• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

¡A la rusa!

Nota: Con toda sencillez me han pedido que escriba sobre María Fernanda Palacios. Con toda insolencia he aceptado –ante tamaña gratitud, los decibeles de la prudencia resultan inaudibles–. Sirvan quizá estas palabras, con un poco de suerte, para amortizar un mínimo porcentaje de mi eterna “deuda de amor” con ella

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A decir verdad ¡nadie sabe el número exacto de Marías Fernandas Palacios que se encuentran, arracimadas, en su sola humanidad! Tarea inútil, todos los censos difieren. Podemos decir que  existen dos tipos de cálculos, el de quienes la entrañamos (cuya suma varía: decenas, centenas, miles); el de quienes la borran (cuya resta es invariable: una, que ocupa, justo, la medida de sus propias sombras). Estoy segura de que el primer grupo existe y es inmenso, formo parte de él. Del segundo se ignora todo.

En esta ocasión, entre todas las “MFP” habidas y por haber, me tocó en suerte: “¡La rusa!”. ¡Horror, precipitar el bosque en un solo árbol, el abedul! ¡Incalculable el esfuerzo físico y la faena que me supuso aislar, en exclusiva, el virus asiático, sin dejarme arrastrar por la fuerza centrípeta de toda su constelación!

 

II

Los rusos de “la rusa”, siempre estuvieron en su vida. Me consta que hizo arriesgadas expediciones a la Zona cuando el único mapa existente de Rus indicaba HIC SUNT URSIS (“Aquí están los osos”). De esa primera época es poco lo que yo sé y mucho lo que atesoran otros discípulos. Sobran así mis comentarios.

De lo que sí supe a ciencia cierta, a corazón abierto (nullíus in verba) fue del Segundo Advenimiento:

Estábamos en el único rito oscuro de Carnaval que consumía a  Caracas, es decir, en Semana Santa. En esas fechas Dioniso tutelaba el ritmo cardíaco de la ciudad. Cada dos años teníamos mucho más que Pan y circo, ¡teníamos El Festival de Teatro Internacional! Eran épocas de lujo, como tenía que ser: derroche, voluptuosidad, avidez y sacrificio. Todo esto en la modesta medida de nuestra ensanchada Babel.

Y así fue que –a finales de los ochenta–  se hizo el milagro sobre las tablas: Crimen y castigo –¿De Fiodor Dostoievsky o de Andrjzej Wajda?–  una epifanía (demorada y pasionaria) condensada en 3 horas, rezada en  polaco  –como un soberbio, burlesco bofetón de Bajtin.

María Fernanda Palacios vio la obra por su cuenta y riesgo, yo por el mío. Asistimos a todas las funciones. Tocadas, embelesadas, corrompidas, enfermas –como quedábamos– a la salida del teatro, no podíamos cruzar más palabra que un abrazo.

 

III

Sé que fue allí cuando MFP recuperó su instinto  isabelino; cuando renovó sus votos ortodoxos y ofició la homilía de los santos bufones; cuando la soga de una marta cibelina se le enroscó al cuello; cuando mudó apellido por patronímico; cuando la tesitura de esos dos puntos de fuga que son sus ojos negros, se volvió escucha del registro de bajos barítonos. Fue allí  y entonces, cuando su segundo ciclo dostoievskiano cobró –su– vida. Su conversión no ha supuesto renunciamiento alguno a otras latitudes de la letra, pero sabe que ni Israel ni Ítaca  son las únicas tierras prometidas, lo es quizá, y sobre todo, aquella que acumuló Pedro El Grande. Esa que no existe porque se asentó sobre aguas movedizas y acabó cuando El Jinete de Bronce –el hijo de Dios hecho carne– fue de nuevo arrastrado por el diluvio. Desde entonces “La rusa” dedica su vida a la recuperación lenta, absorbente, de esa ignota certeza. Desde entonces hace lo que todos los nacidos bajo el signo de Pushkin: cobrar su herencia –y en su caso, destilarla y repartirla clase por clase, alumno por alumno.

 

Excursus

            Evidencias geológicas. Como todos sabemos hace 25 millones de años en            Siberia comenzó el Apocalipsis que acabaría con la Era Pérmica. Esta María     Fernanda Palacios es un raro souvenir de la luna surgida en el esplendor de esa            violencia.

 

IV

Nos topamos de nuevo en los pasillos de letras. María Fernanda me comentó de pasada (como si no fuese con ella ni conmigo): “Siendo Dostoievsky heredero de Shakespeare, teatral hasta la médula, Wajda escenifica lo más árido, ¡las ideas!”

Para entonces, comenzaba el trimestre. Ella tenía un curso De-no-me-preguntes-qué  y más de 20 alumnos inscritos; ya en el aula,  se plantó y nos dijo, sin que le temblara el pulso o la voz: “Hay  un cambio en el programa (punto) El tema inicial queda cancelado (punto) Vamos a leer Crimen y Castigo de Dostoievsky (coma) irremisiblemente (punto y final)

Su absoluta persuasión no dio pie a reparo alguno. ¿Qué clase de argumento era ese? ¡Nadie chistó! Creo que el anzuelo estaba en la palabra “irremisiblemente”. ¿Cuál de los más de 20 presentes podía rehuir el desconcierto y resistirse a tan inesperado adverbio? Una estrategia segura, María Fernanda no solo garantizaba el consenso unánime sino que nos bautizaba en las oscuras, misteriosas recurrencias de los personajes de Dostoievsky, y es que estos, a menudo, sufren poderosas urgencias –les vale lo mismo si es para tomar un té, cometer un asesinato o enviar una carta–  la prueba de su emergencia se encabeza, se intercala o se firma con esa palabra, “Irremisiblemente”.

Excursus

            Nadie puede cambiar un programa de la noche a la   

            mañana, nadie que no sea ella. Esa vez hizo más,

            cambió la mañana por la noche, sin programa, sin  

            permiso de Dios. Agradezco, vivo de las mortales      

            consecuencias de ese fallo.

 

V

Ese día nació la cofradía. Durante más de dos años seguidos solo se leyó la palabra de Dostoievsky, ininterrumpida, devoradora, eclesiástica.

 

La primera parada fue en Rodión Raskólnikov –y la venerable arshina que lo sostiene: Sonia Marmeladov. Entrábamos de a poco en un hombre de bruces.

Un ser (o no ser) que imagina en la misma balanza el peso de Napoleón y la levedad de un piojo, pone en peligro la incierta armonía del Universo. Un libro que solo dedica tres líneas a la  sangre y  cientos de páginas  a su horror, es un Tratado del Bien. Baste con eso para  que ambas criaturas –héroe y libro– merezcan mucha más atención que cualquier Guerra y paz. 

Según MFP, ya en el primer disparatado parlamento de Raskólnikov, había motivos para la demora, pues Dostoievsky  “cuela” esta joya: “…Es curioso: ¿a qué le teme mas la gente? Al primer caso, a la primera palabra es a lo que más le teme…”  ¡y era cierto! con esa “primera palabra” ¡tan temida! nuestro héroe se estaba jugando la última, la del ocaso, la palabra viva del epílogo. Ese puente entre la una y la otra  es lo que forja alma. Que en nuestro mito de creación el verbo haya sido primero, es nada comparado con el tiempo que nos exige su hacerse carne.

 

VI

Me bañó esa crecida, me crié en esa templanza. Me contaron que, después, la lista fue creciendo, rastreando otras honduras esteparias. Vinieron Pushkin, Chéjov, Ajmátova, Blok y muchos otros. Yo tenía varias piedras de la única Piedra que escribió Mandelshtan, no había manera: ninguna de las versiones me decía nada; no había tres palabras juntas que pudiese salvar ni un verso que pudiese salvarme. Regresé una tarde al seminario de María Fernanda Palacios. Sepan que el único Osip Mandelshtan que vale nuestra pena está en español y se lo debemos a su rigurosa traducción, a sus divinas, exactas apostasías. Sus vueltas de tuerca recuperan el tesoro intacto. He hablado con nativos rusos, expertos en la materia, esos que hablan un español mucho mejor que el mío, les he mostrado su cuidadoso trabajo y es posible que por primera vez leyeran a sus poetas. Lo sé porque, han tragado grueso  y me lo han agradecido (y un ruso nunca agradece la blasfemia: la traducción de los suyos, la considera de antemano una absurda, inútil,  intromisión).

 

VII

Lo que le pasó a MFP con los rusos pasaba y pasa en cada una de sus clases ¡un prodigio! Si ella es una “endemoniada” no lo es por Dostoievsky o no solo por él. No puede, no sabe pasar por un tema, los temas pasan por ella, en ella, incendiarios, deslumbrantes, concentrados. Hablo de tecnología de punta –afiladísima, ¡siglo X!,– María Fernanda es el último alambique atribuido a su creador, el persa Al-Raz (¡Al-Raz! elocuente, bello nombre para quien nos legó la voluntad de una flor).

María Fernanda, en clase, es un envión, no tengo otra palabra, la fuerza y el nervio de su voz provienen sin duda de un fiero y previo combate con cada porción de la belleza que le es dada, en cada frase quedan las marcas de un duro, mutuo, interrogatorio. Nunca he escuchado a un poeta que pueda sostener su métrica durante tanto tiempo como ella –sus más certeros versos no han sido publicados, ocurren en el transcurso de su voz, los martes y los jueves en un salón de la Escuela de Letras. Yámbica mientras se mece, de cuerpo entero, es decir: de palabra. Se mece y lo último que hace es arrullarte. Sus manos son otra arenga y la comprobación de que los ritos Vedas de una Apsara articulan sevillanas: de allí que el paso “cojo-una-manzana-me-la-como-y-la-tiro” esté sujeto a sus muñecas –que solo saben de danzas geométricas y camboyanas. Mi letra –Palmer– entró en su tinta con esa sangre. A los cinco años calcaba esta plana que enmendaría mi destino: “las manos de mamá son como dos palomas”.

 

VIII

“Escriban sobre su experiencia de lectura

como quien exprime el jugo de una fruta”

María Fernanda Palacios

 

“Hay que ser verdaderamente cruel con

 la novela de Dostoievsky. Escoger un fragmento y

representarlo en su totalidad, solo así aparece

 el verdadero Dostoievski en el escenario”

Andrjzej Wajda

 

Estas dos citas no están estrechamente ligadas, ¡son idénticas! Atienden a la belleza del mismo modo, solo piden lo que cabe en la palma de la mano: una naranja, un párrafo, eso será suficiente para ambos maestros –eso será demasiado para un alumno. En el caso de MFP se trata literalmente de un trabajo manual, se trata de tratar y no de hacer tratados y no a gran escala, una fruta y un fragmento de Dostoievsky nos vinculan a nosotros con nosotros porque mal que bien ocupan una medida humana. Wajda se propuso ser cruel con Dostoievsky, María Fernanda lo es, de facto, consigo misma, con los alumnos, con los libros.

Hablo con absoluto conocimiento de causa. Hablo por mí.

El primer día de clase te engatusa. Hace entrega  del material complementario: un puñado de hojas, impresas bajo un orden, diseño y  buen gusto pasmosos; incluye sus propios apuntes llenos de citas y traducciones -santas escrituras. La pasión allí expuesta se agazapa bajo un riguroso cálculo: nada falta ni sobra. Este material de apoyo parece tierra firme, confiable y pródiga para tus andaduras ¡Es un alivio, una moratoria mullida que te acerca al libro lo mismo que te aleja!

No has terminado de hojear ese mapa, cuando ya María Fernanda Palacios se lanza, como una ola, sencilla, abrumadora, abiertamente a hablar desde lo hondo. Entonces ya lo sabes, te ha dado tierra firme solo para que su solidez se resquebraje, para que la lectura sea una falla poderosa que te permita gravitar al fondo de una sola frase de Dostoievsky.

Sabe que leer es codiciar el bien propio, hacer fiesta con la rapiña, ganar indulgencias con escapulario ajeno. Leer es pasaje al castillo de irás ¡y volverás!

Su entrega no es tan altruista como parece. Detrás de su generosa lectura, de su aluvión de buenas nuevas hay un desafío, un contrato escrito solo con letras pequeñas. Quiere que el discípulo arriesgue su vida y lea solo y sólo para enterarse de un par de cosas esenciales que había olvidado de sí mismo.

Fui una buena alumna hasta donde una criatura altanera y cruda puede serlo.  Durante mucho tiempo caté manjares; puse algún tordo de mi caza a sus pies; me atiborré de sus magníficos bocados, pero la cabra y el monte son uno: entonces, por instantes supe ser su enemiga a costa de trampas y efectos especiales. Nunca intentó agarrarme por los cuernos, se contentaba con darme tres vueltas. A pesar de mí, me enseñó a llegar a mí. Sea mi gratitud tan infinita como su paciencia. ¿Cuántos pueden jactarse de una derrota como la mía? una que todavía esté vigente, forjándome en el arte de la reverencia –por la langua.

Con ella aprendí a leer. Dios mediante, porque si no hay un dios entre el libro y tú difícil es el acontecer, que solo se da por la gracia de esta trinidad. Una pura ganancia en la pérdida, si no sabemos de nosotros mientras leemos ¡albricias, nos habremos encontrado!

 

IX

Una pena que los rusos tengan que leer a Dostoievsky sin María Fernanda Palacios de intérprete,¡leerlo apenas en su propia lengua! ¡Sin su lengua! Sin escuchar desde ese atril equívoco y nocturno la caída de todos los caídos de este mundo.

 

X

MFP tiene la mala costumbre de palpar libros y leer estudiantes, por eso sabe hasta dónde apretar las clavijas de ambos instrumentos.

Con todo lo dicho, no ha hecho escuela, ¿para qué? Ella es la Escuela de Letras.

 

Excursus

            Vine a Moscú porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Fiodor      Dostoievsky. Mi madre lo negó. Igual yo la amenacé con venir a verlo, le       apreté sus manos en señal de que lo haría, muy a pesar de su serena             prohibición. Era una despedida, un reto. Sí, también por eso le apreté sus manos, sin saber que quien iba para morir era yo.