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Del reverso de las imágenes

Del reverso de las imágenes

Del reverso de las imágenes

El texto que presentamos este domingo forma parte del catálogo de la exposición del mismo nombre del fotógrafo venezolano Paolo Gasparini. Sus fotos estarán exhibidas en la galería López Quiroga en México, D.F, hasta el próximo 21 de noviembre 

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Ahí donde la foto termina, algo continúa moviéndose, nada se detiene. «Todo el mal procede de haber llegado a la imagen con una idea de síntesis (…) La imagen es un acto, no una cosa», decía J. P. Sartre. 

Victoria de Stefano


Las ciudades son grandes y poblados espacios construidos, rastreados desde arriba, digamos desde el arriba del vuelo del pájaro, se expanden y continúan topográficamente indetenibles, pero a escala humana, de conformidad con la altura y la velocidad variable de la cámara cada punto de intersección es un nuevo comienzo del recorrido por avance y discontinuidad de lo que pasa y queda, por reenvío, desvío o extravío de sus alrededores. Así cada punto de intersección, sea del ojo o de la cámara que lo asiste y acompaña en sus desplazamientos, resulta en trozos, cortes, fragmentos, con su más cerca y más lejos, con su más arriba y más abajo, sujetos a los límites reglamentados en espacio y tiempo de los dominios de realidad que está en capacidad de aprehender el objetivo y dejar huella en el fotograma. 

Los espacios y sus ocupantes se han multiplicado y diversificado. En su empeño por ir en su seguimiento, el fotógrafo querría a su vez multiplicarse, diversificarse, fracturarse acorde al cuadro desfracturado del acontecer del mundo, en aras de sorprender el instante que lo arrastra sin que, por demasiado breve en la temporalidad de su trayecto, pueda alcanzar a consignarlo en sus duraciones y movimientos: esto es, en lo que estuvo antes o estará después, como si dijéramos, de lo que está a punto de entrar o salir de la escena. Sin descontar  la intrusión de la casualidad, de las contingencias mundanas en segundo plano o en los márgenes, lo no previsto, lo impensado en la toma. Aquel irrumpir del azar que Roland Barthes llama el advenimiento, la marca cuya sola presencia le otorga a la imagen un nuevo espesor  sensorial y memorístico, y con él el incentivo de otra lectura y comprensión de lo que, como perceptores activos, encontramos colándose hacia el afuera de las imágenes o dentro de ellas. Una suerte de advertencia  (advenimiento y advertir son etimológicamente afines) de cuánto más lejos de lo esperado en el contexto saturado de  signos puede arrancar  la mirada. 

El fotógrafo no ignora que en el campo de lo fotografiable no hay secuencialidad a la que pueda hacérsele justicia, solo tránsitos, barreras, escollos, interferencias, un rascacielos, una valla, un muro, un viaducto, fronteras, umbrales infranqueables, horizontes, transeúntes… altos en el camino. De ese desconsolado intento de superar un imposible está hecho su oficio, de ahí surgen los fotomurales, los audiovisuales, los montajes, los libros, desde Para verte mejor América Latina hasta Karakarakas. Si de soñar se tratara el ideal de la voluntad de representación del fotógrafo, y en particular de Paolo Gasparini, obstinado en su pulsión escópica por indagar y revelar, en un sentido discursivo que bordea lo epistémico, las conexiones que recelan las imágenes, la agitación de lo indecible, la historia, la memoria, lo no obvio que presiona en ellas, y que querría y necesitaría mostrarse, sería: el mundo entero instantánea y simultáneamente visible y presente, correlativa y extensivamente, en su anverso y su reverso, aquí y ahora, en toda su complejidad e inestabilidad, expuesto. 

Del esfuerzo invertido en esa apuesta por involucrarse en lo real, el mismo que conforma el archivo de la vasta obra y el arco de vida de Paolo Gasparini, con sus sesenta años de trabajo, deriva en otro, sin duda menos quimérico que la apetencia por el mundo transpuesto en imagen. Que no sean las fotos las que miren por nosotros, sino que seamos nosotros quienes nos sintamos conjurados a mirar a través de ellas. Y ese mirar con y a través de ellas responde a una actitud ética antes que estética, en la medida en que pide un posicionamiento no separado de nuestra naturaleza de agentes de la experiencia y de la facultad de ver e imaginar. 

Vayamos ahora hacia las concreciones fotográficas. Empecemos con las alegorías y sus visiones cruzadas. Abrimos con una sonrisa dentífrica, la misma sonrisa con la que nos reencontraremos al final. Sobre el fondo de un monumento de Venecia, se recorta el afiche de un hombre que ruge con su pelo hirsuto y sus garras de león, blandiendo un compact disc, justo al lado otro león, este también en afiche, en la inmediata contigüidad de otra sonrisa dentífrica. Las sonrisas de dientes perfectos se repiten, las encontraremos aquí y allá, enteras o demediadas, las mismas u otras: sonrisas que centellean hasta el guiño irónico, algunas armadas de cámaras, como la de la fotografía nº8, con a su izquierda el ataúd de un entierro indígena en la sierra boliviana. En la fotografía nº32, un león enjaulado en el puerto fluvial de Manaos, este plausiblemente real, captado en vivo. Vamos de los afiches, los cárteles, las paredes publicitarias, a los simulacros, todas aquellas apariencias que quieren hacerse valer como lo que no son, es decir los maniquíes: maniquíes recostados de las paredes, en los escaparates, adoptando varias y sugerentes posiciones felinas, eróticas, maniquíes como artísticas formas humanas colgando en una galería. Muñecas, muñecos, uno cómodamente sentado en un sofá, bustos, manos cortadas, en contraste con los cuerpos vivos en movimiento.

Entre lo que es real y lo que no es real, apenas reflejo de pasaje, lugar de refracción  y quiebre de las imágenes, cómo nos cuesta orientarnos: nada se nos da de antemano. Muchas reproducciones de reproducciones, cámaras de todo tipo, desde la Kodak Instamatic en la valla publicitaria hasta las antediluvianas cajas negras con cortinita y  agujero, fotógrafos profesionales, fotógrafos espontáneos, fotógrafos ambulantes, como el que se dispone a componer la pose de su cliente en una calle del Puno. 

El afiche de una familia feliz se continúa en las indígenas que llevan, y bien que les deben pesar, a sus hijos en la espalda. En la nº13, una familia reunida, madre y siete hijos, el tronco demediado del padre preside: todos miran a la cámara, serios, no sonríen. La familia feliz sonríe, las mujeres sonríen, incluso hay un maniquí que le sonríe al hombre que la mira sonreído, pero el mundo no es bello y sigue su marcha a lo largo de los encuadres del fotógrafo. 


“Durante los recorridos de un lado a otro por la ciudad, en camión, en metro (…) vamos acumulando un montón de imágenes rotas ─rotas, porque, de por sí son reflejo de las ruinas presentes en esta tierra desolada (…)─ en este menester de ir armando, formando secuencias para fotomurales y audiovisuales he querido experimentar, una vez más, la posibilidad de que las imágenes puedan expresarse en varias direcciones y con más de un significado.

¿Y para qué tanto bochinche? Para ayudarnos en la difícil tarea de pensar y resistir a este mundo que nos reduce cada vez más”.

Paolo Gasparini.