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El resto es silencio

“Macbeth”, dirigida por el cineasta Roman Polanski en 1971

“Macbeth”, dirigida por el cineasta Roman Polanski en 1971

“Es curioso que al adaptar los textos shakespearianos los cineastas tomen decisiones que parecen ser siempre un acierto por más que estas alejen a la película de los originales. Tal vez sea cierto eso de que Shakespeare da para todo”

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Harold Bloom titula su largo trabajo sobre William Shakespeare La invención de lo humano. Kenneth Branagh ha hablado sobre la flexibilidad, la elasticidad del dramaturgo. Orson Welles insta a leerlo, disfrutarlo, interpretarlo. La cultura entera descansa sobre su obra.

Es curioso que al adaptar los textos shakespearianos los cineastas tomen decisiones que parecen ser siempre un acierto por más que estas alejen a la película de los originales. Tal vez sea cierto eso de que Shakespeare da para todo.

El universalismo de Shakespeare

Las adaptaciones al cine y la televisión superan las mil, y han existido desde por lo menos 1899, como si los entusiastas de la puesta en escena no hubiesen podido esperar para adaptarlo. Pareciese no haber criterio que clasifique a los cineastas que se han embarcado en estas transformaciones a la pantalla: Georges Méliès, Jean-Luc Godard –una adaptación libre de Lear con Woody Allen en el elenco– (Francia); Andrzej Wajda, Roman Polanski (Polonia); Glauber Rocha –una versión “cinema novo” de Macbeth– (Brasil); Ingmar Bergman, Per Ahlin (Suecia); Vishal Bhardwaj (India); Akira Kurosawa (Japón); Iván Lipkies, Cantinflas (México); Grigori Kozintsev, Stanislav Sokolov (Rusia); Aki Kaurismaki (Finlandia); Franco Zeffirelli, Paolo y Vittorio Taviani –la celebrada César debe morir, basada en Julio César– (Italia); Ernst Lubitsch (Alemania); Baz Luhrmann (Australia); Orson Welles, George Cukor, Woody Allen, D. W. Griffith, J. L. Mankiewicz, Gus Van Sant, Robert Wise, Joss Whedon –sí: el director de Los vengadores tiene su versión de Mucho ruido y pocas nueces– (EEUU); Lawrence Olivier, Kenneth Branagh, Peter Greenaway (Inglaterra); Don Selwyn (Nueva Zelanda); Antonio Román, Ángel de la Cruz (España); Jirí Trnka (República Checa), entre cientos.

El western Cielo amarillo (Wellman, 1948) protagonizado por Greg Peck, está basado en La tempestad; Rave de una noche de verano (Cates, 2002), se trata de la versión irreverente de la comedia original; Kiss me Kate (Sydney, 1953) un musical basado en La fierecilla domada; All Night Long (Dearden, 1962), donde el recién fallecido Richard Attenborough presenta una versión de Otelo con músicos de jazz en los sesenta; los Hamlet de Sarah Bernhardt y Asta Nielsen, dos mujeres interpretando al príncipe danés; Ran (Kurosawa, 1985), adaptación de El rey Lear al Japón del siglo XVI; Macbeth X (Bandinelli, 1999), versión pornográfica y contemporánea de la tragedia; Papita, maní, tostón (Hueck, 2013), Romeo y Julieta hecha comedia romántica en el mundo pelotero venezolano (los brasileros tienen su versión con fútbol); Buscando a Ricardo tercero (Pacino, 1966) un documental basado en esa tragedia. Lo único que tienen en común es que están apoyadas en Shakespeare.

La invención de lo humano

Los textos de Shakespeare son perfectos y los cineastas lo saben. Muchos optan por mantenerlos intactos, cambiando entonces la época, los nombres de los personajes, los lugares, los conflictos políticos. Baz Luhrmann dirige Romeo + Juliet (1996) ambientado en un suburbio moderno, con duelos de pistolas y sin tocar el texto original. Robert Wise dirige West Side Story (1961), el musical situado en Nueva York donde los Montesco y Capuleto son neoyorquinos y puertorriqueños, y donde todo el texto cambia para acomodarse al entorno. En la primera Julieta dice “¡De prisa a la dicha absoluta!”; en la segunda canta I Feel Pretty. Roman Polanski dirige una versión de la tragedia de Macbeth en la que procura que lo que se lee se vea, no se diga. Al mejor estilo del cine mudo, Lady Macbeth recorre los pasillos del castillo, sonámbula, haciendo el gesto de limpiarse las manos, y podemos ver que las tiene manchadas de sangre, aunque no sea así. Polanski nos muestra lo que ella ve. Cuando Macbeth hace el soliloquio Polanski nos lo hace escuchar en off, no lo vemos decir.

Entonces, ¿funciona mejor que Julieta sea de Verona o de San Juan? ¿En qué afecta que el rey Lear sea Ian McKellen o Jüri Järvet? ¿Debe permanecer el texto dicho o es más interesante ver lo que Otelo imagina está pasando entre su mujer y Casio? ¿Qué pasa si todas las versiones funcionan? ¿Cuál es el elemento inalterable?

Los asuntos entre letra y cine no son exclusivos de Shakespeare, naturalmente. Lo que sí lo es, es que el guionista deba enfrentarse a un texto perfecto, tan bella e inmejorablemente escrito, y escoger despedazarlo, moldearlo a una época que no admita esa solemnidad y riqueza de lenguaje. Ese guionista sabe que el texto no solo no será tan bueno, sino que no tiene punto de comparación alguna. Sin embargo funciona. La universalidad de Shakespeare, de la que habla Harold Bloom, no está en una frase específica de tal o cual pieza. Tal vez Shakespeare da para todo no solo porque es universal, sino porque como dice Bloom, nos juzga, nos pregunta constantemente quiénes somos, respondiendo todas las veces, a todos los hombres, con cada lectura, cada puesta en escena, cada adaptación al cine. Shakespeare da para todo porque en él está todo. Lo inalterable es el alma. No podemos modificarla. El resto bien puede ser silencio.