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Papel literario

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Desde el taller con Vasco Szinetar. El ojo que ve es un ojo ciego

Vasco Szinetar nació en Caracas. Realizó estudios de cine en Polonia. Es autor de varios libros de poesía y fotografía. Se ha dedicado a la gerencia cultural desempeñándose durante distintos períodos como director de la Sala de Exposiciones del Celarg, director del Centro Nacional de la Fotografía y presidente del Museo Alejandro Otero

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“Fíjate Lorena, esta es una obra que se llama Vida en familia. Estuvo en la Bienal de La Habana y se expuso también en el Celarg. Es un trabajo del año 96. Aquí por ejemplo hay una lista de suicidas famosos junto a una fotografía de cuando yo era pequeño. Aunque poca gente lo advierta, todo mi trabajo tiene anclado el tema de la muerte”.

La conversación entre Vasco Szinetar y yo se inicia con la sencillez de dos personas que se saben cercanas. Mientras lo escucho, reparo en la pequeña sala del apartamento donde ahora vive. Saltan a mi vista publicaciones con las que me esperaba alguna que otra mañana en el café del Museo Alejandro Otero cuando era director y yo comenzaba mi periplo como investigadora en educación. Antes de subir al ascensor me llamaba con un grito contundente: ¡Lorena! Vente para acá un momentico que te quiero mostrar algo.

Allí, desde el trasluz de las Cafeteras café que ya recibían el sol de las 9 de la mañana, pasábamos unos minutos entre Lunas Córneas, Extracámaras y los ojos filosóficos de Baudrillard, Barthes, García Canclini, Sontag, Lipovetsky… Los tópicos siempre variaban. Cuando lo encontraba con Diego Casasnova estaba por lo general hablando de cine, con Thelma Carvallo conversaba de literatura. Con Fernando Aranguren sólo política; con Indira Aguilera, puros chistes… A mí siempre me tocaba la fotografía.

“Aquí está una foto de mi mamá que yo tomé. El montaje lo realicé con un texto de su diario: ‘Martes 15 de marzo. Son las cinco de la mañana, me lavé la cara y tomé café, (…) me empolvé y me pinté la boca, para verme a mí misma, para mirarme’”.

El amoroso barullo del recuerdo nos envuelve en los relieves del ahora. Allí están las huellas de la pulsión que lo alienta como fotógrafo: cartas, archivos personales, textos, contraposiciones, guerras usadas y motivos intrínsecos que libran su contienda en el organismo de una imagen solicitada. Forma entrañable y evaporada en el estertor de la captura. Surgen los años ochenta y noventa: campos de concentración, flores, el reloj fino que aún marca la hora, una entidad suspendida, temperaturas desiguales.

“He hecho casi todo mi trabajo en solitario, éste trabajo… Porque paradójicamente he tenido mucho éxito con lo otro y a esta parte nadie le ha dado importancia. Es posible que mucha vida pública también me haya pasado la factura. (Surge una imagen) Aquí jugaba con intervenciones en la fotografía, en los papeles, era un proceso muy largo. Este es un homenaje que le hice a Lacan. Escucha este texto que pertenece a un poema de mi hermano Miguel: El ojo que ve es un ojo ciego.

—Tienes un fondo muy comprometido con la poesía…

—Sí. (Pausa larga). Esta es una instalación que monté en el museo de Maracay, soy yo en distintos momentos junto a la partida de nacimiento de mi padre y la hoja de defunción. Es una obra que no pude colocar. Nunca he tenido con quien dialogar estos problemas.

—Pero los espejos también están aquí, esa presencia del reflejo, esa búsqueda de otro que es uno mismo pero que no está, o que está en otra parte. Tiene mucho que ver con la ausencia que anida en tus procesos menos conocidos. ¿Es así como surge el retrato?

—Tengo un trabajo en algún sentido obsesivo. Podríamos decir que el retrato es una metáfora de mi compromiso a la hora de abordar la imagen, pero todo gira en torno a la identidad. El fotógrafo es en esencia un coleccionista de imágenes. ¿Y el retratista qué colecciona? Pues seres humanos, no ya eventos sino seres humanos.

—Pero la identidad está allí como una historia del cuerpo, porque los retratos de personalidades frente al espejo, incluyéndote tú, son también una historia de ti mismo en la circulación vida-muerte.

—Cuando estudias el retrato entiendes que el cuerpo es fundamental. Porque el retrato es una representación del cuerpo y de sus diversas variables, de sus esquemas, sus calidades, sus momentos. Todos estamos marcados por la historia, no existimos sin ella. Los seres humanos tienen permanentemente un antes y un después, y esos intersticios se pueden ubicar en cada vida. Los desplazamientos de ese transcurrir están en un discurso vital y uno puede rastrear cada instante de un cuerpo vivo. Una de las grandes búsquedas que tiene el ser humano es a sí mismo, desde que sale del vientre materno aparece su vulnerabilidad. Está perdido. El trayecto es la única forma de encontrar el origen, vamos desarrollando nuestra existencia y haciendo historia para volver a ese umbral. ¿No es paradójico?, escribirse para reconocerse en el itinerario, alejarse para volver a lo primordial.

Cuando hablamos del origen vuelvo a verme a mí misma frente a él. Tomamos café. Me invade el lugar dónde estamos. En los bemoles del reflejo retornan los primeros textos que hice, su apoyo, los traspiés, los que estaban y ya no están, la experiencia, los que comienzan a despedirse.

—¿Y los retratos en el espejo cómo empezaron?

—Estaba en Nueva York con una amiga y me topé con el deseo de registrarla conmigo. Una forma de saber dónde estás mientras capturas al otro. Entonces tomé esa foto. Al mirarla percibí una veta y comencé a retratar a algunos escritores amigos de forma intuitiva. Pero cuando en 1981 tomé la foto de Jorge Luis Borges y la de Cioran entendí que tenía un proyecto de largo alcance. Hay gente que se ha retratado en el espejo con otros, pero yo no conozco a nadie que haya hecho una labor tan sistemática por años.

—Lo sistemático es lo que lo particulariza…

—¡Como todo, Lorena! ¿Qué es el arte si no la sistematización de un vacío? Las obras de arte dan cuenta de las historias de una obsesión. No hay expresión autoral sin obsesión y eso es lo que le da trascendencia a cualquier trabajo.

—Me inquieta mucho no haber leído alguna referencia del cuerpo político que constituye esta propuesta, porque la selección no es casual…

—Es también una reflexión sobre el poder. La gente que retrato tiene un sitio, son sacerdotes en el sentido clásico. Cuando llevas a una persona que tiene esa significación simbólica a un ámbito donde se reproduce su imagen junto a otro individuo –el cual tiene como oficio reproducir imágenes y que además te inserta en un territorio tan desprovisto de honorabilidad como lo es un baño– estás dislocando esa identidad. Hay un torneo entre las iconografías del poder.

Con este comentario nos desplazamos. Aparecen en la computadora los trabajos más recientes, Historias personales y Cuerpo de exilio. De nuevo se elevan las tramas aturdidas, los trazos discursivos de una luz cetrina, el alma inamovible, el ser desconectado…

“El personaje nunca tiene los ojos abiertos, no es nadie y es alguien. Aquí hay una sensación de ahorcado, mira esos pies flotando, es la misma actitud de la morgue. Pero este trabajo no tiene una referencia personal, es un trabajo anónimo que podría suceder en cualquier parte, no es una crónica de mi vida”.

Guardo silencio.

“Hay muchas cosas que están en proceso. Los trabajos donde cada ensamblaje cuenta una historia. Otros retratos ya sin espejo pero donde sustraigo el color”…

—¿No te gusta trabajar en color?

—No me siento cómodo. En el trabajo del argentino Marcos López el color es un elemento incorporado al discurso. Para mí el color posiciona a la imagen en una verosimilitud inexacta, en cambio el negro –que no es el tono de la realidad– convierte lo fotografiado en algo más trascendente. Mis trabajos tienen que ver con esa necesidad de crear un espacio atemporal.

Los proyectos se despliegan, no paran. Hay escenarios, espacios urbanos, caras conocidas y cuerpos ausentes. Aparecen libros, textos… tal vez todo sea un trayecto que escribe desde la imagen para volver al origen.

“Si me vieras trabajar te volverías loca. Trabajo apurado, rápido, en cinco minutos, pero la foto nunca revela eso. La foto es de una tranquilidad absoluta, parece que hubiera estado horas hablando con el retratado… Nunca hay en esas fotos una cosa ruidosa, siempre están calmadas, en equilibrio”.

Me asalta un recuerdo. La frase final del libro de Jhon Berger que me regaló cuando se fue del Museo: “La cámara completa el semi-lenguaje de las apariencias y articula un significado inequívoco. Cuando esto sucede nos encontramos de repente como en casa en medio de las apariencias, igual que nos sentimos como en casa con nuestra lengua materna”.

Eso es la fotografía. En la pantalla de su computador, centellea otro texto: “Siempre me lo pregunto / Qué resorte, que pulsión lanza a los seres humanos / A exponerse junto a mí, en un simulacro paradójico / Un muro enfrentando la muerte / Una pregunta”.

De nuevo la palabra. Ahora estoy frente a él, retratada desde su espejo, aprisionada por los chispazos de mi origen. Con él, tras esa imagen perdida que quizás nos retorne al verbo suelto de unos cuantos vacíos contemporáneos.