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La tauromaquia de María Fernanda Palacios

 En tiempos en que la ceguera de las sociedades protectoras de animales y otras organizaciones “verdes” se empeñan en prohibir la fiesta brava, hay una mujer que entre nosotros vive su propia tauromaquia en sentido literal y metafórico

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Echemos un vistazo a esta foto en blanco y negro que se encuentra en la sala de su casa. Desde la barrera de una plaza de toros, una hermosísima dama, al lado de un guapísimo caballero, cargan a una preciosa bebé, mientras, embelesados, ven una corrida. La dama es Luisa “La Nena” Zuloaga, el acompañante, nada menos que Gonzalo Palacios, y el bebé se llama María Fernanda. Así las cosas, no debemos preguntar de dónde le viene a la profesora Palacios la afición por la fiesta brava.

Su padre y su tío, Oscar Palacios Herrera, ambos aficionados prácticos que no llegaron a ser toreros en serio porque se les atravesó la Guerra Civil Española, le enseñaron los rudimentos de lo que se convertiría en otra de sus pasiones: “De niña aprendí que de toros sólo saben, de verdad verdad, los toreros (…) Después aprendí que saber de toros es saber gozar y sufrir en los toros (…) Más tarde, cuando empecé a preocuparme por la literatura taurina, me dijeron que había cuatro tauromaquias que debía conocer: la de Goya, la del chiclanero Paquiro (Francisco Montes), la del andaluz José Delgado Pepe-Hillo, y la de Pepe Bergamín (…) A estas cuatro agrego la mejor de todas mis tauromaquias, la que me dictaron, en vivo y al alimón, mi padre y mi tío, al compás de unos tangos de Pastora”. 

Y así uno puede imaginar cómo aquellas apasionadas tertulias taurinas, acompasadas con la voz de la Imperio, fueron configurando la torera actitud de quien, con los años, asumiría su propia tauromaquia, una literal, sí, que tiene que ver con el toreo clásico y hondo, sin tremendismos ni vistosidades, encarnado, digamos, en la figura del maestro Antonio Ordóñez, tan devotamente admirado por ella; pero también una tauromaquia metafórica, que en las aulas de clase se deja ver en todo su esplendor cuando habla de literatura, y vida. Asomémonos a su ruedo.

Ella es el torero; los estudiantes, el toro; y la clase es la corrida. Su hacer es lento, sosegado, profundo. De a poco, va tentando el ganado que tiene ante sí: miradas y gestos, ceños y entrecejos, sonrisas y muecas. Si el ganado es bueno, si sabe acompañar los pases, no hay duda de que la faena será memorable, y nuestro torero arrasará con los trofeos: orejas, rabo, y hasta pata. Pero si el ganado es flojo, el torero apelará a su experiencia e intentará salir bien librado de la corrida. Quizá es aquí donde apreciamos su maestría: cómo hacer para arrancar un hálito de emoción a un auditorio atento a las redes sociales y otras necedades. Cuando no funcionan los viejos “engaños”, se intercambian los roles, y es ella la que se convierte en un Miura ante el desaire de algún estudiante y embiste a matar, haciendo recordar aquello que alguna vez nos dijo en clases: En el fondo, uno le va al toro.

Así cuenta la profesora Palacios su experiencia en las aulas: “Hay clases en las que uno está fatal. Eso es como una corrida de toros: hay veces que uno trata de dar el pase pero el ganado lo rebasa. No pude con ese toro, se dice uno. Y déjame ver cómo hago para salir de esto y matar limpiamente”. “O puede ocurrir también que no sea siempre tu culpa, que te llegue un ganado flojo, que no te da un pase, que no embiste. Esto puede ser muy triste: uno ahí, provocando, y no hay embestida”.

Ganado flojo, como el que abunda en las plazas de hoy (en las literales y en las metafóricas), una de las razones por la cual, según algunos, la fiesta de los toros está en decadencia. Es como un uróboros: si el ganado es flojo, el torero también lo será, buscando acoplarse al ganado facilón. Sin embargo, María Fernanda no escurre el bulto, y con la sapiencia de los viejos maestros –como Pedro Romero, como Belmonte, como Antoñete– sigue haciendo gala un toreo de altura, ajeno a la vulgaridad de nuestros días, para quien quiera ir a formar parte de una inolvidable corrida. “La figura del profesor existe, mientras exista alguien que quiera aprender”, también nos enseñó otra vez…

Si bien es cierto que toma distancia de la fiesta brava que se lleva a cabo hoy día –quizá porque no es tan brava como la que ella conoció–, sigue tan buena aficionada como siempre, tan atenta como aquella niña de la foto que no quitaba los ojos de la arena, vigilante a todo lo que sucede hoy en el ruedo del mundo, ese en el que no torea, embiste.

Quisiera cerrar con esta otra imagen, que pertenece al estudio de trabajo de la profesora Palacios. En medio de una habitación tapizada de libros, donde no hay sitio para uno más, junto a una moderna computadora y una silla de diseño, se encuentra enmarcada una vieja fotografía de gran tamaño, también en blanco y negro. Es Antonio Ordóñez dando un bello muletazo. En ese momento congelado se puede apreciar toda la majestad del maestro de Ronda: un toreo clásico, sosegado, hondo, de estirpe. Allí está Ordóñez, en un sitio privilegiado de la biblioteca, en medio del montón de intelectuales, como recordando los valores de un mundo mítico hoy en decadencia, y que tanto tiene que decirnos.

 

 

 

 “En las corridas de toros se asiste a la belleza. Y la belleza radica en el toro y el torero juntos: cuando el toro se planta ante el toro y el toro pasa. La belleza la pone el toro, el de las patas negras; esa cosa negra que te puede matar y que pasa frente a ti”. “La belleza sin muerte no es belleza. Lo otro es bonito. Pero si algo no te puede matar no es bello. En todo lo que vale la pena en la vida, está la muerte, y si la dejas a un lado te quedas en el mundo de Mickey Mouse. Estoy hablando, claro está, de que la belleza trae siempre consigo algo oscuro”. (La clase, la literatura. Entrevista con Milagros Socorro, Revista Bigott, n° 48, marzo de 1999).