencia espera que se reivindiquen las buenas costumbres y los códigos morales de las instituciones sociales pese a contenidos cargados de violencia y toda suerte de antivalores”

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(texto)

Un mundo de pantallas. Pantallas de cine. Pantallas de televisión. Pantallas electrónicas alineadas en las autopistas. Pantallas gigantes en los estadios. Pantallas en las avenidas de la ciudad. Pantallas en los hospitales. Pantallas en teléfonos celulares. Pantallas en los restaurantes. Pantallas en la intimidad de nuestra habitación. Un mundo de televisores. TV abierta o broadcasting, TV Ultra Alta o UHF, TV de alta definición, TV digital por red, TV móvil,  TV satelital, TV por suscripción, TV cadenas y propagandas. En fin, televisores y pantallas para los gustos.

En la pantalla nada es fortuito. Aquí juega un papel crucial la dimensión técnica del medio, la cual nos proporciona la simultaneidad y la verosimilitud de lo que está sucediendo en el mundo. Tecnologías de la información y de la comunicación, con niveles de sofisticación inimaginables, han dotado a la televisión de equipos portátiles y satelitales, para transmitir desde cualquier lugar del planeta.

La noticia televisiva en diferido no merece tanta atención o ninguna; es como leer un periódico de ayer de Héctor Lavoe. La televisión apuesta al “ya de oro”, al momento vital del acontecimiento para seducir a sus audiencias con imágenes impactantes y elocuentes. Pero existen sus excepciones con respecto a la transmisión en diferido. ¿A cuántas personas no les gustaría ver, una vez más, las imágenes del atentado suicida contra el World Trade Center y el Pentágono?                                   

Los géneros televisivos son programas que se organizan según un conjunto de criterios de orden temático y expresivo, cultural y comunicacional, que han sido convenidos por la sociedad.  El “efecto género” se suscita, precisamente, cuando el espectador se identifica con el sentido que envuelve a un género en particular (telenovela, policial, ciencia ficción, terror, humorístico). Sería inverosímil ver en un western a un héroe vestido con traje espacial, al menos que se le quiera transgredir, por motivos estéticos.

La verosimilitud consiste en un conjunto de reglas; es un código en sí mismo, que determina narraciones y acciones de los personajes. Lo verosímil es previsible y en este sentido existe una relación de causa y efecto entre las escenas que articulan el relato. Lo verosímil es parecido a la realidad, es una representación de ella.

El modelo actancial de Julien Greimas nos permite comprender la verosimilitud y la previsibilidad de la estructura narrativa de los géneros televisivos y cinematográficos. El modelo  comporta seis actantes o personajes con sus funciones narrativas. 1) El Sujeto equivale al héroe de la narración. 2) El Objeto es la meta a alcanzar por el héroe. 3) El Destinador fija y evalúa la misión que debe cumplir el  héroe. 4) El Destinatario se beneficia de la misión encomendada al héroe. 5) El Oponente se encarga de obstaculizar la misión encomendada al héroe. 6) El Ayudante colabora con el héroe para que éste lleve a cabo su tarea.

Haga lector el ejercicio de aplicar este modelo en todas las películas y géneros televisivos y podrá constatar la presencia de estas funciones, así como los estereotipos narrativos o las simplificaciones o generalizaciones que la ficción comercial hace de la realidad a través de los personajes y conflictos dramáticos. ¿Recuerdan a Rambo? Casi no habla en la película, o si lo hace escuchamos onomatopeyas. Este personaje refleja el estereotipo del soldado que ha luchado por su nación y que es incomprendido en su propio país que lo arrojó a la guerra.

El género televisivo es también una convención moral. La audiencia espera que se reivindiquen las buenas costumbres y los códigos morales de las instituciones sociales pese a contenidos cargados de violencia y toda suerte de antivalores.

No nos sorprende que en una película de acción un detective acabe con unos asesinos mercenarios, que han secuestrado a un grupo de millonarios en un hotel, un día de navidad. ¿Se acuerdan de Duro de matar?, difundido hasta el cansancio por la televisión. La misión de John McClane, Bruce Willis, es defender al mundo de las fuerzas demenciales del terrorismo; la misión es defender, contra viento y marea, la democracia universal.

En la televisión es atípico observar películas con una estructura narrativa compleja, que salte del presente al pasado o del presente al futuro. Mientras más lineal, difusional, digerible, es la historia resulta más favorable para la presencia epiléptica de la publicidad en la programación televisiva. Esto lo sabe muy bien la industria publicitaria. Sabe que no pueden mostrar historias complejas porque el televidente es proclive a hacer zapping o cambiar de canal. Y, de hecho, el llamado zapping representa un riesgo económico para la institucionalidad televisiva, para las agencias publicitarias y para los anunciantes o dueños de los productos. 

La noticia es un espectáculo que se asemeja a la estructura narrativa de una película hollywoodense. Los noticieros, por lo general, arrancan con noticias impactantes, luego vienen las informaciones sobre economía y política, después se presentan otras imágenes dosificadas de conflictos locales y mundiales y se concluye con el bloque de deportes y cultura, segmento que representa el verdadero happy end de la noticia, el cierre necesario que tranquiliza, en cierto sentido, a los televidentes, con el mismo efecto que producen los finales felices de las películas de acción.

Irónico. Detrás de cada noticia estremecedora está la industria publicitaria ofertando tarjetas de crédito y restaurantes de comida rápida. Detrás de cada sufrimiento real y noticioso, hay una ilusión de felicidad que nos tiene reservada la publicidad. Consumimos viendo el padecimiento que es ajeno, aparentemente. Padecemos viendo la felicidad inalcanzable que nos muestran las imágenes televisivas.

 

He aquí un testimonio elocuente de la influencia de la publicidad en los sectores más desposeídos de América Latina. “Un sociólogo preguntó en una favela de Sao Paulo cómo explicaba que su precaria vivienda tuviera televisor pero no la indispensable nevera. Respuesta “La nevera doctor, hay que tener con qué llenarla; en cambio el televisor ya viene con todo a dentro”. 

En las clínicas no falta la televisión. Y si no se cuenta con este medio, el enfermo o los familiares lo exigen al unísono como un requisito indispensable para permanecer en el lugar. Necesitamos extender nuestra vista y oído más allá de nuestro padecimiento o de nuestra propia soledad. Quizás, el enfermo necesita de la “aspirina televisiva” para atenuar su dolor. Y los parientes necesitan de la telenovela o de la comedia para sobrellevar la angustia en una “noche por suscripción”.  

En los restaurantes también hay un televisor ubicado en el sitio menos indicado y a todo volumen para intervenir la charla de los comensales. Añadimos que la televisión y la música ambiental funcionan paralelamente en el mismo lugar, comulgando en sordidez total. ¿Acaso la reunión entre amigos tiene que estar mediada por el aparato de televisión? ¿O el aparato de televisión es necesario para tener un (pre)texto de qué conversar, porque no tenemos nada que decir? ¿O simplemente no queremos profundizar en nada?

Padres y representantes se quejan de la televisión violenta, pero ellos mismos permiten que los infantes se expongan a ella, sobre todo en la soledad de sus hogares y sin ninguna orientación. Algunas familias aceptan que los niños vean televisión siempre y cuando cumplan con sus labores hogareñas. Otras familias obligan al niño a enchufarse a la pantalla chica, con tal de mantenerlos ocupados. Otras prefieren que los niños se queden en casa viendo televisión porque la violencia del entorno es alarmante. Los adultos son responsables de los hábitos,  preferencias y tiempo de exposición de los niños frente a la televisión.

Hoy más que nunca es indispensable educar para una cultura del espectáculo con el propósito de alentar la mirada advertida, atenta y creativa de la televisión.