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El saber generoso: ocho maestros, ocho discípulos. Parte 1

Tulio Hernández | Foto: Gabriel Osorio

Tulio Hernández | Foto: Gabriel Osorio

Papel Literario ofrece hoy a sus lectores, la primera parte del magnífico ensayo introductorio que Tulio Hernández escribió a un libro fundamental: “Humanistas españoles en Venezuela”, publicado por la Embajada de España en nuestro país. Para facilitar la lectura de este texto imprescindible, lo hemos dividimos en dos partes. La parte 2 se publicará el próximo domingo 25 de octubre

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El libro que presentamos a continuación tiene como trasfondo la gratitud y la generosidad. En doble vía. Habla, de una parte, del agradecimiento que sentimos muchos venezolanos por el gran aporte que, en el campo de la creación intelectual, la vida académica y el desarrollo cultural, hicieran con gran generosidad muchos de los españoles que emigraron hacia nuestro país entre las décadas de los cuarenta y cincuenta del Siglo XX, huyendo, en su mayoría, de las adversidades de la Guerra Civil iniciada en 1936.

Y de la otra, del agradecimiento inverso. El que manifestaron a lo largo de su vida, con su obra, su compromiso intelectual y su generosidad y entrega con el país, decenas de académicos, científicos, empresarios, comerciantes y trabajadores que vinieron a Venezuela y se integraron y reforzaron el proceso de modernización iniciado, según Mariano Picón Salas, a raíz de la muerte de Juan Vicente Gómez, casualmente ocurrida también en 1936.

Venezuela, paradójicamente convertida hoy en país de emigrantes, fue junto a Argentina y Brasil uno de los países latinoamericanos que recibió, primero, un número elevados de inmigrantes europeos y árabes. Más tarde haría lo mismo con oleadas de colombianos, peruanos, ecuatorianos y, durante el tiempo de las crueles dictaduras militares de los años setenta y ochenta, con chilenos, uruguayos y argentinos.

La bonanza petrolera, el intenso proceso de desarrollo y apertura económica de los años cuarenta y cincuenta, la buena disposición de la gente común hacia los extranjeros, las facilidades que daban los gobiernos para el ingreso al país, y, en el caso de los sureños, la estabilidad democrática que se había conquistado a partir de 1958 y la vigencia de la doctrina Betancourt de oponerse tanto a los gobiernos dictatoriales de derecha como a los totalitarismos comunistas y apoyar las luchas en su contra, hacían de Venezuela un poderosos foco de atracción.

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Para hacernos una idea del peso cuantitativo de estas migraciones baste resaltar que, según los datos aportado por Juan José Martín en su libro Forja y crisol: la Universidad Central de Venezuela y los exiliados de la guerra civil española, la inmigración a Venezuela, que en 1946 representaba 6,7% del total de la emigración española a América Latina, sube a 15,08% en 1950 y arriba a un máximo de 52,5% en 1957.

Relata Martín: “En 1946 son apenas 300 los inmigrantes españoles (…) en 1951 serán 10.000, en 1954 más de 20.000 para alcanzar en 1957 la cifra máxima de 30.000. La colonia española que para 1936 representaba 12% del total de extranjeros crecerá hasta llegar en 1958 a 31%”. Años después, en el Censo Nacional de 1971, se evidencia un total de 596.455 personas nacidas en el exterior, lo que significaba 5.6 % de la población total. De estos, 149.747 provenían de España, 88.249 de Italia, 60.430 de Portugal y 209.320 de América Latina, entre ellos, 180.144 colombianos. En el censo de 1981, la población nacida en el exterior aumenta a 1.074.629 personas, 7.4 % de la población total, de los cuales 144.505 provenían de España, 80.002 de Italia, 93.029 de Portugal y 627.686 de América Latina (508.166 de Colombia).

Es evidente que la migración española a Venezuela fue siempre la más numerosa entre las europeas. Como muy bien razona María de los Ángeles Sallé Alonso en su libro La emigración española en América: historias y lecciones para el futuro, publicado en 2009, los españoles tienen una fuerte tradición migratoria y es muy difícil imaginar a la España de hoy sin esa larga cadena de “éxito y sufrimiento”, dice Sallé, dejada tras de sí por millones de españoles que salieron del país a emprender nuevas vidas y buscar un porvenir mejor huyendo del hambre, la falta de oportunidades o la injusticia política. Lo mismo podríamos decir a la inversa: no se puede comprender plenamente la Venezuela de hoy si no se valora el impacto y el aporte cultural de las diferentes migraciones, especialmente la española, que nos acompañaron en el preciso momento que el país dejaba de ser rural y entraba en la vida urbana.

Muchos de los hábitos alimentarios urbanos, las tradiciones gastronómicas –Venezuela es impensable sin hallaca, pero también sin paella–, los estilos arquitectónicos de grandes zonas de nuestras ciudades –el sello vasco en la arquitectura de Las Mercedes, en Caracas, por ejemplo–; el inicio de muchas industrias y comercios antes inexistentes en el país, por solo citar algunos ejemplos, son el resultado de la influencia de vascos, catalanes, asturianos, pero, sobre todo, de canarios y gallegos que por millares nos acompañan desde entonces.

La más intensa emigración “forzosa” en España se produjo, efectivamente, durante y después de la Guerra Civil (1936-1939), pero los movimientos migratorios continuaron con oscilaciones hasta 1975, cuando se restableció la democracia luego de la muerte de Franco. Galicia fue la región con mayor protagonismo con casi 46% del total de emigrantes, siguiéndole en segundo término Canarias, otra región histórica en el éxodo hacia América en el Siglo XX. Entre 1946 y 1958 Argentina continuó siendo el destino principal. Cuatro de cada diez emigrantes españoles se dirigían a este país. Venezuela fue el segundo lugar de destino en esta etapa. En tercer lugar, Brasil recogió una parte significativa de la corriente migratoria, debido al desarrollo industrial propiciado por la óptima coyuntura internacional en el mercado del café.

Como dato representativo Sallé Alonso recuerda:

“…en noviembre de 1948, en los puertos venezolanos se encontraban veinte barcos, atestados de emigrantes canarios a la espera de una decisión favorable por parte de las autoridades de aquel país. Durante los mismos días de diciembre de 1949 se contabilizaron veintitrés. Uno de los episodios más conocidos se produjo en agosto de 1950, sus protagonistas fueron 170 hombres y una mujer, que salieron desde La Gomera rumbo a La Guaira a bordo del ‘Telémaco’, motovelero con una capacidad máxima de 25 pasajeros, es decir siete veces por encima de su capacidad”.

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En menos de una década, la geografía humana de Venezuela cambio plenamente. Nuevas hablas se escuchaban. Madeirenses, italianos, libaneses, turcos y sirios que apenas si lograban mascullar el español. Y unos nuevos nacionales que hablaban nuestra misma lengua la cual, a oído de los locales, resultaba por lo menos curiosa. Por la lengua común eran los más cercanos entre todos los inmigrantes. Artesanos, industriales, comerciantes, agricultores, ebanistas, sastres, bodegueros, sacerdotes, profesores de primaria y secundaria fueron convirtiéndose en parte importante de nuestra cotidianidad.

Y entre esa diversidad de grupos, orígenes regionales y oficios, brilló con luz propia y radiante un grupo de humanistas que fueron decisivos en el proceso de modernización de nuestras universidades, archivos, bibliotecas y, en general, en las maneras de estudiar y comprender un país y una nación que recién comenzaba a convertirse, con propiedad, en un Estado-nación, y, siguiendo las conceptualizaciones de Darcy Ribeiro, en una etnia nacional.

A comprender su aporte, ya no en términos individuales, sino como movimiento, tendencia o confluencia, está dedicado este libro. En medio de la edición 2014 del Festival de la Lectura que organiza anualmente la Alcaldía de Chacao, conversando con Moisés Morera, el agregado cultural de la Embajada de España, le expliqué mi hipótesis. Todos estos hombres –le dije a Morera– han sido celebrados, reconocidos, homenajeados como individuos, pero poco se ha dicho de ellos como colectivo, poco se ha dicho sobre el aporte intelectual de la migración humanista española a Venezuela. Morera se entusiasmó y así comenzó este libro.

Nos queda claro que el aporte cultural y científico de la migración española es mucho más amplio y diverso que lo que este libro recoge. Por ejemplo, el artista que más ha pintado el Ávila, nuestro tótem caraqueño, es un español: Manuel Cabré. Otro catalán, Augusto Pi Sunyer, fue decisivo en la modernización de nuestro sistema de salud. El barcelonés Domingo Casanovas y el mallorquín Barto13 lomé Oliver ejercieron de decanos de la joven Facultad de Filosofía, respectivamente, en 1947-50 y 1950-51. Podríamos mencionar también al padre Luis María Olaso, creador de la cátedra de derechos humanos de la UCAB, a los notables juristas Joaquín Sánchez Cobisa, José Sánchez Trincado y Juan Chabás, a Santiago Mariños a quien se le debe las primeras ideas que llevarían a la creación de la Escuela de Artes de la UCV, a Segundo Serrano Poncela y Manuel Granell, autores de importantes libros de Literatura y Filosofía respectivamente.

Así que decidimos centrarnos en un grupo de intelectuales dedicados a carreras humanísticas, que llegaron a Venezuela, algunos de ellos muy jóvenes, otros ya formados profesionalmente, e hicieron de nuestro país el suyo propio: se dedicaron a estudiarlo y conocerlo a fondo, con pasión desmedida en casi todos los casos. Además, muchos de ellos tuvieron el tiempo y la dedicación para crear instituciones claves en nuestra consolidación como república.

Aunque no son los únicos, y estamos absolutamente conscientes de que hemos dejado fuera otras figuras importantes, el libro está integrado por reflexiones sobre ochos autores: el politólogo Manuel García Pelayo; los historiadores Pedro Grases y Manuel Pérez Vila, los filósofos Juan David García Bacca, Juan Nuño y Federico Riu, y; el geógrafo Marco Aurelio Vila. Hemos incluido también, tal vez con cierta arbitrariedad, pero sustentada en hechos razonables, a otro inmigrante, Ángel Rosenblat, que, aunque no es oriundo de España, se dedicó al estudio de una de las grandes herencias hispánicas en el Nuevo Continente, la lengua castellana, y además tuvo una fuerte vinculación con España, donde vivió en los difíciles años previos a la guerra (entre 1933 y 1937) con la determinante influencia de sus maestros: los grandes hispanistas Amado Alonso y Ramón Menéndez Pidal.

Para reflexionar sobre sus vidas y obra hemos invitado a un grupo de autores venezolanos que fueron directamente sus discípulos en las aulas universitarias, cooperando con ellos en su trabajo académico o que han sido seguidores de su aporte y producción intelectual. García Pelayo ha sido trabajado por el también politólogo Ricardo Combellas. García Bacca y Federico Riú por los filósofos Benjamín Sánchez y Fernando Rodríguez, respectivamente. Pedro Grases por el lingüista y miembro de la Academia de la lengua Francisco Javier Pérez. Pérez Vila, por la historiadora y miembro de número de la Academia de la Historia Inés Quintero, y Marco Aurelio Vila, por el geógrafo y ex director del Centro de Estudios del Ambiente de la UCV, Antonio De Lisio. Ángel Rosenblat estuvo en manos de la profesora Irma Chumaceiro.

Ahora que he terminado de leerme detalladamente en su conjunto todos y cada uno de los textos, puedo asegurarle al lector que tenemos a mano una obra a la vez hermosa y rigurosa que habla de un grupo de hombres, de maestros, que tienen en común el amor por el conocimiento, una descomunal capacidad de trabajo, unas intensas convicciones democráticas y una gran apertura hacia el pluralismo, el debate crítico y la polémica valientes, que encuentran en Nuño su más excelso cultor.

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¿Qué tienen en común todos estos hombres? Primero que emigraron de España ahuyentados por persecuciones políticas, o, como dice Ana Nuño en el texto sobre su padre, por la mediocridad intelectual reinante en el país. Segundo, que todos decidieron radicarse en Venezuela, con la excepción de García-Pelayo se nacionalizaron y solo recuperaron su nacionalidad española una vez que murió Franco. Tercero, que eran unos intelectuales rigurosos e incansables que se integraron a la dinámica intelectual del país con un peso decisivo y, además de un prolífico trabajo de su autoría personal, muchos de ellos fueron creadores de importantes instituciones, o autores de obras decisivas que renovaron el mundo académico e intelectual no solo de Venezuela sino en América Latina. García Pelayo, el último que llega, en 1958, año crucial para la construcción de la democracia, es el pionero en la profesionalización de los estudios políticos. Crea, primero, el Instituto de Estudios Políticos (IEP), uno de los primeros en su género en América Latina, en la Facultad de Derecho de la UCV. Bajo su responsabilidad se creó también, en 1971, el Doctorado en Ciencias Políticas, y más tarde, la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos, que consolidaría definitivamente los estudios políticos modernos en Venezuela como disciplina académica.

El García-Pelayo que nos dibuja Ricardo Combellas, desde el testimonio vivo y cercano de quien fue su discípulo en la Universidad Central de Venezuela, es un académico a tiempo completo. Ya era una autoridad en su campo cuando arribó a Venezuela. Había publicado en 1950 una de sus obras fundamentales, Derecho comparado, hecho que lo convertía en figura ideal para dirigir el IEP.