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El rostro de Bolívar

El nuevo rostro de Simon Bolivar

El nuevo rostro de Simon Bolivar

Ninguna máquina, ni siquiera las reconstrucciones fotográficas pueden revivir la profundidad significativa de las expresiones, de la luz viva que exhala de una mirada

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Ni toda la ciencia empleada, ni las tecnologías de punta, ni los 300 píxeles por pulgada, ni los análisis morfométricos y antropológicos del cráneo, ni los parámetros antrogénicos, ni la reconstrucción iconográfica, ni la famosa y única radióloga imaginóloga del país, ni la reconstrucción 3D, ni ninguna otra reconstrucción fundamentada en las más sofisticadas ingeniosidades científicas pueden mostrar lo que es más importante de un retrato: la mirada.

Ninguna máquina, ni siquiera las reconstrucciones fotográficas pueden revivir la profundidad significativa de las expresiones, de la luz viva que exhala de una mirada. La toma de un ser vivo frente al objetivo de la cámara puede acercarse a ello, siempre y cuando el fotógrafo sea un artista que no se limite a retratar la cara sino que busque lo más hondo de él. 

Algunos de los retratos de Bolívar (escasos) fueron hechos por artistas que supieron captar la profunda viveza y el brillo de su mirada. El artista tiene una sensibilidad y un talento con los cuales puede interpretar, sentir, percibir, avistar y emocionar, es decir, facultades que no pertenecen a la imaginología constructiva. 

Cito un ejemplo: la mirada del Bolívar de José Gil de Castro, si la comparamos con la del Bolívar antropométrico, imaginólogo y asomado, evidencia de inmediato la viveza y agudeza penetrante de sus ojos negros. 

La mirada del reconstruido es apagada, vacía, trasnochada e inexpresiva. Mira a la nada. 

Puede ser el retrato de un anónimo, de una persona cualquiera, de un actor de novelas, un empleado, un motorizado o, como es de moda decirlo hoy, un "venezolano de a pie". 

A lo mejor el equivocado soy yo porque es posible que esta haya sido la verdadera intención de la metamorfosis. Un Bolívar semejante a un ciudadano cualquiera, sin aureolas y sin mitos. Además, para que encaje mejor en el ambiente se le añadió un poco de color con el fin de hacerlo más afrodescendiente y menos eurodescendiente. En ningún caso, a pesar de todos los artilugios, es el retrato "real" del Libertador. 

Durante muchos años he tenido el placer de contar con la amistad de Alfredo Boulton y fueron incontables las conversaciones que con él sostuve sobre Arquitectura, pintura y retratos de Bolívar. Seguramente fue Boulton el más apasionado investigador de la iconografía bolivariana. Recuerdo la importancia que siempre le asignó al perfil de Bolívar hecho el 15 de febrero de 1828, en Bogotá, por François Désirée Roulin y que luego inspiró la efigie de Bolívar en las monedas de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela (desde 1831 hasta hoy). ¡A lo largo de 181 años! Sin embargo, no es sólo por este hecho que el historiador le asignara valor preponderante, sino por ser un apunte tomado "en vivo" y por la fidelidad del semblante del héroe en sus 45 años de vida. 

Dos años antes de su muerte. 
El perfil de Bolívar, además de inspirar la efigie de las monedas, también fue aprovechado por Tenerani en su famosa estatua del héroe. El dibujante y médico francés nunca imaginó que su croquis, seguramente realizado en pocos minutos, llegaría a tener tanta influencia. 

Si el Bolívar "real" se pone de perfil, nada tiene que ver con lo que sí vio el francés Roulin. 

El "real" tiene una papada y un mentón que no aparecen en ninguna figuración anterior. Es la primera imagen del rostro en evidenciar que el espacio entre mentón y nariz es más alongado que el espacio entre la nariz y el entrecejo. Todas las imágenes ahora consideradas "inventadas" exhiben una nariz larga, afilada y algo aguileña. El espacio entre las cejas y la punta de la nariz es el más alongado. La nariz del recién llegado es carnosa y no afilada como siempre hemos visto a lo largo de casi dos siglos. Son cambios novedosos pero no persuasivos, y a pesar de haberse pregonado la perfección de la ciencia de punta utilizada tengo mis sólidas dudas sobre la exactitud del "rostro real". 

La imagen de un rostro perdura para siempre cuando es creada por la propia sociedad, que la sigue aceptando y respetando. La imagen de Jesús tiene dos mil años arraigada en el imaginario colectivo. La comunidad cristiana la creó y cuando la ciencia respaldada por una técnica digital de punta quiso reconstruir su rostro engendró la cara de un gordo barbudo con expresión de borracho o demente. ¡Un triunfo científico! Tuve la oportunidad de asistir en calidad de invitado por el Getty Center for the History of Art and the Humanities de Santa Mónica, California, a una conferencia sobre reconstrucciones arqueológicas (Partenón de Atenas) y reconstrucciones de imágenes (Tutankamón) y al concluir la exposición de los tres científicos hubo una sección de preguntas abierta a los asistentes. 

La mayoría preguntó sobre el nivel de exactitud fisonómica que pueden alcanzar los procedimientos técnicos. Uno de los tres conferencistas explicó la gran ayuda que en estos casos proporciona todo lo correlacionado con las características del cráneo para determinar las formas básicas del rostro, pero que las partes que desaparecen en el tiempo de los siglos no dejan certeza absoluta de su conformación. Entre ellas mencionó los labios, la parte protuberante de la nariz, las orejas, los ojos y naturalmente la mirada. Son partes del rostro que no tienen permanencia y, en consecuencia, es imposible asignarles una categoría de certeza absoluta. 
Las hipótesis reconstructivas, para estos casos, deben acudir a otras fuentes de auxilio como parentescos, grupos étnicos relacionados, similitudes antropológicas y una cantidad de datos de la más amplia diversidad. Como ejemplo señaló la forma de trabajar de la sección criminalística de la policía de Los Ángeles, la cual "para agilizar la identificación del cadáver de una persona desconocida" aplica la misma técnica anexándole más de una versión reconstructiva del rostro con el fin de facilitar el reconocimiento. 

El rostro de Bolívar considerado "real" no lo puede ser por decreto, ni basado en ello obligar a que la nueva imagen sea colocada en las oficinas públicas. Las tecnologías digitales han avanzado mucho, pero no han llegado al punto de reglamentar los sentimientos que el humano atesora en su ser. 
François Désirée Roulin no perteneció a ninguna burguesía malvada que se prestó para transformar a muchos de nuestros héroes. No dibujó al "Bolívar ese" sino al Libertador real, y por ello el nuevo asomado no tendrá larga vida. 

En Corea del Norte es obligatorio llorar "so pena de cárcel" cuando muere el jefe. Aquí es obligatorio aplaudir y aceptar que el rostro "ese" es el verdadero. Ni las lágrimas ni los aplausos artificiales lograrán cambiar la realidad "real" que atesora los sentimientos de los venezolanos.