• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Entre la daga y el sable
Para volver a romper todo el silencio

Edda Armas / Foto Henry Delgado. Archivo

Edda Armas / Foto Henry Delgado. Archivo

Hace cuatro décadas se publicó Roto el silencio (1975), el primero de los libros de la poeta Edda Armas, edición inolvidable, cuyo diseño estuvo a cargo de Álvaro Sotillo. Una buena noticia para los lectores: Con un prólogo de Roberto Martínez Bachrich, O.T. Ediciones lo ha puesto nuevamente en circulación

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1.

El puente es uno mismo

y es la dirección de nuestra vida

E. A. La otra orilla

En el poema “Podría ser un retrato”, de La mujer que nos mira (2000), Edda Armas anota: “Las ideas son moscas/ en el ocio”. Esta imagen –precisa, contundente– que articula ya una voz madura, era acaso intuición primera 25 años antes, en los tanteos iniciales con los que una joven estudiante de Psicología de la UCV comenzaba el difícil remar en las aguas del poema. Y es que asistimos en Roto todo silencio (1975) a la fundación de una poética que, década tras década, se irá abriendo su lugar en el admirable ciclo de la poesía venezolana del siglo XX. El nacimiento de esa poética, como veremos, se funda en la tensión elemental entre idea e imagen, razón y creación. Es el devenir de esa tensión primera, me parece, el que articulará la poesía toda de Edda Armas.

Un pensamiento que, en su hacerse o decirse, deviene no idea sino casi imagen. Una imagen que no puede (ni quiere) ser plena pues se sabe, en su configuración, deudora de un estado primero de la razón: encarnación de su falla. He allí el lugar de entretanto –de puente– que ocupan estos textos breves, tan silenciosos, tan abiertos. He allí, en ese equilibrio de lo que no puede (ni quiere) ser pensamiento o imagen solamente sino punto de encuentro fragmentario entre ambos, ensayo del decir, forma provisional, en camino, latente, la belleza de los mínimos cuerpos textuales que, constelados, configuran Roto todo silencio (1975). “Embriones de pensamiento”, los hubiese llamado Edgar Allan Poe. Acaso solo un sentir que busca, tanteando, su propia forma momentánea: su devenir verbal. Y de allí, justamente, el aura enigmática que a ratos acompaña estas dagas primigenias de Edda Armas: todo lo que dejan al apetito y la imaginación del lector, que tomará sus hilos y, en su propia lectura, los concretará, redimensionándolos.

 

2.

cuando el espacio blanco

es salmo y nombra

E. A. Corona mar

Este breve, leve decir, concentrado y preciso pero a la vez también como aéreo, casi gaseoso, prácticamente conmina al lector a elegir su vía de acercamiento y comprensión. No sorprende, por ello, que tantos artistas plásticos o escritores que comparten la vocación por la palabra y el gusto por el dibujo, se hayan dedicado a reinterpretar Roto todo silencio, ilustrándolo. No solo la fuerza verbal contenida y abierta de los versos de Edda Armas los impulsó: también esa blanquísima página de la que estos emergen como islotes de materia otra entre la nieve. Todo ese blanco le hizo sentir a algunos lectores que el poemario no era solo y simplemente un poemario: que se trataba de un artefacto más complejo: suerte ya de libro de artista por hacerse [y la exploración posterior de Edda Armas, de la mano del enorme talento de Lihie Talmor, de los libros de artista– Aguariacuar, la partida (1994), La creatividad del mal o el círculo de las flores (1995) y la antología Fe de errantes (2006), entre otros–, dará cuenta de este germen primero, secreto, azaroso], que componía, sin saberlo, un mínimo block de dibujo alrededor de los textos. Y comenzaron a hilarse, así, entre verso y verso, entre lectura y lectura, entre pensamiento no acabado e imagen no concretada, otros pensamientos provisionales, otras imágenes en camino: esta vez no con la palabra sino con el trazo. Y se hicieron las ilustraciones, los dibujos: espejos gráficos de los fragmentos verbales con los que Edda Armas, hace cuarenta años, se inició en el mundo del poema.

Cada uno de estos apuntes y observaciones, de estas casi-ideas, casi-imágenes –poéticas intuiciones de poema– que vienen del silencio y lo rompen para volver, ya dichos, ya descansados, a él; encontraría en los dibujos de algunos lectores la respuesta a una silenciosa y no formalmente articulada invitación. Daniel Medvedov, entre otros, hizo del libro, en el momento de su publicación primera, una lectura erótica, esta vez desde el trazo y la pluma. La delicadeza de sus líneas, la delgada y afilada belleza que ordena una imaginación de gusto e imaginería infantil y fantástica, fue componiendo escenas, figuras, casi-cuentos; forjando, pues, una extraordinaria conversación con los textos: imprimiéndoles nueva e inesperada magia y vitalidad. Y así los versos, que emergen de la página blanca y en ella se pierden, dándole espacio y fuerza en su concentrado decir no solo al decir mismo sino a ese incitante blanco que los envuelve, regresan hoy a las manos de otros lectores, por esta vez acompañados de una de las series de imágenes –la de Medvedov– con las que sus primeros lectores obsequiaron a la autora. Nuevo equilibrio, ahora, entre lo apenas dicho entonces, como tímidamente, como en vislumbre de un decir que aún no toca –y que luego, en río de imágenes verbales, vendrá cabal en toda la obra poética de Edda Armas–, con los viejos dibujos de Medvedov que, elegidos para esta justa y necesaria reedición, se muestran por vez primera al público.

3.

caminar la inmensidad

es el lugar del reencontrarse

E.A. Cuerdas de serpiente

Acaso volver a leer, hoy, Roto todo silencio nos permita además repensar la obra poética de Edda Armas desde otra ventana, leerla desde aquello que, por obra y gracia de esa biografía del alma de un poeta  –siempre discontinua, nunca ordenada– se forja y anuncia, tímidamente, como futuro posible. Quiero decir que Roto todo silencio ya articula el corazón de alguna de las líneas poéticas que la obra posterior de Edda Armas irá afinando y refinando: discreto cauce abierto sobre el cual la escritura de la poeta forjará con los años todo un íntimo y personalísimo universo verbal, y cauce del que así mismo se alejará, a ratos, para luego, una y otra vez, regresar sin falta y con ímpetu redoblado a él, acaso porque, como dice el tango, siempre se vuelve al primer amor.

Y no hablo solo de la daga como poética. No solo me refiero a los regresos de la autora a este comprimido y afilado modo del decir: el versículo, el poema brevísimo, el que abre al silencio –rompiéndolo o no– una carne que importa tanto como su oscuro y sintético espejo de tinta, ese que acaso en la década del 70 en Venezuela alcanzó cimas evidentes en la obra de poetas como Luis Alberto Crespo o Reynaldo Pérez Só. Y no me refiero solo a eso porque Edda Armas, a lo largo de su obra, se moverá con la misma soltura en la acotada forma del texto brevísimo –la daga– y ese otro decir más demorado del poema de largo aliento: construcción más vasta y apabullante, filo distinto, otro: poética del sable. Entre la daga y el sable, pudiera decirse, se articula toda su poesía, sin que la autora deba decidirse –¿por qué habría de hacerlo?– por un modo u otro del decir. Me refiero, más bien, a esa dilatada tensión entre el sonido y el sentido, y a la dura tarea –y los modos de un poeta– de hallar la perfecta fusión entre ambos universos para hacerlos converger en cuerpo único: el del poema.

Algunos poetas, lectores de poesía y críticos mucho más autorizados (Miranda, Rojas Guardia, Castillo Zapata, Häsler) han hablado de la enorme capacidad sugestiva de la poesía de Edda Armas como uno de sus rasgos vertebrales. Creo que eso nace, y es ya pleno a su manera susurrante, de quedo decir, como en voz baja, en Roto todo silencio. Y si es cierto que el libro que le sigue –Contra el aire (1977), fruto del taller de poesía que, un par de años antes, Edda Armas hiciera en el Celarg bajo la esplendente conducción de tres indiscutibles maestros: Guillermo Sucre, Gonzalo Rojas y Ludovico Silva– intenta perfilar búsquedas parecidas, ya acaso de un modo menos desnudo, menos desamparado, como más cimentado en una tradición que empieza a (re)conocerse en carne viva, en alma y verbo, también ocurre allí un leve giro peculiar en el modo de tramar la imagen –en el modo de decir– de Edda Armas: la seducción de la esfinge ha comenzado.

Una cierta claridad primera comienza a ser dejada de lado para explorar otras materias: la entraña oscura del verbo, eso que el mismo Poe llamara la búsqueda de “un poema escrito por el poema mismo”. De allí que algo más críptico, más hermético, comience, también, a cocinarse en el decir. Y que esa vía, que continuará en distintos grados en parte de la poesía inmediatamente posterior de la autora –Cuerdas de serpiente (1985) y Rojo circular (1991), por ejemplo–, vaya haciendo cuerpo y continúe robusteciendo el texto general de esta poética. No obstante, es también cierto que, con los años, Edda Armas apostará por un regreso al desnudo decir, y hasta por un decir que cuide y consienta (o vigile) las andanzas de su sintaxis, que se oponga con firmeza a sus posibles descalabros: una poesía que retorne, como en Roto todo silencio, a la claridad primera; una poesía del sentido, que no se deje tentar ya más del posible artificio retórico y el espectáculo verbal sino que, al contrario, profese su amor por el orden (“busco lo que ordena. Lo busco”, reza un verso de “La espera”, en La mujer que nos mira) y la nitidez: una textualidad de lengua humilde, limpia, pura: pienso en Sable (1994), La otra orilla (1999), En bicicleta (2003) y Corona mar (2011), entre otros. Esa misma lengua que acaso Roto todo silencio intentaba esbozar mucho antes, desde la intuición primera de la más temprana juventud, intuición pura, no muy formada, no muy leída, pero viva, sentida, arrojo puro y franca desnudez, pues no debemos olvidar que es una jovencísima estudiante de la UCV –Edda Armas tenía 20 años– la que lleva un manojo de anotaciones a la Imprenta Universitaria, por probar, por ver qué pasa, y que su entonces director, José Vicente Abreu, lee y acoge el manuscrito con enorme entusiasmo y devoción para publicarlo.

4.

quizás con un vocablo de silencio

el daño que cause

no sea el más profundo

E. A. Roto todo silencio

Cuarenta años han pasado desde aquel encuentro inicial de Edda Armas con la palabra poética, y, sobre todo, de aquella generosa fe de Abreu frente a esos textos primeros, fe que impulsó la primera y bellísima edición de este libro, cuyo diseño y diagramación estuvieron a cargo de un joven ya talentosísimo que es hoy maestro indiscutible del diseño gráfico y a quien debemos algunos de los libros–de todo género– más hermosos que durante décadas han salido de nuestras imprentas: Álvaro Sotillo.

De la centella verbal a la centella gráfica: se cierra hoy, con esta no menos bella reedición a cargo, una vez más –círculo perfecto–, del maestro Sotillo, uno de los múltiples caminos que Roto todo silencio forjara cuatro décadas atrás. Y se abren, a partir de las páginas siguientes, los caminos que nuevos lectores (y ojalá nuevos ilustradores, una vez más) recorrerán. Con la daga o con el sable, Edda Armas aún tiene mucho por decirnos.