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La rebelión en la granja, la sociedad orwelliana y el perfecto idiota latinoamericano

La rebelión de la Granja por George Orwell

La rebelión de la Granja por George Orwell

“Desde luego: escrita en plena guerra contra la Alemania hitleriana, llevada a cabo por la alianza entre dos enemigos potenciales que representaban la verdadera antinomia que marcaría a sangre y fuego al siglo XX”

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George Orwell no tuvo entre los objetivos de su fascinante novela Rebelión en la granja polemizar con los intelectuales y periodistas británicos, identificados desde los hechos de octubre de 1917 con la revolución bolchevique. No fue su propósito. El suyo era contribuir al desenmascaramiento de una realidad aberrante, siguiendo la tradición abierta en la literatura inglesa por Jonathan Swift en 1726 con sus Viajes de Gulliver, una sátira feroz contra la Inglaterra monárquica y la condición humana de comienzos del Siglo XVIII.

Desde luego: escrita en plena guerra contra la Alemania hitleriana, llevada a cabo por la alianza entre dos enemigos potenciales que representaban la verdadera antinomia que marcaría a sangre y fuego al siglo XX –capitalismo versus comunismo– puesta en sordina por la necesidad de acabar con el nazismo, –el tercero en discordia– criticar así fuera metafóricamente al estalinismo soviético, súbitamente convertido en inevitable compañero de ruta sin cuyo concurso hubiera sido prácticamente imposible vencer a los ejércitos hitlerianos, implicaba echarse encima todo el aparataje oficial del establecimiento inglés. Pero acarreaba destacar por vía indirecta un hecho que a Orwell le parecía escandaloso: la benevolencia, si no la abierta complicidad del aparato propagandístico de la izquierda británica y europea –la hegemonía comunicacional entonces imperante entre los llamados sectores progresistas– con una dictadura totalitaria que vivía sus momentos más abominables: la aterradora dictadura de un déspota que gozaba de compararse a sí mismo con el zar Iván el Terrible, los juicios de Moscú, las hambrunas,  el sistema penitenciario y concentracional soviético bautizado luego por Aleksandr Solzhenitsyn con el título de una de sus estremecedoras novelas como Archipiélago Gulag y el asesinato de millones de inocentes por la furia paranoica del peor tirano de la historia contemporánea. Una realidad doblemente aberrante, pues se cumplía amparada en los ideales utópicos heredados por Occidente desde la edad de oro de la filosofía, el arte y el pensamiento griegos: tras el logro de la sociedad perfecta.

Se entiende el rechazo de los círculos gobernantes a la publicación del brillante pero inmensamente provocativo manuscrito de Orwell, un feroz pladoyer contra el estalinismo soviético. La noche del domingo 22 de junio de 1941, pocas horas después del inicio de la invasión de la gigantesca parafernalia germana a la URSS, el recién nombrado primer ministro del gobierno británico, Winston Churchill, sin esperar palabra alguna de las autoridades soviéticas –hasta minutos antes fieles, leales y obedientes aliados de Hitler y quienes, sorprendidos y espantados tardarían más de cuarenta y ocho horas en pronunciarse por vía de su canciller Viascheslav Molotov– aunque perfectamente consciente de que Hitler podía imponerse en un lapso no mayor de tres meses y de que sin el auxilio soviético la guerra sería ganada ese mismo año por el nazismo, pondría el dedo en la llaga de la gravísima circunstancia. Diría, palabras más palabras menos, “desde hace veinticinco años nadie ha combativo de manera más cabal al comunismo que yo. Pero debemos correr en auxilio de los hombres y mujeres que hoy sufren el embate del criminal asalto hitleriano”. Stalin era, a su parecer, el mal menor. Hitler, el mayor de los males imaginables.

¿Publicar en esas circunstancias una sangrienta sátira al régimen comunista soviético sin por ello entorpecer las relaciones ruso británicas que se harían imperativas de necesidad?

 

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Todos los seres pensantes sabían por entonces que esa alianza era un matrimonio de conveniencia. De allí que el entendimiento entre Churchill y Stalin pareciera tan sorprendente como el que dos años antes habían logrado Hitler y Stalin. De modo que apartado el estorbo y finiquitada la aniquilación del Tercer Reich, se daría inicio prácticamente de inmediato a la Guerra Fría, terminando con la desaparición del mundo de tras la cortina de hierro –un concepto paradojalmente inventado por el mismo Churchill– en 1989. Cumpliéndose por cierto una luminosa anticipación del mismo Churchill, quien prefiriera el dominio de Europa oriental por Stalin, que sería de corta duración, al dominio de Europa entera –incluida las islas británicas– por Hitler, que podría cambiar para siempre la historia de la humanidad. Y hacer desaparecer del mapa la historia británica misma.

Todos estos motivos, de inmenso peso dada la mortal gravedad de la crisis, habrán influido en la decisión de cuatro editores londinenses que rechazaron el breve manuscrito de Orwell. Hasta que un amigo del escritor asumiera dicha edición en propias manos. Censurando, sin embargo, un prólogo de trascendental importancia escrito entre tanto por Orwell en atención a todas estas adversas circunstancias, que con el título de La Libertad de Prensa –“decir lo que la gente no quiere oír”, como lo escribiera en él de su puño y letra– terminara finalmente en la gaveta de su circunstancial editor y no apareciera sino tras la muerte del genial escritor británico en 1950, a los cuarenta y siete años. Dejándonos una soberbia colección de grandes obras de naturaleza testimonial y periodística: entre otros Los días de Birmania (1934), El camino a Wigan Pier (1937), Homenaje a Cataluña (1938), Rebelión en la granja (1945) y la que llegaría a convertirse en un best seller y su obra más renombrada, 1984 (1949).

En todas ellas destaca la naturaleza profundamente testimonial, crítica de la escritura de Eric Arthur Blair, su nombre real, así como su compromiso vital con la libertad en un tiempo de cruce en que la humanidad sorteaba auténticos desafíos existenciales: el capitalismo, hundido en sus profundas crisis de reproducción, llevando sobre sus hombros dos milenios y medio de desarrollo occidental, acechado con amenazas de muerte por sus dos flancos: el nazifascismo desde su extrema derecha y el comunismo desde su extrema izquierda. Un gran historiador norteamericano nacido en 1926 en Budapest, al que ya me he referido en anteriores artículos, John Lukacs, y uno de los más destacados historiadores de la Segunda Guerra Mundial en cuyos prolegómenos y desarrollo transcurre la vida de Blair-Orwell, sostiene que ese cruce de caminos civilizatorios dramáticamente potenciados por la gigantesca vitalidad y empuje de una figura asombrosa, como pocas veces aparecen en la historia, el austriaco Adolf Hitler, flanqueado a su vez por otros dos gigantescos personajes que determinarían el curso del Siglo XX –Winston Churchill y Iosef Stalin– vio una pequeña luz de resolución en cinco días de mayo de 1940: entre el 23 y el 28 de ese mes definitorio.

En esos días cruciales, con la humanidad al borde del abismo, el nazismo haciendo exhibicionismo de su cruzada devastadora con ejércitos invencibles que aplastaban naciones como si fueran terrones de azúcar y el estalinismo revolviéndose en su nido de serpientes haciendo trizas todos los logros del liberalismo ilustrado nacido del Siglo de las Luces, bajo el aplauso de las buenas conciencias occidentales, escribe Orwell la Rebelión en la granja.

 

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Salvo Louis Ferdinand Céline y uno que otro escritor abiertamente pro nazi en la propia Alemania, ninguno de los cuales adquiriría el renombre universal de un Brecht, un Neruda, un Jean Paul Sartre, un Picasso, la intelectualidad europea había sido ganada y estaba seducida mayoritariamente por el marxismo y la revolución rusa. Y a pesar de que la tragedia de millones y millones de seres condenados a muerte o directamente asesinados por los esbirros de Stalin tenía lugar sobre territorio europeo y alcanzaba dimensiones verdaderamente apocalípticas, un manto de silencio sepultaba cualquier expresión de repudio a la dictadura estalinista. Pues a desmedro de la fortaleza e impenetrabilidad de la llamada cortina de hierro, o telón de acero, el mundo había recibido suficientes indicios de los pogromos y persecuciones llevados a cabo por el estalinismo. Por el contrario: las mejores y más brillantes voces de la poesía, la novela, la pintura, la música, la academia, el cine y el arte en general constituían verdaderos ejércitos apologéticos de una tiranía abominable. Una contradicción que lastra y macula a la cultura occidental hasta el día de hoy. Solo comprensible en la medida del horror provocado por la Shoa, si bien en muchos aspectos las matanzas estalinistas fueron tanto o más espantosas que las del antisemitismo hitleriano. En cierta medida también compartido por el estalinismo.

George Orwell fue, sin ninguna duda, una voz solitaria que encontró en vida el rechazo y la censura de las buenas conciencias británicas. A pesar de que la historia se inclinaría a reconocer, de buen o mal grado, que la verdad, finalmente, estaba de su parte. Que  Rebelión en la granja merecía la mayor atención no solo por su excelencia literaria sino por su poderoso y polémico ímpetu anticipatorio. Ímpetu que alcanzaría todo su poder analítico y premonitorio en 1984, un anticipo ficcional escrito y publicado en 1949 que dejando atrás el espanto feudal del horror estalinista anticipa el horror tecnocrático de la sociedad postindustrial, no sin razón llamada “sociedad orwelliana”. En la que de manera inconsciente y no del todo comprensible chapoteamos. A pesar de lo cual encontró la severa objeción de notables escritores británicos que, a pesar de reconocerle genio y figura, descalificaron su voluntad transgresora.

Quienes lo rechazaron no fueron figurantes marginales y de menor cuantía, adocenados hijos de figuras relevantes del pasado o estériles y diletantes de la cultura del celuloide que comenzaba a abrirse paso.  Fueron grandes entre los grandes, como el Nobel angloamericano T. S. Elliot, quien escribiera sobre Rebelión en la granja: “Estamos de acuerdo en que la novela es una destacada obra literaria y que la fábula está muy inteligentemente llevada gracias a una habilidad narrativa que descansa en su propia sencillez, cosa que muy pocos autores habían logrado desde Gulliver”, para dudar luego acerca de si “el punto de vista que ofrece es el más apto para criticar en el momento presente la situación política”. La oprobiosa naturaleza de esta manifiesta autocensura se desvela en toda su dimensión si se piensa que esas palabras no fueron dichas al calor de la emoción provocada por la valerosa reacción del pueblo soviético contra la ofensiva hitleriana y el agradecimiento por su sacrificio prestado al salvamento de Occidente, sino cuando Stalin llevaba casi veinte años sepultado bajo suficientes palmos de tierra como para impedir su renacimiento desde que fuera momificado, oleado y sacramentado y se hubieran destapado en todo su horror las crueldades inenarrables del caudillo caucasiano: fueron escritas por Elliot en carta al Times de Londres, el 6 de enero de 1969.

 

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El tema de la susceptibilidad enconada de intelectuales, diletantes y aprendices de tales ante las críticas esbozadas contra su concupiscencia frente al Poder, particularmente si es uniformado, autocrático, caudillesco y de izquierdas, como fuera el caso de Stalin, trascendía, desde lejos, las fronteras estrictamente británicas consideradas en la sátira gulliveresca de Orwell. Y se abría en un abanico temporal que cubre prácticamente todo el resto del siglo XX y el mundo entero. Particularmente en América Latina, que disfruta desde hace cincuenta y seis años de su Stalin vernáculo en versión caribeña. Con sus miríadas de aduladores, adoradores y epígonos. Así, la obra de Carlos Rangel, escrita en 1976, a treinta años de terminada la Segunda Guerra Mundial –Del buen salvaje al buen revolucionario– apenas encontraría eco entre nosotros y el elogio en solitario de uno de los intelectuales franceses más comprometidos en la lucha contra el totalitarismo marxista, Jean François Revel. Por lo mismo, execrado y maldecido por la intelligentsia francesa, así lograra hacer un forado en el acerado soporte intelectual de la izquierda francesa y fuera seguido por otros grandes intelectuales malditos, mantenidos siempre al borde, en las márgenes del establecimiento.

Tan profundamente enraizado en el inconsciente colectivo se encuentra la disposición al sometimiento tiránico si es de corte mesiánico y milenarista, base de la imposición y la pervivencia de los impulsos tanáticos propios del utopismo marxista, que en otras de sus grandes obras testimoniales, La gran mascarada, Ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista, escribía el mismo Jean-François Revel sobre el giro del milenio, ya derrumbado el socialismo soviético y exangües y agónicos los deshechos sobrevivientes en Corea del Norte y en Cuba: “toda comparación entre los dos mayores totalitarismos, el comunismo y el nazismo, sigue siendo tabú: prohibido constatar la identidad de sus métodos, de sus crímenes y de su fijación antiliberal. Así, durante la década 1990-2000, la izquierda ha hecho esfuerzos sobrehumanos por no sacar fruto del naufragio de sus propias ilusiones. ¿Qué ha sido esta gran mascarada?” Para concluir con una paradoja espeluznante, reafirmada por el súbito rebrote del castrocomunismo en América Latina a partir de esa fecha icónica que viviera el desborde del populismo castrochavista en nuestra región: “De ello se extrae esta cómica conclusión: parece ser que lo que verdaderamente rebate la historia del siglo xx no es el totalitarismo comunista, sino… ¡el liberalismo!”.

No existen indicios de que esa tendencia auto mutiladora, castradora y deconstructiva que en brazos del marxismo leninismoste  y su subproducto, el nacionalsocialismo, causara las mayores tragedias de la modernidad, tenga visos de retirarse de la escena o se encuentre en desbandada. Muy por el contrario: solapada y travestida bajos ropajes más populacheros y carnavalescos, tachonados de charreteras y falsos oropeles, cercanos a las idiosincrasias tercermundistas, la gran mascarada se cuela con su perversión lingüística incluso en el discurso del nuevo Papa de la Cristiandad. Si Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa se burlaran ante el asomo del perfecto idiota latinoamericano, parece que a despecho de su oportuna denuncia este ha terminado por copar el escenario de nuestras tribulaciones. El perfecto idiota latinoamericano ha recibido los santos olios. Ya palpita incluso en el seno de las nuevas oposiciones. George Orwell, descansa en paz.