• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

La sabiduría de Agustín de Hipona

San Agustín de Hipona

San Agustín de Hipona

“El puente agustiniano entre los antiguos y Dante seguirá en pie, aunque solo sea porque la coherencia histórica desaparecería sin él”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Agustín de Hipona es un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. El “Doctor de la Gracia”. Fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y, según Antonio Livi (nacido en Prato, Italia, el 25 de agosto de 1938 y profesor emérito de Filosofía del conocimiento en la Universidad Lateranense de Roma), uno de los más grandes genios de la humanidad. Nació el 13 de noviembre de 354 d. C., en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana, y murió el 28 de agosto de 430 d. C., en Hippo Regius, Argelia. Lo influyeron mucho Platón, Aristóteles, Pablo de Tarso, Cicerón, Plotino, Orígenes, Virgilio, Lucrecio, Mani. Una muy buena reciente biografía de Agustín es Corazón inquieto: La vida de San Agustín, de Louis De Wohl (Palabra, 2014).

Aunque algunos estudiosos han descubierto una sabiduría cristiana en Cervantes o Shakespeare, no acaban de convencerme. Ahora que repaso la literatura sapiencial, me doy cuenta de que la sabiduría cristiana normativa queda sin representación en una panoplia que comienza con una búsqueda de sabiduría en antiguos griegos y hebreos, y luego en Cervantes y Shakespeare. Al examinar las ideas que se convirtieron en acontecimientos en Montaigne, Bacon, Johnson, Goethe, Emerson, Nietzsche, Freud y Proust, solo encuentro a un moralista cristiano coherente: el doctor Johnson. Al proseguir con el Evangelio de Tomás o con San Agustín, que me parece el más atrevido de todos los intelectuales católicos, incluido Ratzinger.

Puede que el siglo XXI esté dominado por guerras religiosas, con epicentro en el Mediano Oriente y su acción terrorista sobre Europa (y aun Estados Unidos, recuérdese el ataque a las Torres Gemelas en 2001) entre algunos elementos del Islam y una emergente alianza de hindúes, judíos, y cristianos. Agustín tiene como precursor a San Pablo y como herederos a Dante, Calvino y quizá a Lutero. La guerra es la más terrible de las necedades y la guerra religiosa es una aterradora manifestación de cómo las ideas se transforman en acontecimientos. Lo que los comentarios del Corán son para el Islam, los de La Ciudad de Dios, para el cristianismo. Si Estados Unidos, o China, en su papel de nuevos Imperios Romanos, imponen una nueva “Paz Romana”, o acaban cayendo como cayó Roma, lo que puede ser su historia y su defensa viene prefigurado en La Ciudad de Dios. Me limitaré a unos pocos ejemplos de la sabiduría cristiana de Agustín.

Freud habla de “conceptos frontera”; Agustín es un conceptualizador frontera, situado entre las antiguas obras del pensamiento griego y de la religión bíblica, y la síntesis católica de la Alta Edad Media. En este sentido, Agustín es el creador de la sabiduría cristiana. En nuestra época, los puentes históricos están en mal estado o ya han caído. El puente agustiniano entre los antiguos y Dante seguirá en pie, aunque solo sea porque la coherencia histórica desaparecería sin él.

¿Cuál es, específicamente, la sabiduría cristiana de Agustín? Regresar al San Pablo que reza al Jesús crucificado como “el poder de Dios y la Sabiduría de Dios”, pero para Agustín, poder y sabiduría son uno. Pero ¿es esa toda la sabiduría cristiana que hay al final de la búsqueda de Agustín? ¿Nos ofrece Freud en El malestar de la cultura, una sabiduría más práctica? Goethe, pagano y orgulloso, al menos proclama una especie de sabiduría que podemos lograr si nos unimos a él y renunciamos a nuestros deseos. Cervantes y Shakespeare, al ofrecernos ejemplos personales –Don Quijote, Sancho, Falstaff, Hamlet–, también nos proporcionan la difícil que esas figuras encarnan. Montaigne es inapreciable cuando  nos dice que no estudiemos la muerte: ya la conoceremos bien cuando llegue.

Proust, meditando lo mismo, encuentra su fe en el arte. Su prosa es su yo. La sabiduría de Agustín  rechaza ir en busca del tiempo perdido. El lector no tiene por qué elegir entre Proust y Agustín, quien siempre lee a Virgilio y anhela la orilla más lejana: Jerusalén. Fe y sabiduría, solas.