• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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La quimera del norte

Ben Amí Fihman / Manuel Sardá

Ben Amí Fihman / Manuel Sardá

“Dado que la mayoría de los crímenes son actos de sonambulismo,  la moral consistiría en despertar a tiempo  al terrible durmiente”.Paul Valery

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I

Un día brumoso observamos a Ben Fihman en Pont Neuf, ¿o sería en Pont Saint Michel?, que estaba envuelto en un gabán de paño fuerte, cuando se le acercó por detrás al hombre que nos esperaba. Lo saludó de manera austera, sin aspavientos, más bien lucía intrigante, a lo Peter Lorre. Era un tipo afable el que estaba parado allí, acompañado de una sombra mítica, Heráclito, con quien compartía una suave compasión por el Sena;  ambos –hombre con sombra y río– parecían haberlo visto todo, especialmente la humanidad fermentada. Y Ben me dijo sin alardes: “te presento a Cioran”.

Caminamos hacia el barrio latino con el héroe pop del nihilismo voluptuoso sin que los árboles desnudos dijeran ni una palabra. Un único alboroto tumultuoso  se había instalado con sordina entre mis orejeras invernales. El café y el calvados alentaron una larga tenida sobre uno de los aforismos del rumano, Emil Michel, en torno al arte de escribir. Nunca más pudimos leer los textos de Ben sin asociarlo a aquel texto que hoy buscamos en la biblioteca: “Una obra existe cuando se ha preparado en la sombra con la atención, con el cuidado con que el asesino medita su golpe. En ambos casos lo principal es la voluntad de acertar”.

El  “inconveniente de haber nacido” se tejió en nuestra cháchara sin atisbos de abatimiento, sino más bien en un inesperado pero gozoso coqueteo con la plenitud, la libertad, la lujuria y el culto al escarnio. Estas manías quedarían entretejidas, en nuestra mirada, a la pasión que atribuimos a Fihman por la escritura. Aunque  también y, por consiguiente, a la desafiante presencia de sus textos entre los scholars de su tiempo, presas de  inmoderados afanes por distinguir, clasificar y concluir.

Para el lector común quedó una suerte de apotegma: las suyas son obras modeladas al  amparo de la nocturnidad, con la cautela y sobreseguridad de un crimen premeditado.

 

II

A lo largo de  los inmodestos pasillos del modernísimo Oberoi corrió la noticia de que Ben Fihman estaba por llegar a Mumbai. Fuimos a buscarlo al Taj, un hotel clásico que sintoniza más con sus obsesiones literarias: escenografía cinematográfica, preferencia por la elegancia decimonónica y apego a las formas clásicas de las tradiciones más rancias.

No estaba, o no había pasado por allí esa vez. Había enfilado su brújula de aventurero hacia el Rahasthán. Sustituyó momentáneamente el tapizado de gobelinos, sedas y alfombras asiáticas del lujoso Taj Mahal Palace Hotel para recorrer las rudas arenas de Jaipur, para curiosear luego entre las rutilantes piedras  de Agra y beber de los misterios del Ganges.

A diferencia de Octavio Paz que durante mucho tiempo aborreció los hábitos sanitarios de la India, así  como la existencia servil y supersticiosa de sus muchedumbres –como quedó registrado en su intercambio epistolar con Alfonso Reyes–, Fihman encontró en las tierras de Rabindranath Tagore una atracción peculiar y sucumbió a su fascinación. Retorna una y otra vez a sus paisajes y a las escenas de sus ciudades esculpidas.

Podría pensarse que le atraen los vinos afrancesados de Pondicherry, o los infinitos manjares aderezados con chutney, curry, jengibre, ajo, hierbas y especies urticantes, pero seguramente habrá otra cosa que coincide, tal vez,  con sus otras obsesiones de escritor: la sublimación del deseo, su elevación al altar de lo sagrado.

Como es sabido, las  teogonías de ese subcontinente bañado por la Bahía de Bengala veneran, aún contra el laicismo de estos días globalizados, los rituales del deseo, a veces para contenerlo a veces para comprenderlo. O, como sentenciaría Fausto, el de Goethe, el conocimiento y el deseo son sinónimos. Es notorio que en la India las diversas versiones del tantrismo, especialmente hindú o budista, habitan desmesuradamente los relieves y monumentos de su larga historia,  mucho más allá de las imágenes crueles o bonachonas de Ganesh, Shiva o Vishnú. Son más bien esas imágenes de cuerpos acoplados las que ilustran la meditación, a través del sexo, sobre el estado de condición masculino y femenino. Son esas imágenes las que crean la ilusión de la comunión entre el hombre  y la divinidad. Podría decirse que el territorio todo es una suerte de templo consagrado a la meditación sobre el deseo.

¿Cómo no podría seducir este paisaje a un escritor cuyos relatos más conspicuos, modelados con nocturnidad, transpiran esa fatiga del anhelo vehemente, del impulso de la voluntad hacia el objeto inalcanzable, del ardor silencioso, de la persecución obsesiva, del apetito y la posesión? En los cuentos de este libro, el amor se percibe a sí mismo como una carencia; el amor se reconoce como tal mientras permanece así como deseo, buscando su conocimiento, sin conseguirlo... Uno de sus personajes se ufana de conocer el significado de la palabra irremediable, signo fatal del apetito que no puede ser saciado.

Ben ha regresado una y otra vez a la India, unas veces en avión y otras en su nostalgia. Algo parecido ya le había pasado con París. Se parece a la vivencia de un eterno retorno. Junto a Mircea Eliade, muchos podrían ver en esta circulación metódica del escritor, a través de paisajes ya transitados, la materialización de un ritual arcaico orientado a anular periódicamente la propia historia, a desvalorizarla y sustituirla por una nueva, la misma, la originaria, la única. Ya volveremos más adelante sobre esta idea.

 

III

A propósito, Ben Fihman parece considerar que todos los lugares del mundo son patria suya. De joven lo vimos convaleciente en Nueva York y conocimos a algunos de los personajes de la Quimera del Norte. Como también son reales los de “La Penitencia” que le acompañaron en París y en Roma. En general, eso tienen sus relatos más clásicos: retratan lugares y gente de carne y hueso que convive con ensoñaciones y con invenciones alevosas. Espacios remotos, viajes, la vida real como ficción, erudición y cosmopolitismo forman parte de sus imaginarios personalísimos.

El verano en el que los Gigantes de San Francisco perdieron el campeonato frente a los Marlins, la canícula se desesperezó para recibir en California, en su Silicon y en su Napa Valley, a los ansiosos periodistas del Caracas Press Club del que formábamos parte, y que todos los años se reunía con sus colegas extranjeros en las más apasionadas ciudades del mundo. Tras deambular frente a las mansas aguas de la bahía de San Francisco, de cara al  Golden Gate, lejos de las barras y los grupos de jazz de los anchos muelles de Fisherman Wharf, el grupo brindó, con Ben como maestro,  un Cabernet Sauvignon Reserve de los viñedos de Robert Mondalvi que habíamos visitado al mediodía en el luminoso Napa Valley.

No hacía un año habíamos compartido en  Monte Carlo, no sólo para conocer los casinos de la Societé des Bains de Mer y presenciar la legendaria carrera de los autos de fórmula, sino para probar, entre muchas otras cosas, los manjares de Paul Ducasse y, guiados por Ben, penetrar en las bodegas privilegiadas del gran Hotel París. No sólo visitamos  las cavernas de Moët & Chandon en la región de la Champagne, sino las rotativas del legendario Le Monde y los dulces manjares de los mejores restaurantes del planeta.

En los salones versallescos del Quai D’Orsay, sede de la cancillería francesa, Ben ya no era simplemente un miembro más del Club, sino el imponente protagonista de su propio filme. Parecía, en pocas palabras, el anfitrión, tal era su sapiencia y su comodidad en el interior de aquel traje y de aquella  personalidad tan francesa.

Episodios similares ocurrieron en Roma, en Barcelona, en Madrid, en Nueva York, en Washington, en las ciudades de La Coruña o del País Vasco. Todas ellas ya habían sido transitadas más de una vez por Ben, y de cada una de ellas poseía la erudición del viajero pertinaz. En los tiempos más recientes, desde que se instaló en París, visita asiduamente las ciudades del sudeste asiático tanto como las de sus vecinos del país gallego. Sin embargo, como en los grandes escritores, la exudación de ese cosmopolitismo, con toda su riqueza,  es vertido en una suerte de espacio único de obsesiones recurrentes.

Ya algunos de nuestros escritores habían tenido que lidiar con sabias herramientas para  instalar su cosmopolitismo en los relatos cortos  sin agobiar al lector atento, sin esquilmarle los mapas y detalles que sólo la novela ofrece y que los cuentos enmudecen.

Algunos  narradores venezolanos, que Ben visita con admiración en sus conversaciones, Renato Rodríguez, Julio Garmendia o Pancho Massiani, trajeron paisajes remotos a sus relatos con no poca frecuencia. En los dos primeros su cosmopolitismo hacía parte de la estructura formal de la trama, mientras que en Massiani desaparecía en el mugre de sus uñas existenciales, haciéndonos pensar –como dice el novelista Armando Coll– que su alma no se movió de La Florida y Sabana Grande. En todo caso, los personajes de estos tres astros de la narrativa, independientemente de la ciudad o el paisaje en que se mueven, están más concentrados en sus pesadillas o fantasías, en las lágrimas y en los restos de piel de sus amores,  que en las tabernas desde donde el autor llora su ausencia e intenta domeñar la crueldad del deseo.

Como en ellos, en la escritura de  Ben la contingencia del paisaje, el ámbito, el espacio en movimiento, el lugar donde el personaje se desplaza es parte indisoluble de la trama. Pero también lo es, de manera indisoluble muchas veces, el espacio desde donde habla el relato. 

A veces nos ha parecido que los paisajes de la biografía de Ben Fihman, como los de su abuelo, de sus antepasados, de sus amigos, así como los de su sabiduría cosmopolita, aparecen aquí, en los relatos de este libro, como personajes de un solo gran espacio psíquico, como fragmentos de un solo y único escenario interior. Algo parecido a lo que le pasa a los lectores del capitán Cook o de Maqroll el Gaviero.

Cuenta Álvaro Mutis que cuando al capitán Cook le preguntaron cómo era Francia, recordó un breve pasillo entre dos oficinas públicas… cuando le preguntaron cómo era Roma, descubrió una fresca cicatriz en la ingle... cuando le preguntaron si había visto el desierto, explicó con detalle las costumbres eróticas y el calendario migratorio de los insectos que anidan en las porosidades de los mármoles comidos por el salitre... cuando le preguntaron cómo era Bélgica, estableció la relación entre el debilitamiento del deseo ante una mujer desnuda... cuando le preguntaron por un puerto del Estrecho, mostró el ojo disecado de un ave de rapiña dentro del cual danzaban las sombras del canto... ¡Y así los lugares y paisajes del capitán Cook eran él mismo!

Cuando Ben escribe, podrían asociarse todas sus locaciones con ese espacio único, que resume todos sus  espacios, como es el Coney Island de Los Palos Grandes, el que marcó sus inicios en el arte del flirteo, donde aprendió a manejar los principales usos del escepticismo como provocación, donde aprendió los juegos del riesgo y, sobre todo, el arte de tramar posibilidades ilícitas.

No importa cual sea el paisaje con el que nos desafíe el relato de Fihman, percibiremos en él el vértigo de la montaña rusa, el miedo del túnel fantasma, las alucinaciones del tiovivo y la maceración de la inestabilidad y la ambivalencia como placer. Ya lo había acusado el sicoanalista Adam Philips cuando escribió que el flirteo es una primera versión de la experimentación infantil, de la irreverencia como parte integrante de la curiosidad.

El lector encontrará de manera explícita ese espacio, ese paisaje, en el cuento “Olor a plastilina”, pero si entrecierra los ojos podrá encontrarlo tras los bocetos de todas las otras escenografías plenas de referencias.

 

IV

Unos últimos párrafos para advertir al lector sobre la exageración y la  desmesura rabelesiana, esa que recorre casi todo el libro, y que se autodefine en el soliloquio de “El Corte”: “Su único, verdadero amor era la comida y, a través de ella, el vino. Leía y descifraba al mundo con el paladar”.

Algunos recordarán el episodio de Pantagruel adolorido por la muerte de Epistemón que es narrado por Rabelais en uno de los pocos momentos melancólicos que aflora en su obra más famosa, que por definición es alegre, orientada a los bebedores y más bien a quienes disfrutan con el comer, el beber y los placeres sin tasa ni medida.

Epistemón fue decapitado durante la batalla en la que Pantagruel venció a los trescientos gigantes armados con piedras de molino. Nuestro héroe asió al jefe Loup Garou por ambos pies y levantó su cuerpo en el aire como una pica. Haciéndolo girar sobre su cabeza fue golpeando con su cuerpo a los gigantes que se le abalanzaban cubiertos de piedras de molino. No quedó ninguno en pié. Pero cuando uno de ellos iba cayendo, una de las aristas de las piedras le cortó la cabeza a su amigo.

Para aliviar el dolor y las lágrimas de Pantagruel, el sabio Panurgo cosió de nuevo la cabeza al cuerpo de Epistemón. Pero este lamentó que Panurgo le hubiese vuelto tan pronto a la vida porque en el infierno y en los Campos Elíseos se había dado la gran vida. Había conocido a Lucifer y aseguró a todos sus amigos que los diablos eran buenos compañeros. En su reporte, expresión sin duda de un insospechado y temprano periodista, informó que en el infierno no se trata tan mal a los condenados como se suele pensar, pero que su estado cambia de manera muy extraña.

Reportó, por ejemplo, el resucitado, que había visto a Alejando Magno remendando calzas viejas para ganarse la vida, y a los caballeros de la Mesa Redonda como pobres remeros en los ríos Flegetón y Leteo cuando los señores diablos querían pasear por el agua, como los bateleros de Lyon y los gondoleros de Venecia, pero con menos recompensas. Los condenados eran muchos, y los oficios cada vez más insólitos. En su larguísima lista de condenados incluye Epistemón a Melusina, el hada mitad mujer mitad serpiente, transformada por obra de los diablos en ¡pinche de cocina!

Los venezolanos estamos asociados a Melusina y a esta historia Pantagruélica a través de Ben Fihman. Todos los domingos, durante varios años de la década de los ochenta, Melusina habitó la crónica gastronómica de Fihman. Ella fungía de novia platónica del cronista, representada como sueca de 16 años, de belleza y frialdad perturbadoras, y le acompañaba en sus recorridos insaciables por las fuentes de placer de Caracas y también de las provincias.

El estado glamoroso del hada legendaria encarnaba, en Los cuadernos de la gula, la metáfora rabelesiana de condenada pinche gastronómica que, al decir del simbolista Juan Eduardo Cirlot,  representa el “arquetipo de la intuición genial, en lo que esta tiene de advertidor, constructivo, maravilloso, pero también enfermizo y maligno”.

Ella acompañó ardorosamente a Fihman a los asadores de lisas de Santa Rosa en Maracaibo y a las sofisticadas catacumbas de Alain Ducasse del Restaurante Luis XV de Monte Carlo. De la mano de Fihman y Melusina, la cultura gastronómica de los venezolanos se tornó diabólicamente insatisfecha, diabólicamente exigente, diabólicamente ecuménica. Por todos lados se despertaron papilas, olfatos y visiones destinadas a descifrar los secretos de las viandas y de los vinos, convirtiéndolos en objetos de atención especial por mucha gente pues, como se sabe, antes esta era una virtud de especialistas y exquisitos.

En este libro de relatos encontraremos a Melusina, que le identificará literariamente como el Gaviero, Macondo o Comala, marcaron a sus inventores.

 

V

Las exageraciones de Ben Fihman no transcurren sólo entre líneas. En los primeros años de nuestra amistad le encontré acostado en el piso de una oficina repleta, no cabía uno más, de ramos de flores. Su larga y ancha arquitectura corporal expresaba, de esta manera inusual y desmesurada, su desesperación amorosa. La oficinista era una escritora de las nuestras, bella y sensible, cuya indecisión entre las risas y las lágrimas era similar a la de su corazón enamorado.

Si desmesurados han sido los gestos con los que Fihman vive sus amores contrariados, y desmesurado es su apetito por los buenos vinos y manjares, no lo ha sido menos el rigor que ha impuesto a su aventura en el terreno literario. Su juventud en el Moral y Luces, sus años de bohemia como estudiante de cine en Nueva York y su desgarrado postgrado enológico en el París de Cioran  están cosidos por puntadas literarias y arrebatos editoriales. Como todos saben fundó en París la legendaria revista de inclinación surrealista L’Oeil du Golem  y, posteriormente, fundó en Caracas la Revista Exceso que sobrevivió heroicamente los veinte años de existencia. El periodismo de Exceso exhibió rigor en la escritura y una impronta personal que envidian las revistas venezolanas de todos los tiempos. Podría pensarse que su periodismo se propuso hacer la crónica del infierno, como lo hizo el Epistemón de Rabelais

Los libro de relatos Mi nombre es Rufo Galo, Los recursos del Limbo, y Los cuadernos de la gula preceden  al que hoy tenemos entre las manos. En todos ellos puede percibirse que su personalidad y su obra narrativa poseen atributos similares: ven la historia con el ojo de los grandes clásicos, como un hilo continuo en el que se repiten acontecimientos fantásticos. Cultivan con placer la palabra escrita como travesura, como opción fantástica, meditada en la sombra con el cuidado del asesino. Asumen el deseo como virtud y reconocen el sentido de lo irremediable.

 

 

FICHA DEL LIBRO

La quimera del norte

Ben Amí Fihman

Monte Ávila Editores Latinoamericana

Caracas, 2011