• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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La sombra de otro país

Víctor Carreño | Foto: Cortesía Fundavag Ediciones

Víctor Carreño | Foto: Cortesía Fundavag Ediciones

Este texto fue leído en la librería Kalathos el 28 de febrero de 2015 durante la presentación de “Cuaderno de Manhattan” (Caracas: Fundavag, 2015) de Víctor Carreño. Carlos Sandoval estuvo a cargo de la lectura

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En el lugar de la nueva literatura venezolana que empieza a ocupar Víctor Carreño resuenan ausencias dispuestas a no ser ignoradas. Él bien lo sabe: como crítico y ensayista ha evocado en diversas ocasiones un país que parte de sí mismo para instalarse en el exterior, el más allá de las fronteras nacionales convertido desde hace aproximadamente quince años en una de sus provincias.

La experiencia no es del todo ajena para la memoria colectiva de sus compatriotas, pero la bonanza petrolera de los años sesenta, setenta y ochenta borró ciertas pesadillas diurnas del siglo XIX o principios del XX, vinculadas a la dictadura de Juan Vicente Gómez y, más tarde, a la de Marcos Pérez Jiménez. Se suponía que los malos sueños habían concluido en 1958. Insisto: se suponía. En la década de los setenta la Venezuela saudita generó turistas, no emigrantes, lo que igualmente se aplica a los agentes de la cultura, quienes rara vez se radicaron en los países que visitaron o en los que hicieron posgrados. Casi nunca la extranjería fue una condición insoslayable, a no ser la de los millares de inmigrantes europeos, latinoamericanos o asiáticos que aportaron en Venezuela hasta mediados de los ochenta para reforzar en los locales la creencia en la suma bondad de una sociedad en la que no parecía faltar nada deseable. Con el advenimiento del milenio la situación ha variado drásticamente, rozando y concediendo imprevista realidad a una fórmula que dormita en los manuales de la antigua retórica: la del “mundo al revés”. Numerosos venezolanos están viviendo su tierra como un cosmos inverso. El antes puerto de llegada lo es ahora de partida. Tal desarreglo, tal caos, propicia la inusitada percepción de umbrales y aspectos liminares de la existencia. Es labor de angustia y serenidad en proporciones idénticas. Ambas se alternan en la voz que oímos en Cuaderno de Manhattan.

Sería fácil resumir la empresa de esta primera novela de Carreño como relato de formación en el que el protagonista ve coincidir con sus viajes físicos un itinerario interior; insinuar que Caracas, Nueva York, Washington, las grandes ciudades, los pequeños barrios, el espacio abierto y el cerrado son sitios explorados por el ánimo tanto como por los sentidos del narrador. Ello, sin embargo, no agotaría el caudal de sugerencias y estímulos. La historia comienza, no por casualidad, con la entrevisión de un puente que tal vez debamos considerar signo del trayecto narrativo que nos aguarda: por él se desplazan referentes autobiográficos y ficticios, propiamente novelescos y ensayísticos, la tensa superposición de la totalidad ansiada y lo fragmentario o episódico. El limen, el umbral en que la nación ha ido transformándose para muchos que van y vienen una vez tras otra, o que se expatrian y cada día aunque solo imaginaria o verbalmente retornan, en Cuaderno de Manhattan se traduce en expresión. La extranjería de este libro no se agota con sus anécdotas: constituye, más bien, el fundamento del decir.

A nuestro encuentro sale el muchacho de provincia que anticipa el viaje a Nueva York mientras está inmerso en la Caracas universitaria, en paréntesis de residencias, amistades y amores, involucrado con parajes cargados de aura (los parques, el monte Ávila entre la niebla y la luz que ya pronto no volvería a ver), captando espiritualmente en las aulas la presencia monumental de Guillermo Sucre, con algo de Virgilio iniciático (pues lo que vendrá no dista de ser dantesco). Después, justo en el instante de la partida, el género se aproxima al de Viaje al amanecer de Mariano Picón Salas, entre la novela y la meditación (la última oración del libro de Carreño apunta, precisamente, a la inminencia  de un amanecer que se vislumbra). De allí en adelante nos adentramos, sin rodeos, en un híbrido de registros con soberbios pasajes eróticos o semifantásticos, abundantes miniaturas poéticas o anécdotas emancipables que persisten en nuestra memoria más allá de los predios novelescos.

En la estela de lo anterior, a nuestro encuentro saldrá también la impresión inmediata de que el autor es un creador pensante, novelista que no ignora que será leído en horizontes de expectativas muy específicos a la hora de categorizar el entre siglo venezolano. Con todo y que la política jamás es explícita en Cuaderno de Manhattan, quien esté habituado a lo producido en los últimos lustros por los coterráneos de Carreño advertirá lo elocuente que resulta la relativa indiferencia: lo confirman las esporádicas referencias a una crisis, a un país que ha padecido golpes de Estado u otras violencias. Se trata de desplazamientos metonímicos, que sitúan mediante proyecciones el deterioro de la nación de origen en el entorno neoyorquino, como si el protagonista llevara dentro caídas u oscuridades y las distribuyera en los alrededores de Manhattan, transfigurados en capital del Tercer Mundo, en áreas de grandes y pequeños desastres, hasta con una trama subterránea en la que divisaremos hombres topo. Téngase en cuenta que Venezuela es un país subterráneo, absolutamente dependiente de su subsuelo; aun la llave de su futuro parece estar enterrada. En este relato, Manhattan es Manhattan, sin duda, pero nos depara en sus entrañas la sombra de otro país. Y, con esta, lo hemos visto, el deseo de la luz.

La clave se halla en la otredad: Víctor Carreño sabe que las cosas, los seres, los escenarios que lentamente componen el discurso de nuestra vida son el testimonio de algo que se perdió. Pese a ello, el anhelo puede resucitarlos en la escritura, ahora con un compromiso de sobria elegancia existencial: no olvidemos que el lenguaje, si bien es capaz de darle a lo perdido la eternidad de la lectura y la relectura, igualmente realza su esquivez con palabras que solo significan cuando transcurren. Todo lo que tiene sentido lingüístico cristaliza en breves instantes y padece la marcha imperiosa de los signos hacia el silencio final de la frase, el párrafo, el capítulo, el libro que nos permitirá asimilarlos. Así avanza la vida hacia la muerte; el hecho a su recuerdo; la memoria a la autobiografía y esta a la aceptación de que la vida no tiene una sustancia distinta de la que presentimos en la fábula, la novela o la visión. Eso, ni más ni menos, oculta entre líneas, con tinta invisible, este Cuaderno.