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El saber generoso: ocho maestros, ocho discípulos. Parte 2

Tulio Hernández | Foto: Gabriel Osorio

Tulio Hernández | Foto: Gabriel Osorio

El pasado domingo 18 de octubre, publicamos la primera parte de este ensayo, que prologa el libro "Humanistas españoles en Venezuela", publicado por la Embajada de España en Venezuela. Con esta entrega de hoy, se completa el texto que da cuenta de una valiosa iniciativa editorial

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La obra de Pedro Grases es descomunal: 179 libros y folletos; 214 ediciones, compilaciones y prólogos, 71 participaciones en obras colectivas, a lo que hay que añadir que la Editorial Seix-Barral publicará bajo el cuidado del autor, entre 1981 y 2002, sus Obras en 21 volúmenes, que alcanzan un total de más de diez mil páginas, más los dos volúmenes publicados en 2004 por la Fundación Grases con el título de Andrés Bello. Documentos para el estudio de sus Obras completas, 1948-1985, a lo que habría que sumar un epistolario personal y de trabajo compuesto por 30.000 piezas, en su mayoría inéditas, que dan cuenta de su vida privada, amistades, intereses intelectuales, empresas de estudio, proyectos, logros, anhelos e ideas. Esta inmensa lista, reseñada en su ensayo por Francisco Javier Pérez, es dato clave para entender el aporte histórico y documental en la producción intelectual de don Pedro Grases a Venezuela.

Hay una palabra clave en el Grases que nos regala Pérez: “Atlante”. La extrae de una figura utilizada por nuestro pensador Mariano Picón Salas para definir a un tipo de hombres que –pensaba Picón en Bello, José Toribio Medina, Diego Barrios Arana– eran un linaje de gigantes, de inagotables trabajadores, que no descansaron hasta la muerte en la tarea de reconstruir y ordenar nuestro pasado mental. “Son hombres-Atlas que se echaban sobre la espalda la labor crítica y organizadora que en países de mayor sosiego y tradición cumplirían academias e institutos enteros”, remata Picón.

Pedro Grases fue uno de esos hombre-Atlas y se echó sobre los hombros solitarios varios proyectos titánicos; esa es la tesis de Francisco Javier Pérez. Grases convirtió el estudio de Andrés Bello, a quien consideraba el primer humanista de la civilización hispanoamericana, en la principal finalidad de su ocupación intelectual. Participó y dirigió decenas de colecciones: las Obras completas de Andrés Bello, las Obras completas de Rafael María Baralt, las Obras escogidas de Agustín Codazzi y las de Juan German Roscio, hasta codirigir junto a Ramón J. Velásquez ese portento documental que fue la colección Pensamiento político del Siglo XIX y decenas de colecciones más.

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“El emigrante en Venezuela que realizó en su existencia el más soberbio aprendizaje sobre la documentación histórica nacional desde fines del Siglo XVIII”. Así define Pedro Grases, su amigo, tutor, colega y compañero de acción en muchos proyectos y estudios, la vida y el aporte que el historiador Manuel Pérez Vila consagró a Venezuela. No exagera un ápice el maestro Grases. Pues, tal y como lo describe minuciosamente páginas adentro la historiadora Inés Quintero, la obra historiográfica de Pérez Vila es desmesurada, colosal, prolífica, y su vida una entrega absoluta al trabajo laborioso del artesanado intelectual, la escritura y la docencia. Su obra es gigante, pero entre sus aportes más importantes destaca el haber conducido la realización del Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar, sin lugar a dudas una de las obras de consulta más rigurosas y útiles que se hayan producido en el país para resguardar activamente su memoria histórica. La obra, conformada por tres tomos, que se inició en 1976 y se publicó diez años después, reunió a más de 350 especialistas en su realización, que implicó la preparación de más de 10 mil fichas y 35 mil referencias bibliográficas.

Para entonces el maestro ya estaba acostumbrado a obras de estas dimensiones. Había trabajado en 1948 haciendo la investigación bibliográfica para la publicación de las Obras completas de Andrés Bello; luego, en 1950, con Vicente Lecuna en el Archivo del Libertador; influyó en la creación y fue director de la Fundación Boulton; procesó con metodologías modernas las memorias que el general O`Leary escribiera en el Siglo XIX y luego publicó una biografía titulada Vida del general Daniel Florencio O’Leary, primer edecán del Libertador.

Su gran pasión fue el estudio de Simón Bolívar. Se encargó en 1959 de la compilación del Tomo XII de las cartas del Libertador y, a partir de ese momento, sin reposo ni tregua, inicio una serie de publicaciones entre las que destacan la “Introducción” de Acotaciones bolivarianas. Decretos marginales de El libertador, La biblioteca del Libertador; Simón Bolivar. Síntesis biográfica, La formación intelectual de Simón Bolívar y un sinfín de títulos más.

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Juan David García Bacca es un personaje clave en la institucionalización de los estudios humanísticos y en especial de la filosofía en Venezuela. El solo hecho de que haya participado junto a Mariano Picón Salas en la fundación de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, de la que fuera decano entre 1958 y 1959, al mismo tiempo que fundador del Instituto de Filosofía de la misma universidad y su primer director hasta 1972, lo convierten en una figura clave en la institucionalización de los estudios filosóficos en Venezuela. Pero, aunque así lo parezca, no es precisamente la creación de instituciones su gran aporte al país, y en general, al pensamiento filosófico iberoamericano.

Llega a Venezuela en 1946. Para entonces ya ha hecho una carrera profesional en Barcelona y Santiago de Compostela, en donde gana un concurso de oposición que no podrá ejercer a causa del destierro al que lo somete la Guerra Civil. Así comienza un peregrinaje intelectual que le llevara, primero a Francia, luego a Ecuador, y más tarde a México, donde impartió clases en la UNAM. Es ese periplo productivo lo que lleva al también filósofo Benjamín Sánchez, su joven asistente en la traducción de las obras de Platón, en el título del ensayo que publicamos páginas adentro, a proponer que García Bacca es el creador de los estudios filosóficos en América Latina. García Bacca, como muy bien lo explica Benjamín Sánchez, fue a un tiempo filósofo, científico, historiador de la filosofía y, podríamos agregar, rara avis: un “nada humano me es ajeno”, que escribió desde su tesis doctoral sobre la estructura lógico-genética de las ciencias físicas hasta reflexiones sobre temas venezolanos como Simón Rodríguez, pensador para América o La doctrina de justa guerra contra los indios de Venezuela, pasando por sendas antologías sobre el pensamiento filosófico colombiano y el pensamiento filosófico venezolano.

Reconocido nacional e internacionalmente, miembro de decenas de asociaciones académicas internacionales, condecorado con diversas órdenes internacionales, una vez terminada la noche oscura del franquismo, recibió en España emocionantes homenajes, entre los que destacan el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Complutense de Madrid y el homenaje de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, de cuya plantilla docente fuera miembro de planta y primer doctor.

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A diferencia de todos los autores anteriores, Juan Nuño llega a Venezuela cuando aún no había realizado su formación universitaria. Luego de abandonar sus estudios en la Universidad Complutense y emigrar a Caracas, tiene la suerte de encontrarse, en la recién creada Facultad de Filosofía y Letras de la UCV, con quien sería su gran maestro, Juan David García Bacca, quien formaba parte del plantel docente de la novedosa institución. Nuño hace una carrera académica fulgurante. Egresado de la primera promoción de la nueva facultad, recibe una beca que le permite cursar estudios con Davir Pears en Cambridge, luego se instala en París donde realiza un posgrado bajo la dirección de Merleau-Ponty. Así comienza un largo trabajo académico, de investigación, docencia y escritura, quelo convierte en figura cimera de la filosofía en Venezuela e Iberoamérica. Integra el equipo docente del Instituto de Filosofía de la UCV, fundado y por entonces dirigido por García Bacca. En 1960 dirige el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia del Instituto; más tarde, en 1965, funda la cátedra de filosofía contemporánea y lógica matemática (1965), y ya retirado, instaura los primeros estudios de Postgrado en Filosofía de la UCV, con especialización en lógica, análisis del lenguaje y filosofía de la ciencia.

Paginas adentro, su hija Ana Nuño hace una reflexión profunda sobre los intereses filosóficos de su padre, especialmente sus rigurosos estudios de Platón, pero desde el título –“un filósofo con los pies en la tierra”– subraya la extremada pasión que tuvo Nuño, especialmente en los últimos años de su vida, en “aplicar las herramientas del análisis filosófico a fenómenos no filosóficos propiamente dichos”. Nuño, continúa Ana, recelaba del confinamiento de su disciplina en el recinto de la especialización académica, por eso, además de escribir sesudos libros sobre Sartre, Borges o Platón, se convierte, junto a José Ignacio Cabrujas y otros intelectuales del momento, en un prolífico columnista de prensa, hace crítica de cine y participa de cuanto debate ideológico importante ocurre en el país entre los años 1970 y 1980. Ha sido el filósofo más “popular” de todos los tiempos en Venezuela.

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Al igual que Nuño, Federico Riu tampoco había terminado su formación universitaria cuando llegó a Venezuela. Graduado de maestro de escuela en su Lérida natal, opta a los veinte años por el exilio. Se instala provisionalmente en Francia. Luego decide venir a Venezuela, en 1947 y, después de ejercer el magisterio en escuelas primarias de pequeñas poblaciones rurales, logra entrar en 1949 a la recién fundada Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Allí comienza otra historia. Se gradúa Summa cum laude. Es becado a Friburgo de Brisgovia, donde escucha a Heidegger, Eugene Flink y otras personalidades.

Regresa e inicia una carrera brillante como docente en la Escuela de Filosofía, en donde permanecerá por un cuarto de siglo y donde ejerció como director durante dos períodos. El Federico Riu que nos ofrece Fernando Rodríguez queda indisolublemente asociado al inicio de la filosofía en Venezuela. Si leemos entre líneas, Riu sería uno de sus primeros productos. Se refiere Rodríguez a una filosofía académica, especializada, que supera la obra ensayística “superficial y tosca, muy ocasional, algo así como una filosofía de aficionados”, que había reinado hasta entonces.

La obra de Riu habría que ubicarla en ese momento, que Rodriguez califica de auroral y primaveral, del inicio de los estudios humanísticos en Venezuela, cuando se comienza a gestar una cultura moderna y rigurosa capaz de darle orientaciones a la democracia naciente. Batalla primero con Husserl, Heidegger y Hartmann; luego se las ve con el marxismo, hasta que llega a Jean-Paul Sartre, sin duda alguna, el pensador que tuvo mayor influencia en su vida intelectual. Era un filósofo a tiempo completo. Sigue los debates en boga. Escribe sobre los usos y abusos del concepto de alienación, cuando este ha salido de los predios de la filosofía y ha entrado en el habla popular. Se enfrasca en el tema de la técnica y escribe Ensayos sobre la técnica. Y al final termina escribiendo sobre Ortega y Gasset. Su aporte, sólido, modesto en términos numéricos si lo comparamos con los autores anteriores, cierra un registro filosófico profundo que abre las puertas de la Venezuela contemporánea.

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“El interés y la permanente dedicación a la lengua, a la historia y a la cultura hispánicas fueron una elección de vida: la generosa tarea a la que dedicó más de sesenta años de investigación y docencia”. Con estas breves pero conmovedoras, por sencillas, palabras, Irma Chumaceiro sintetiza en su ensayo los rasgos decisivos de la vida profesional de Ángel Rosenblat. Rosenblat hizo de la lengua española su principal objeto de investigación, integró a Venezuela a los estudios hispánicos, creando los primeros centros de investigación lingüística en el país, entre ellos, el Instituto de Filología “Andrés Bello”, al que dedicó buena parte de su vida.

Sus esfuerzos científicos mayores los dedicó al conocimiento del español que se habla en nuestro país. De esa pasión quedaron como herencia el Diccionario de venezolanismos y el libro Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, la obra que le hizo conocido más allá del círculo de los especialistas. El Diccionario de venezolanismos, una obra ambiciosa que se propuso desde el mismo momento en que fundó el Instituto de Filología, fue un proyecto que no pudo concluir por razones de salud, pero que, conducido por su discípula María Josefina Tejera, vio luz en su primera edición en 1983. Buenas y malas palabras se publicó por primera vez en 1956, cuando Rosenblat decide reunir las columnas que publicaba en El Nacional –“Cuatro palabras” se llamaba su espacio– donde analizaba, de manera sencilla, voces características de nuestra lengua destacando, en cada caso, sus aspectos históricos, semánticos y sus usos regionales.

Su obra no se concentra solo en el castellano de Venezuela; dejó como legado una vasta producción sobre la lengua y cultura de América y sobre estudios literarios y gramaticales, entre los que se incluyen varios textos sobre Andrés Bello y Mariano Picón Salas. Fue un pionero. En sus años de docencia universitaria, en el Pedagógico de Caracas y en la UCV, formó una generación de investigadores del español de Venezuela, que continuaron desarrollando esta área de estudios.

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“El geógrafo con mayor enraizamiento en la memoria que las localidades requieren para mantener su identidad, su lugar en la región, la nación y en el mundo”. Con esta precisión, Antonio De Lisio, también geógrafo, define lo que, a su juicio y el de muchos otros especialistas, fue el aporte fundamental de Marco Aurelio Vila a Venezuela: el haberse dedicado durante los casi años que estuvo al frente de la Dirección de Geoeconomía de la Corporación Venezolana de Fomento (CVF) a producir monografías geográficas, regionales y de ciudades, que se constituyeron en una fuente de información y referencia para el estudio del poblamiento urbano del país. Vila es visto además como un pionero de la planificación regional en el país, la cual comienza a desarrollar con un libro visionario, Geografía y planificación, publicado en 1947. Solo 22 años después, destaca De Lisio, los venezolanos comenzaríamos a desarrollar las primeras políticas de regionalización territorial. Su vida política es tan apasionada como su vocación geográfica. Fundador en Cataluña de Esquerra republicana, participó como voluntario en la Guerra Civil, fue condenado a muerte y estuvo en los campos de concentración de Francia. Publica una vasta bibliografía en las que destacan obras curiosas, como Lo geográfico en Doña Bárbara.

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Para concluir, debo decir que este no es solo un libro sobre el agradecimiento y la gratitud. Leyendo los textos para hacer la introducción que ahora concluyo, he sido gratamente sorprendido por el sentimiento de cariño y admiración profunda que gravita como atmósfera afectiva en los ocho textos. Hay frases directas que así lo expresan. “Lo quise antes de conocerlo y lo ame después”, confiesa Francisco Javier Pérez sobre Pedro Grases. “Quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo y trabajar con él, contamos siempre con un interesado, generoso y afable interlocutor” dice Inés Quintero de Pérez Vila. “A don Manuel García Pelayo, maestro, en reconocimiento a lo que tanto hizo en bien de mi formación intelectual”, recuerda Combellas que fue la dedicatoria de su libro La democratización de la democracia. Por su parte, Benjamín Sánchez, a propósito de García Bacca, cuenta: “aprendí no solo a admirar y respetar al maestro, sino a comprender que estaba ante un verdadero sabio”. El mismo entusiasmo lo exhibe Fernando Rodriguez: “…Federico (Riu) quiso de verdad al país, se lo metió en el alma, y en las noches de fiesta –¡Federico podía ser una fiesta!– era capaz de cantar interminablemente añejas y nuevas canciones vernáculas”. Y Antonio De Lisio abre su ensayo sobre Vila diciendo que era un “Maestro que nos enseña con su vida, un excelente ejemplo de combate tanto por la independencia, la libertad y la justicia social, como por su geografía”. Ocho maestros, ocho discípulos.