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Entre el "riquimbili" y el anillito de lata ¡a tirar bien!

Raúl Rivero |Foto: Archivo

Raúl Rivero |Foto: Archivo

Las actuales reformas del Gobierno cubano parecen orientar el país hacia la experiencia ya vivida de un mercado deshumanizado y rupestre, muy bien caracterizado en el poema "La canción de los perdedores", de Raúl Rivero; las grandes aspiraciones --democracia, derechos humanos y otras-- están excluidas de la agenda nacional

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En la abundante bibliografía que a diario aparece sobre Cuba —y crece con celeridad impresionante-hay un porcentaje muy elevado de artículos y libros (y hasta de guías turísticas) que son verdaderos monumentos al disparate.

Sin embargo, lo que volúmenes de muchos folios no logran transmitir me lo ha revelado con encanto literario un texto breve sin aspiraciones ensayísticas: "La canción de los perdedores" (1996, ca.), de Raúl Rivero, poeta y periodista cubano que el Gobierno intentó silenciar apresándolo (recuerdo, de paso, que la fiscalía entre otras imputaciones lo acusó de poseer "un radio de onda corta", aparato que se mostró, triunfalmente, como "evidencia"). Rivero, que actualmente vive en el exilio, goza de notoriedad internacional. Los cuerpos "de inteligencia" de su patria pusieron su granito de arena.

La poesía puede reflejar la realidad y, en ocasiones, la augura. "La canción de los perdedores" tiene esos dos méritos: reseña el agónico estertor de un proceso político cuyas postrimerías encarnan desembozadamente su negación y, a la vez, prefigura un no menos aciago futuro bajo el reinado de los Castro. Las herramientas estilísticas de la composición son el ritmo sostenido, la aprehensión sintética del objeto y el magistral uso de coloquialismos; sus giros de raigambre popular conmueven porque nacen del dolor. Pocas veces el prosaísmo poético alcanza tal hondura y autenticidad.

El más largo camino
El pasado puede repetirse como calamidad mayor, parece ser la aciaga advertencia de "La canción de los perdedores". Y el pasado que tan bien reproduce el poema es ese estatus de la decadencia que eufemísticamente llamaron "Período especial en tiempos de paz", etapa en que, a partir de la caída del imperialismo soviético, el Gobierno cubano, aislado (por su métodos represivos y su sistemática violación de los derechos humanos) y en bancarrota (por la pérdida del subsidio ruso) se vio obligado a hacer una serie de reformas.

La primera fue la violenta dolarización de la economía y, como corolario, la apertura a un capitalismo rupestre en un mercado de orillas. Sarcasmo de la historia resulta que los regímenes "socialistas" para sobrevivir han tenido, en todos los casos, que apelar a la iniciativa privada y al consumo; la práctica corroboró una sardónica expresión de los cubanos: "El socialismo es el camino más largo para llegar al capitalismo".

Las reformas del "Período especial" contemplaron, además, una tímida apertura religiosa. Católicos, protestantes y devotos de la Regla de Ocha fueron "reconocidos" después de décadas de persecución, cárcel y hasta fusilamientos.

De inmediato crecieron las visitas a los templos y la calle se inundó de atributos de la santería. En las entrevistas para el ingreso a una institución laboral o estudiantil se omitió una incómoda pregunta: "¿Tiene creencias religiosas?".

A la iniciativa privada se le aflojaron un poco las ataduras, pero continuó maniatada.

Se autorizaron los "paladares" (pequeños restaurantes de familia), el ejercicio de oficios tradicionales (como el zapatero remendón) y otros nuevos, como el "llenador" de yesqueros desechables --ese microtecnólogo-- o el zurcidor de bastidores de cama, entre otras "novedosas profesiones", típicas del irreconciliable maridaje entre el trópico y eso que llaman socialismo.

A pesar de su carácter embrionario, aquella apertura era un paliativo ante el casi aniquilado sistema de servicios públicos y, a la vez, constituía una apresurada aunque débil respuesta a la desesperante escasez de alimentos, con repercusiones de salud: desnutrición y padecimientos como la neuritis periférica, de secuelas irreversibles.

Pero las reformas de los años noventa, como las actuales, tienen un único objetivo: apuntalar la dictadura.

Con tal de mantenerse en el poder el Gobierno le vende su alma al diablo, o al "imperio" si es necesario. Es obvio que un aferramiento obsesivo de tal naturaleza no puede mantener un sostén ideológico ni económico coherentes y, en consecuencia, su ilogicidad genera deformaciones grotescas y sus necesidades de sobrevivencia, las más repulsivas improvisaciones.

Este corpus en descomposición conserva, no obstante, su ferocidad represiva, con su cuota de prisión y tortura, ante todo psicológica y masiva, además de su retórica virulenta contra el enemigo y "sus lacayos internos". Este tipo de propaganda política, con su fuerte contenido bélico y militarista, invade agresivamente los espacios públicos y por sobresaturación provoca rechazo. O burla. En algunos lugares todavía se puede observar la siguiente arenga, tal vez la única que haya logrado en verdad una voluntaria y feliz participación colectiva: " Hay que saber tirar, ¡y tirar bien!".


Alba para su ocaso
Cuando el Gobierno cubano encontró una variante latina del sovietismo financista --un Alba para su ocaso-- consideró innecesaria aquella magra parcela de aliento privado, y entonces, con trabas burocráticas, inspecciones abusivas y multas exageradas, comenzó a ahogar la criatura que poco antes alimentó, aunque mantuvo intacta la dolarización (desde su regreso triunfal, el "fula" --dólar norteamericano-- señorea la sociedad, acentuando las diferencias existentes y creando muchas más).

Es significativo entonces que las actuales reformas, en su esencia, formulen un renacimiento en gran escala de aquel mercado de los años noventa.

Por percepción realista tal vez se admita en el alto Gobierno que el papel de mantenido no va a durar mucho más, ya sea por la caída del aliado perfecto o porque, sencillamente, la resentida economía del país financista no lo permite.

Resulta vergonzoso que al cabo de cincuenta y tres años la "revolución" sólo pueda ofrecer una estrecha franja de miserias en la que conviven el trapicheo del mercado negro con el conciliábulo prostibulario, una pasarela de marginalidades donde se tiran las cartas y se revende el guijarro santo de Ochún y, por encargo, se roba una bicicleta o un par de ladrillos refractarios (de la fábrica de cerámica roja de Moa) para construir una cocinita eléctrica.

Más allá de las vitrinas engañosas que se muestran al visitante, presente y futuro confirman en Cuba el largo y tortuoso camino desde el socialismo hasta la peor modalidad del capital. Eso es lo que el socialismo real realmente puede ofrecer.


El "riquimbili" o la "bicicleta con rabia"
En ese ribete del país vegeta el sobreviviente, un balsero en tierra firme que a pesar de los pesares todavía "inventa" algo: un interruptor eléctrico de un tubo vacío de crema dental, o le adapta un motorcito (de una chapeadora o de un aparato de fumigación) a una bici china para construir un ingenioso medio de transporte: el "riquimbili" o "bicicleta con rabia", según el léxico mutante de ese archipiélago.

Los conductores de un "riquimbili" deben cargar su expediente de propietario, porque con frecuencia, en plena calle puede ser, la policía los somete a un interrogatorio.

Pero la mayoría está preparada para la requisa. Junto a su carné de identidad —su cédula—, portan la factura de compra del motorcito (con frecuencia adquirido en Venezuela o Ecuador) y un papelito sellado, el comprobante de que el minúsculo tanque de gasolina de su precario vehículo no fue abastecido en el mercado negro —bien fomentado por los militares—, sino legalmente, en una gasolinera que expende el producto en moneda dura. Si el policía objeta que el papel está fechado en el mes anterior, el orgulloso conductor responde que su vehículo es "extremadamente económico".

Pero ese perseverante buscavida (el motorizado, o el que pedalea en una bicicleta Minerva —que llaman "Mierderva"—, o el que se traslada a pie o el que le pide la colita a un Pontiac, un Packard u otro almendrón de los cincuenta) alimenta ante todo una añoranza básica, obsesiva y perentoria: comer.

En nombre de los pobres se ha construido una sociedad en la cual se han envilecido los oficios y el ciudadano medio, inmerso en una feria de calamidades, es más pobre. Mientras, a la vera de ese apartheid que es el país de los anillitos de lata, bajo la consigna "Socialismo para siempre" crece, opulenta, la nueva clase: el burócrata del partido, el parásito del turismo, la joven amante del "mayimbe", el militar que medra de la empresa mixta, en fin, el hombre nuevo seducido por la adorable moneda del enemigo, el hijito de papá, indolente desde la refrescante barrera de sus lentes Bausch & Lomb.