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La soberbia: negación de la vida

Laura Bazzicalupo / Foto Festival Citta delle 100 Scale

Laura Bazzicalupo / Foto Festival Citta delle 100 Scale

Su sosegada y honda exposición no le quita la condición de urgencia que tiene el tema: la soberbia está en la raíz de los males de nuestro tiempo, a pequeña y gran escala. “La soberbia. Pasión por ser”, ensayo de la pensadora Laura Bazzicalupo, traza un arco que va de la mítica entidad de Lucifer a los modos en que la soberbia actúa en la vida cotidiana 

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La soberbia es un arquetipo. Raíz de los pecados en el mundo homérico, en las antiguas tragedias y en pensadores como Agustín y Tomás. En tanto que raíz, en ella se originan otros pecados. Pero a la vez, es culminación, destino. El paso del amor desmesurado al odio también desmesurado. Lucifer, el más bello entre los ángeles, el más inteligente y próximo a Dios, se convierte en su enemigo: quiere ser el único. El soberbio quiere ser Uno. La primera, la única de las criaturas. Por eso la soberbia es pasión-por-ser, pecado ontológico.

En el mundo griego, la hybris es culpa propia de héroes, causada por su misma excelencia. Imbuido de poder y ambiciones, el héroe se enceguece y se encamina a su perdición. Sus virtudes se vuelven defectos. La persona admirable, degenera. Al enceguecer, no logra ver la verdad. La percepción ofusca el reconocimiento de las cosas y los hechos. El ofuscado no mide sus palabras, ni sus gestos, ni su propio estatus. “Solo ve lo que quiere ver”. No solo la Verdad: también el Ser está implicado en la soberbia: se niega, se rechaza la verdad acerca de lo quién se es. Puesto que su pasión consiste en ser único, el Otro constituye la gran amenaza del soberbio. Y por ello le declara inferior, irrelevante, prescindible: el soberbio detesta al Otro.

Soberbia, además de nombrar un terrible defecto, califica de forma positiva. Ocurre que la excelencia, la realización perfecta, la belleza en sus más altas expresiones, alcanzan un punto que se une con la arrogancia, el narcisismo y el egoísmo. La soberbia corroe a los mejores, los incita a traspasar los límites. Lo excelso se aproxima a lo insensible, a lo mezquino. El soberbio rechaza someterse a las reglas comunes. Ellas valen para el resto, para la numerosa humanidad de su desprecio.

La soberbia de Dios

Otra hipótesis: que la soberbia sea el pecado de Dios y no del ángel, este último no más que envidioso. La soberbia de Lucifer es causada por su admiración, que adquiere las proporciones de la rebelión: a partir de un momento niega la jerarquía. No reconoce el poder de su Creador, ni su carácter soberano: niega la diferencia onto-teológica con Dios. Nada menos que esto: el soberbio se asume superior a quien lo ha creado.

La soberbia se configura entonces como un modo de ser, un rasgo del carácter que hace imposible “mantenerse dentro de la medida”. Así, la realidad es el castigo del soberbio, que se ve impulsado a violentar el orden y los límites. De acuerdo a Esquilo, Prometeo y Zeus son soberbios, puesto que ambos se dicen portadores de una verdad única. Lo mismo Antígona y Creonte: ambos argumentaban una visión superior y no negociable. El desafío de Akab a la inmensa ballena blanca narrado por Melville, es el relato de la pura soberbia. En los relatos de lo que conocemos como cultura popular, quien se declara feliz es soberbio, puesto que ha escapado a la precariedad que es el sino de vivir.

Con frecuencia, el soberbio no está solo: tiene seguidores. La inteligencia de Lucifer, su espíritu, tiene atractivo. La tendencia del soberbio a sobrepasar los límites, lo impulsa a dominar y controlar a sus seguidores. Lucifer no tiene amigos ni camaradas: solo fanáticos y militantes. Porque, y esto es esencial, el soberbio aspira a la separación absoluta. A la separación de Dios como si este no existiera (el soberbio es un apóstata). La expulsión del Paraíso es resultado de un acto de soberbia. Aspira a la autonomía, que desconoce toda soberanía y ejerce según voluntad propia. Los reyes serían entonces los soberbios por naturaleza, obligados a manifestar siempre su eterna superioridad.

La creación del moderno sujeto autónomo, la pretensión del hombre de convertirse en eje y referencia del mundo, los programas de perfeccionamiento, el culto al orgullo y a la autoestima, la constante búsqueda de admiradores, no solo nos colocan frente a formas cotidianas de soberbia, sino ante la pregunta sobre las bases del mundo de hoy.

Grandes y pequeñas soberbias

La lista puede ser larga: arrogancia, presunción, indiferencia, sociopatía, jactancia, vanidad, desprecio a los semejantes, autorreferencialidad, delirio de omnipotencia, conductas de superioridad moral, exaltación de la propia excelencia y más: la soberbia puede desagregarse en un grueso ramillete de conductas conocidas: El burócrata, el funcionario, el policía, el juez, el jefazo: intérpretes de la soberbia institucionalizada. A la pregunta de por qué el soberbio adopta conductas serviles, Kant respondió: porque permanece dispuesto a prostituirse. Añade Laura Bazzicalupo: en nuestro tiempo, la soberbia aparece travestida, inconfesable. Se expresa en quien oculta su debilidad, en quien juzga, en quien vive para proclamar sus éxitos, en quien se propone imponer su impaciencia a los demás: “Fausto tiene prisa, no acepta el tiempo de las cosas. No espera a que el mundo siga sus propios ritmos. Su pasión, la que casi le quema el corazón, mueve las cosas, las transforma. Su inteligencia es impaciente, resolutiva” (la autoironía: tal lo opuesto a la soberbia).

La envidia es opuesta a la soberbia: se genera como reacción a las carencias (de poder, de brillo, de riquezas). Mortificado, el envidioso carga encima el peso del resentimiento: se suma a la multitud, que vive expuesta al demagogo, al verbo manipulador del populista. El cinismo puede ser antecedente de la crueldad: “Es preciso que hablemos ahora de crueldad, de ese gratuito plus de violencia y desprecio que agrava la soberbia liquidación del otro. Gratuito e insensato, revela un perverso placer en hacer el mal. Pero tampoco conviene olvidar esas formas de desprecio e indiferencias insolentes y evidentes, como el cinismo, que también tienen su punta, aunque menos cruenta, de crueldad gratuita”.

La soberbia es el exceso, lo opuesto a la moderación y a la paciencia que hace posible las cosas. Sin mesura, se sacrifican las cosas y las personas. Se desconocen las diferencias. “Los soberbios, en nombre de la idea, tratan de conseguir transparencia, control, ordenan las cosas según un plano coherente, racional. Este es el sentido de la ideología: cancela las manchas y opacidades de la realidad y construye una burbuja delirante, paranoica, en la que todo se sostiene, todo está bajo control”. De ello se deriva la conexión profunda entre soberbia y estado de excepción, y entre soberbia y voluntad.

El soberbio, y la figura de Fausto es emblemática de ello, aspira a determinar el rumbo de las cosas. Vive en estado de impaciencia y control. Ello le empuja a la crueldad. Sabe que-es-cómo-Dios. La suya es una pasión por la identidad, que ratifica a través de una voluntad de poder que crece sin detenerse. Cuando Robespierre firma los decretos que ordenan guillotinar a los enemigos de la Revolución, se reubica a sí mismo por encima de los demás. Soberbio son aquellos que se arrogan la representación de la Verdad, la Justicia, la Raza o la Nación, y son capaces de extender su postura hasta el sacrificio de los demás humanos. La soberbia crece y se hace feroz: jacobinos, bolcheviques, nazis, fascistas de izquierda y derecha: sus ideas y prácticas de terror se alimentaban de soberbia y desprecio por los demás. El racismo es la más alta y feroz forma de soberbia, la comprobación que individuos quizás inofensivos uno a uno, adquieren alrededor de la altivez racial, una peligrosidad que ni siquiera hubiesen podido imaginar.

Rumbo a la muerte

La modernidad ha reconvertido la soberbia: ya no es posesión de ciertas figuras. Se ha dispersado, diseminado en las prácticas del sujeto corriente: individualización llevada a sus extremos; desconocimiento de la de heteronomía (del valor que nos obliga a reconocer la interdependencia de unos y otros); la impaciencia convertida en signo vital; el afán de controlar todo cuanto sea posible alrededor; el desprecio como recurrencia en la relación con los demás (la negación del sentimiento del prójimo); la separación (el debilitamiento) de los vínculos con la convivencia: la distancia, la indiferencia hacia lo común; la manipulación, el uso del Otro. Así, el mal radical contiene un vaso comunicante con la soberbia: ambos desechan, reniegan de los límites.

Quien no tiene límites carece de raíces: se desplaza por la superficie. El nuevo soberbio puede ser obediente, disciplinado, eficiente en la persecución de sus objetivos, incluso en el de aniquilar a otros seres humanos: es biológica y ontológicamente extraño a su víctima. Como Eichmann, que durante su juicio en Jerusalén hizo patente su desprecio sin emoción hacia los judíos asesinados. Eichmann, sujeto vaciado de empatía. Y el campo de concentración, Auschwitz, Treblinka, el Gulag: el espacio de la soberbia. El lugar de la absoluta despersonalización. “La soberbia tiene que ver, sobre todo, con la negación de la vida, con una pulsión de muerte. A pesar de que el soberbio se envuelve en un ropaje de la gloria, en las palabras del poder, a pesar de que exalte su propia grandeza, su pasión es pasión de muerte”.

 

La soberbia. Pasión por ser

Laura Bazzicalupo

Machado Libros,

España, 2015.