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El sibarita del idioma

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

Luis Beltrán Guerrero sostuvo una columna en ‘El Universal’ durante 60 años titulada “Candices”, cuyos textos fueron recopilados en una colección de libros que llevan el mismo nombre. Escritura castiza la de este escritor que don Alfonso Reyes elogió de corazón, a propósito del libro “Razón y sinrazón (temas de cultura venezolana)”. Luis Alberto Crespo se acerca a este autor desde la complicidad que otorgan el gentilicio, y una memoria templada por el blanco intenso de un paisaje desértico

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Imposible sustraerse al trajinado símil del elefante en una cristalería las hartas veces que hemos de evocar el vivir de este conspicuo caroreño llevándose por delante el aliño de su apariencia, la corbata sin obediencia al nudo otrosí malagraciado, el paltó como mantel variopinto de opíparo condumio, la dentadura postiza bailoteando entre el prurito del decir y el gorgorito gongorino de sofocos, maromas gestuales y ronroneos que atraillaban, en un agobiante recado de muecas y demás, coreografía imposible de mitigar, arrestos gatunos o de zoología fantástica. El cabello cerdoso nunca –que se sepa– conoció apropiado acicalamiento, gomina para qué, menos la fementida negrura del tinte, el antifaz de la cana: como que su remedo de crin de caballo denunciaba un ascendente indígena del que fue siempre fullero, cuando era menester biografiarse frente al curioso dado a olisquear en sus orígenes caroreños de blanco de orilla atezado de xagua y caquetío.

De la escritura y otros sabores

De esta guisa se le veía, ora en la conferencia o en la charla, ora en la academia o en la calle, pero –tal la torpeza del paquidermo entre la delicadeza del vidrio– bastaba que tanta desproporción de maneras y apariencia causara el estrago previsto para que de ese encuentro –parangón de aquel, duccaseano, de la máquina de coser en una sola de cirugía– se conciliara el espíritu más decantado con la postura del esteta más exigido apenas la palabra y la escritura –una y otra industriosa de adjetivos y metáforas, de ideas y sentimientos, de sentencias y gracejos varios– ofrecía un abultado recetario de erudición y saberes muchos, ahincados de latín y griego, castellano viejo y castizo, al que solía aderezar con el ají de la verba criolla, regalándonos con una prosa –escrita y hablada juntamente– jugosa, que había sido desembarazada del gajo retórico y la paja en el ojo del vecino, sonriente y grave, mundana y añorante, en la que se daba la escritura de la crónica y el ensayo, de suyo breves por querer absolver al lector de los achaques del fárrago y se acopiaba lo mínimo y lo inmenso de nuestro avatar, la poquedad de la jerigonza política, la quincalla de la cultura de consumo y tanto jaez audiovisual o vaudevilesco que nos trabaja el cacumen y la sindéresis.

Y con pareja prodigalidad verbal y erudita, igual caballerosidad y atemperada picardía de objetor de conciencia y gustos estéticos, convidaba a paladear el idioma de los clásicos españoles, por ejemplo la delicia de grosella en el verso garsilasiano, el regusto a mora y a limón en el soneto quevediano, el vino fuerte y asoleado en el romance gongorino, cuando no a holgarnos en el sesteo de la razón y el entusiasmo, la memoria y el ensueño, sea en la cultura ecuménica o municipal, sea en la degustación de la obra de los dioses literarios españoles y latinoamericanos, Azorín, Gómez de la Serna, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña o Picón Salas, o de los ídolos líricos, Martí, Darío, Herrera y Reising, Lugones, mientras hacía de su lar hirsuto caroreño su Itaca real y sentimental a la que volvía –menos con sus pasos que con su sentimiento– al final de sus viajes de academia y universalidad a la Argentina, México, España.

Entre Olicornios y heterónimos

Discurría en el foro o en la tribuna y en el libro o el periódico sobre el positivismo y el romanticismo por gana de moverse con holgura en nuestra historia y frecuentar asiduamente al héroe y al discreto, privilegiando el detalle de su valimiento que la ampulosidad de su nombradía, la región de su primera vez que la desmesura de su perpetuidad. La misma lección y elección de brevedad dispensó al escritor y el artista, el hombre solo y el hombre público; o a cualquier capricho de su memoria que ofrecía con regalo en la página de periódico agavillando temáticas disímiles: desde el adiós a los desaparecidos del imaginario y el pensamiento, hasta el brindis por los que sobreviven a la celebración y al desprecio, al tiempo que aprovechaba la escritura para gozarse en el sabor de algún plato casero, cierta golosina o dulcería caroreña, a los que adornaba con su facundia de sibarita del gusto gastronómico e idiomático.

El Académico, el profesor universitario, el secretario, el condecorado, el orador y el parlanchín nunca se enfrentaron, bien que cierto espíritu irreverente de Bermudo en su jardín y de Cándido antivolteriano insistía de continuo en desacralizar a sus “heterónimos” con traje y obligaciones asaz almidonados, por lo que su torpeza y su desaliño le ajustaban a la medida de sus “Olicornios”, las inefables creaciones últimas de su ingenio, en las que poesía y prosa, el epigrama y la travesura gráfica, el retozo y la seriedad, proponen un género desusado entre nosotros, un juntamiento de la crónica de actualidad y la imagen poética, el juego verbal y la grave rima, o su contrario, su desarreglo; sin embargo, si hubiera que atribuirle a Luis Beltrán Guerrero la eternidad que exige Mallarmé al poeta para permanecer inalterable en el cambio del tiempo, su perennidad estaría en ese soneto de su celebrado libro Secretos en fuga, donde se eleva el cardón de su tierra ardida, “sebastián de los santos vegetales” apenas recitamos su primera cuarteta:

“Por agria loma y calva cerranía,
Implorando bautismos celestiales:
Crisma de brisas, yodo, hielo y sales,
Copa de espinas, bastos de agonía”.

O acaso en aquellas imágenes que alumbran el “Poema de la madre tierra”:

“­Oh yermo desolado! Paño pardo,
Del estéril playón aridecido...”

Y en “el cerro hirsuto” y “el ocre despierto” que acentúan la luz del mediodía en la entonación y en la motivación.

Candideces acusadas y silenciadas

Aún así, la obra ceñera adviene su prosa castísima, que prodigara en los libros de ensayos y en las crónicas periodísticas de Candideces, las cuales reuniera, año tras año, en innumerables series para contento y goce de los desgustadores del idioma castellano y del género, al que restituyera su a menudo maltratado encantamiento: el de la sencillez, el de la brevedad.

Solo Candideces bastarían para situar a su autor entre los clásicos contemporáneos del humanismo, desautorizando así a José Ignacio Cabrujas, a quien Guillermo Morón (A la intemperie, editorial Planeta, Caracas, 1998) acusa de haber denostado de la escritura de Luis Beltrán Guerrero por considerarla “prescindible”, mezquindad que contrarrestara pronto Adriano González León cuando en carta pública, reproducida en la revista Imagen (julio-septiembre 1996), elogia su “sintaxis impecable”, su “elegancia saturada de picardía” y expresa su descontento porque El Universal había silenciado inopinadamente –después de aparecer durante sesenta años en sus páginas– la imponderable escritura de esas crónicas que nunca dieron cabida a la incuria y al menosprecio.

El maestro y su discípulo

No en vano se nace en Carora, al rescoldo de la pertinaz canícula de su afuera de arcilla y de espina y se es pobre en la intemperie muerta de sed, sin más viático que un deseo de infinito de cultura, cuya saciedad calmaría el conocimiento del saber humanístico que fuera a abrevar en las enseñanzas de su madre, Doña Dolores Guerrero, en los bancos del Colegio Federal y en los mandamientos de su maestro por antonomasia, Don Cecilio Zubillaga Perera, de quien sería uno de los dilectos discípulos como lo reiterara el fogoso fablistán de la calle Ramón Pompilio Oropeza en misivas y cartas, sea para encomendarlo en Caracas a Mariano Picón Salas, sea para animarlo a leer a los poetas regionales con la misma efusión que sabe le dispensaba a los griegos y latinos, celebra sus éxitos como estudiante y bisoño periodista de El pórtico, su diligencia como secretario de gobierno del estado Trujillo en 1942, donde dirigiera el semanario Presente y elogia sus poemas, en los que halla lo que le reclama a toda poesía, “algo de jardín y de iglesia” y porque, además, escucha en ellos “la lengua de fuego de los poetas que anuncian la pentecostés del espíritu”, leemos en la biografía-río que sobre el maestro escribiera Juan Páez Ávila (Cecilio Zubillaga Perera, Tomo I y II, Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1988). La correspondencia epistolar con su válido discípulo la interrumpe –señala Páez Ávila– la muerte del caroreño universal.

Importa destacar el prefacio de Juandemaro Querales en Ensayos y poesía de Luis Beltrán Guerrero (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1984) donde señala, entre las cualidades de la obra del escritor, la reflexión nacional, “los temas menudos de las guerras continentales y guerras civiles, la vida política y el resultado de la aplicación de ideas organizadores del Estado y sus elites”, la “confrontación con el mundo clásico y la vuelta a lo sencillo”, la insistencia en cierto “nativismo con una intención universal”, porque son estas las improntas que definen a todo intelectual proveniente de la escuela de Cecilio Zubillaga Perera: Alí Lameda, Elisio Jiménez Sierra, Guillermo Morón, Luis Oropeza Vásquez...

Quevadiano más que gongorino, en sus postreros días en la tierra Luis Beltrán Guerrero cedió a Guillermo Morón en un rincón de la austera Academia Nacional de la Historia unos versos de adiós a la vida que es irreverencia a las estéticas y a los liridas de cuello blanco de cualquier tiempo y lugar. Morón lo reproduce en las páginas de Obra Poética de Luis Beltrán Guerrero (ediciones Fundación Guillermo Morón, Caracas, 1997).

Un quevediano adiós a la vida

El degustador del idioma más bailable y más fruitivo se despidió de nosotros de la mano de su amigo, el señor de la Torre de Juan Abad, como le hubiera gustado hacerlo al final de cualquier sarao literario de nuestra hoy adocenada velada cultural y mientras lo leemos no podemos menos que imaginar su gestualidad histriónica al servicio de la lírica excremencial, sus movimientos de elefante entre la cristalería del muy helado y quebradizo buen gusto:

Todo es mierda

Mierda es todo el mundo en que vivimos
y pura mierda por doquier hallamos.

Al nacer con mierda tropezamos
y al morir con la mierda nos hundimos.

Si entre mierda nacemos y morimos
pura mierda por doquier hallamos,
nuestro cuerpo con mierda alimentamos,
alimento que en mierda convertimos.

Mierda es el hombre en su carrera oscura,
mierda muy bella es la mujer hermosa,
mierda el poeta, el abogado, el cura...

Hay mierda en poesía y mierda en prosa,
y después de ser mierda la criatura
ahora entre mierda y mierda goza.

Noticia del abuelo cura

“Tengo en mi archivo, que no es tan bueno ni tan importante como el Archivo Zubillaga que entre paciencia y sabiduría reunió don Cecilio Zubillaga Perera, un expediente dedicado al ‘señor Oropeza’, el abuelo del gran escritor Luis Beltrán Guerrero. Allí están los papeles sobre su vida y su obra, su vida civil, su matrimonio, su sacerdocio, su ascendencia paterna y materna y su testamento (...) Don Domingo Vicente Oropeza nació en Curarigua el 4 de mayo de 1827, hijo de don Luis Joaquín de Oropeza y de doña María Braulia Meléndez (...) Casó en Carora el 7 de julio de 1849 con doña Remigia Riera Silva, hija de don Anselmo Riera y de doña María del Rosario Silva. El 7 de septiembre murió en Carora doña Remigia Riera Silva de Oropeza. (...). El viudo se encierra a llorar y decide hacerse sacerdote para dedicar su vida a servir a Dios y a la Iglesia. En 1853 se levantó en Caracas, la ‘Información de legitimidad, buena vida y costumbres de domingo Vicente Oropeza y su inclinación a seguir la carrera eclesiástica’ (...) El 4 de septiembre le fueron conferidas en la Iglesia de Santa Rosalía, de la capital, la primera tonsura y las cuatro órdenes menores (...) El 4 de octubre es examinado por el Pbro. Martín Tamayo, Catedrático de Teología, ‘en las materias morales, para recibir las órdenes sagradas’. El padre Tamayo asienta en el expediente: ‘apenas lo encuentro apto para el Diaconado, advirtiendo que necesita mucho estudio para el sacerdocio’. Ya el 1o. de noviembre lo examinan y celebra el Santo Sacrificio de la Misa. El 1 de noviembre ya está en Aregue (...) Antes de morirse, con leyenda y todo, el Padre fue padre en repetidas ocasiones, primero muy ortodoxamente y después muy escandalosamente...”

(Tomado de A la intemperie de Guillermo Morón, Planeta, colección Memorias, Caracas, 1998, páginas 105 y 106).

 

Un humanista entre periódicos

Por Jesús Sanoja Hernández

Pantagruélico por glotón, a veces con pedazos de pan en los bolsillos como un Juan Vicente González del siglo XX; de prodigiosa memoria a la hora de citar a los clásicos y (re) citar a Darío, Lugones o Verlaine; desbordante en el latinear y en el origen y el sentido de la historia; defensor de un socialismo idealizado y disparatero en las expresiones, así lo conocí yo en los días finales de 1956. Cierto día, cuando divagaba sobre ideologías y actitudes políticas, me atreví a interrumpirlo, cuestionando su posición, y contra lo que esperaba, a la salida del aula, cuando me enrumbaba hacia el jardín que separaba a Humanidades de la que actualmente es la Escuela de Comunicación Social, me alcanzó para decirme: “Quiero hablar con usted”.

Fue generoso, y creo (eran días de dictadura) que ni él ni yo olvidamos nunca aquel momento. Cuando más tarde inició sus Candideces en El Universal, fui el primero en anotar que el seudónimo llegaba vía Voltaire. Después, cuando lo premiaron no sé si con el Municipal de Prosa, lo elogié en el semanario Qué y en el quincenario En Letra Roja, y tanto no se le olvidó el gesto que siempre me asediaba para pedirme (­¡mire que cualquier día muero!) un prólogo para algún futuro de Candideces. El correspondiente a la decimosexta serie me lo dedicó así: “A Jesús Sanoja Hernández, honor de su profesor (maestro, no) con el afecto y aprecio de siempre. 29/11/1996”. Debajo de la firma el sello con la dirección (Qta. Argelina. Av. Sur 10, Los Naranjos). Años antes, 1990, la dedicatoria de la decimocuarta serie insistía en lo que nunca pudo ser: que el prólogo del volumen XX se lo hiciera yo. Y no sé si fue en 1984 cuando me adjuntó un estudio sobre la poesía de Rafael Cadenas, desaparecido de la papelería, pero por fortuna recogido en El jardín de Bermudo. Calificaba a Rafael (“su nombre de arcángel tiene el lejano prestigio de la convivencia con Dios”) de poeta ontológico y le daba un giro regional y costumbrista al poema de entrada de Cuadernos del destierro. No venía el poeta de un pueblo de comedores de serpiente sino de un pueblo de comedores de arepa.

Frecuente era verlo irrumpir en las reuniones literarias con un vozarrón que asustaba. Andaba, en los últimos tiempos, como desesperado, y su prosa misma como su poesía en los “olicornios”, se fue haciendo más libre, soltando las amarras del clasicismo para volcarse en lo cotidiano, con un lenguaje conversacional y a veces quevediano. El humanista se metió así en la vida callejera y empujó el idioma hacia la desacralización.

Es difícil encontrar un periodista-cronista-crítico literario que haya incursionado en tantos temas y estudiado tantos autores. Por sus artículos, que casi siempre tocaban los límites del ensayo, desfilaron fenómenos de la política como la democracia y la dictadura, las izquierdas y las derechas, el Frente Patriótico y los movimientos sociales, y pasaron, con precisiones y detalles, corrientes literarias y movimientos estéticos, grupos y tertulias, seres solitarios y seres tumultuarios, soledosos y expansivos.

Retrocediendo a 1956, para entonces ya tenía escritos varios libros. En mis manos cayó el más reciente, Razón y sinrazón (temas de cultura venezolana), editado en 1954, con una carta de Alfonso Reyes de abreboca, en la cual el maestro mexicano le confesaba: “Pocos habrán acertado como usted a plantarme la flecha en el centro mismo del corazón. Muchas gracias. Razón y sinrazón. Danza del espíritu, sí; bailar por encima de sí mismo, decía Zaratustra. Y así el mundo se nos derrumba, como en Horacio, pisar, impávidos, las ruinas”.

Casi una década después, en 1965, Guerrero dio a conocer Perpetua heredad, donde incluyó algunos textos anteriores, aunque ampliados, como el que le dedicó a Zumeta, el autor de El continente enfermo y Las potencias y la intervención en Hispanoamérica, dos libros que unen al siglo XIX con el XX, e indispensables para entender cómo la globalización tuvo un antecedente económico en el imperialismo y en las relaciones de (inter) dependencia de América Latina respecto a EEUU. En la serie decimoquinta, Guerrero utilizó breves pensamientos, de índole sentenciosa como este que posiblemente extrañe a la juventud Actual: “Nunca he visitado a Miami. No conozco Disney World”.

*Publicado el 22 de noviembre de 1998.