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De cómo suena el mundo

El paisaje sonoro y la afinación del mundo Raymond Murray Schafer Editorial Intermedio, España, 2013.

El paisaje sonoro y la afinación del mundo Raymond Murray Schafer Editorial Intermedio, España, 2013.

El texto que sigue fue publicado en cuatro entregas, en la sección de opinión de El Nacional, en las semanas precedentes. La versión que aquí se ofrece, ha sido editada y agrega nuevos elementos a la reflexión sobre el paisaje sonoro del mundo

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El paisaje sonoro en el que vivimos se parece cada vez menos al que conocieron nuestros antepasados. La sonoridad en la que estamos inmersos (a menudo poblada por una extrema vulgaridad, por el aplastamiento de unos sonidos por otros), guarda características que la hacen radicalmente distinta a sus precedentes. Esta sonoridad propia de nuestro tiempo, porta además otro rasgo: con frecuencia es contaminante. Casi siempre invade el espacio de los demás.

Raymond Murray Schafer (1933) es canadiense, compositor, autor de numerosos libros de análisis musical y autoridad mundial de la llamada Ecología Acústica. Comento aquí una lectura que me ha causado regocijo, por todo lo que ella tiene de novedoso: El paisaje sonoro y la afinación del mundo.

En las páginas de la Introducción, Murray Schafer traza algunos de los perfiles conceptuales que, más adelante, utilizará en su libro: qué entiende por diseño acústico; cuáles son los instrumentos (y las limitaciones) para notar el paisaje sonoro –la sonografía–; los elementos que conforman el paisaje sonoro: los sonidos tónicos, las señales sonoras y las marcas sonoras. Un recordatorio: “El ojo señala hacia afuera; el oído se pliega hacia el interior”. Antes de dormir, el sonido es el último vínculo que mantenemos con el mundo. Al despertar, el primero. Antes de abrir los ojos, escuchamos.

Ante la pregunta del sonido primigenio, se ofrece una posible respuesta: las aguas del vientre materno que se proyectan a gran escala en la infinita sonoridad de mares, océanos, ríos, lluvias y caídas del agua. Si la existencia humana es indisociable del agua, quizás ello explique la sensación de sonoridad esencial que sus sonidos nos producen.

Murray Schafer parte de recapitular los que deben haber sido los sonidos predominantes en otros tiempos: el viento, pero también, cuando este cruza los pasillos abovedados del bosque; los innumerables sonidos de la naturaleza: por ejemplo, la corpulencia sonora que se produce durante el desplome de un árbol; el de la caída de la nieve, en aquellos lugares del planeta donde ello ocurre (el autor encontró en un glosario inglés 154 palabras para nombrar la nieve y el hielo); o el de las grandes convulsiones de la naturaleza (hay testimonios que demuestran que la explosión del volcán Krakatoa, en agosto de 1883, fue escuchada a 4 mil kilómetros de distancia).

La conversación y el canto de los pájaros; las vocalizaciones de animales terrestres y marinos; el vínculo entre los sonidos que emiten algunos insectos y la exasperación que nos producen sus zumbidos; los desgarradores sonidos que producen algunos animales bajo ciertas condiciones: todos ellos forman parte de un paisaje sonoro que todavía tiene en nosotros, cuando menos, la forma de la reminiscencia. De hecho, hay quienes sostienen que las onomatopeyas son proyecciones de ese paisaje sonoro primordial.

 

Rural, urbano

Paisajes sonoros de alta y de baja fidelidad: Murray Schafer se sirve de la oposición rural-urbano para explicar las diferencias. En lo rural predomina la alta fidelidad, porque el bajo nivel del ruido ambiental promedio hace posible escuchar los sonidos discontinuos. Ocurre lo mismo con la noche con respecto al día, y en el mundo Antiguo con respecto a los modernos. En lo rural es mucho lo que puede escucharse en la lejanía. En la ciudad, lo contrario: la sobrepoblación de sonidos impide escuchar con nitidez y nuestro ámbito sonoro se reduce a lo más inmediato.

Por mediación de los clásicos de la Antigüedad, Lucrecio, Teócrito, Virgilio y tantos más, “escuchamos” a los pastores, a las primeras granjas, al empeño de domesticar a los animales y hacer producir la tierra. Sobre el fondo del paisaje sereno, las voces o los gritos de los humanos, el cuidado o la destrucción de la vida, los peculiares sonidos de la caza. En la vastedad del mundo rural, la aparición de nuevos elementos ocurrirá de forma paulatina. Hay una sonoridad básica, asociada a los modos de vida y de producción (la granja), que mantendrá algunos de sus elementos básicos hasta el siglo XIX. De la Antigüedad romana proviene, de forma más persistente, la asociación entre música y descanso (“el hombre sólo descubre la cadencia y lo lírico en cuanto se libera del trabajo físico”).

A la sonoridad metálica de la guerra, habrá que añadir el uso creciente de la pólvora a partir del siglo XIV. Las batallas no solo eran visuales (como lo demuestran los uniformes de los guerreros hoplitas) sino también auditivas: durante siglos se consideró que gritar al enemigo aumentaba su temor. También gritan las víctimas.

Otra sonoridad, quizás “el acontecimiento acústico más importante de la vida civil”, tomó su espacio: la celebración religiosa. Del espacio religioso, aunque no de forma exclusiva, deriva ese sonido maravilloso, el tañido de las campanas de las iglesias. La campana define a la parroquia, a la comunidad de fieles, como espacio acústico. Su sonido es centrípeto: atrae al encuentro de Dios. En el siglo VIII las campanas se habían extendido por Europa. Recordaban a Dios y también los deberes y las horas. En el siglo XIV la campana se unió al reloj: al recordar las horas insistían en el beneficio de las rutinas (esta idea nos conecta con otro libro y con otra idea: “Autoridad, libertad y maquinaria automática en la primera modernidad europea”, de Otto Mayr, que contiene un capítulo dedicado a la idea de “El Estado como mecanismo de relojería”).

 

Rumbo a nuestro tiempo

Transcurre la Edad Media en su camino hacia el mundo moderno. En aldeas y caminos se escuchan molinos y ruedas de agua donde se muelen los granos. El métrico golpeteo del herrero y su ayudante viaja a lo lejos: ese sonido fue, hasta la Revolución Industrial, el más fuerte producido por la mano del hombre. La disponibilidad de materiales (madera, bambú, metal o piedra) determina la sonoridad. A finales del siglo XVII, algunas calles de Vancouver fueron pavimentadas con conchas de almeja. El sonido de los carruajes (las ruedas metálicas sobre los adoquines) es motivo de quejas en todas partes. Asociado al paso del carruaje, el chasquido del látigo, el zumbido sobre la piel del animal, que Schopenhauer detestaba.

La aparición de la electricidad marca el advenimiento de la modernidad, es decir, una nueva sonoridad. Se inicia la era de las máquinas. En las ciudades en crecimiento, se escucha el voceo del pregón que anuncia los productos y el jolgorio de las tabernas. El traqueteo del ferrocarril deja su marca en quienes lo escuchan (más adelante se expresará en la rítmica del jazz). Las calles se llenan de vendedores, buhoneros y charlatanes. El paisaje sonoro se congestiona. Los sonidos concurren y se disputan su lugar en la atmósfera. Los inventos, pequeñas y grandes máquinas para diversos usos, suenan: de la máquina de coser al taladro, del torno mecánico a la máquina de escribir. La tecnología desplaza a los sonidos del campo.

La sonoridad de la Revolución Industrial es una forma de poder: la autoridad que permite emitir sonidos sin mayores restricciones pasa del sacerdote al industrial. En 1832, en Inglaterra, aparecen las primeras denuncias de enfermedades y sorderas causadas por el ruido en las fábricas (el uso del decibelio como medida para determinar el nivel de presión acústica no se generalizó hasta 1928). Los motores de combustión interna ocupan una parte considerable del paisaje sonoro. El telégrafo sintetizó la tensión entre lo continuo y lo discontinuo. Generadores, extractores y aparatos de aire acondicionado causan el ruido continuo, una línea plana sonora. Los aviones supersónicos nos descubren el vínculo entre sonido y velocidad.

Las tecnologías introducen un cambio radical: los sonidos comienzan a grabarse y almacenarse. Murray Schaffer habla de la ezquizofonía como la capacidad de reproducir un sonido fuera de su contexto o separado de su fuente originadora. El espacio sonoro se convierte en móvil. La vida moderna tiene algo de ventriloquía. La radio se usa como instrumento del afán totalitario. El hilo musical aspira a la audioanalgesia.

 

El fin del silencio

La era postindustrial ha borrado o arrinconado al silencio: cada vez se le escucha menos (en sus aforismos, Elías Canetti nos advertía de las funestas consecuencias para el espíritu como consecuencia de no contar con espacios de silencio, que nos facilitasen desconectarnos, aunque fuese por unas horas, de nuestro agobiante alrededor). No hay silencio, sino barreras acústicas que nos confinan a ciertos encierros sonoros: tal la finalidad del hilo musical.

Una extensa parte del libro que aquí comento está dedicado a la música como expresión de los cambios en el paisaje sonoro, así como al tema de notación musical (la música se resiste a ser anotada). Durante 500 años, los compositores de Europa nos suministran las claves para pensar la cultura. El auditorio imita a la naturaleza pero también hizo posible el espacio absoluto de la música. La orquesta metaforiza las fuerzas que interactúan en la ciudad. Vivaldi o Haydn escriben paisajes musicales. Händel vuelca la urbe en algunas de sus partituras. Schubert “hizo que el paisaje actuase para él. Las experiencias de la vida moderna se incorporan o penetran la música. La bocina, el amplificador (que puede convertir la música en un instrumento de dolor), las distorsiones, los efectos de aceleración o ralentización, los auriculares, las mezclas, la globalización: todo ello multiplica las formas de los espacios sonoros.

Las tecnologías aportan instrumentos que permiten visualizar y estudiar la tridimensionalidad de las imágenes. Clasificaciones como las de objetos sonoros, acontecimientos sonoros y paisajes sonoros, son instrumentos para pensar lo sonoro como campo de interacciones. Otras, basadas en las características acústicas (físicas) de los sonidos, psicoacústicas (referidas al modo en que son percibidas), estéticas o en relación a su significado (semióticas) hacen posible ahondar en los vínculos entre hombres y sonoridades. De estas tipologías se desprenden las investigaciones que indagan en las fobias sonoras (el horror que produce la tiza sobre la pizarra, por ejemplo) y en la contaminación acústica, preocupación cada día más extendida en el planeta.

Cada vez escuchamos menos el polirruido del mar, las incalculables y sofisticadas variaciones del viento. El tráfico automotor nos arropa: debe ser la más importante fuente de ruido de todos los tiempos. En el año 44 aC., Julio César aprobada una ley que impedía que los vehículos con ruedas circulasen en las noches. Más de 21 siglos después, el problema es de enormes dimensiones y reta a los arquitectos, urbanistas y planificadores del mundo que viene.

El paisaje sonoro y la afinación del mundo

Raymond Murray Schafer

Editorial Intermedio,

España, 2013.