• Caracas (Venezuela)

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Te lo prometo, humano

Gypsy cats / Foto ©Alberto Rojas

Gypsy cats / Foto ©Alberto Rojas

“Todos se van, nadie se queda. Unos a tierras alejadas del calor caribeño de esta nación, a sitios lejanos en donde nieva cuando llega el invierno y no solo caen aguaceros grises y melancólicos como acá”

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Al fondo suenan canciones inverosímiles. Se trata de una fiesta más en un apartamento más. El motivo de la reunión también raya en lo común: es la despedida de alguien que pasará a ser emigrante. Otro amigo que se va, un algún talento que abrirá las alas en otros cielos. En la despedida estamos los que tenemos ese privilegio de ser llamados “gente cercana”. Con la mamá que de vez en cuando se va a la cocina para secarse lágrimas prófugas; el abuelo que también llegó a esta ciudad yéndose desde otra tierra; los tíos y tías dando consejos a quien partirá. Los hermanos y los primos son los únicos que faltan, ellos ya han partido por el lumbral del aeropuerto internacional con la mente rasgada de incertidumbre, aunque emocionados por la aventura. Tanta gente celebrando la nostalgia de un “nos vemos” indefinido, de un “hasta pronto” que en realidad tardará demasiado. Una escena de teatro que nos acostumbramos a repetir.

La cerveza fría refresca la tristeza, los pasapalos evaden la razón de por qué esa gente se encuentra allí. Cajas de libros selladas, se llevará solo unos pocos, otros serán regalados. Los objetos con recuerdos especiales han sido guardados también, ya casi no quedan vestigios de su paso en aquel espacio. Maletas desgastadas listas para el viaje, ellas más que ningún otro objeto anhelan partir hacia los aeropuertos. Es que las maletas no entienden, por ejemplo, lo difícil que ha sido la ruptura con la pareja que no se irá, al menos no todavía. A esas maletas egoístas no les interesa la idílica despedida que ocurre entre dos amantes separados por aquel destino injusto.

Todos se van, nadie se queda. Unos a tierras alejadas del calor caribeño de esta nación, a sitios lejanos en donde nieva cuando llega el invierno y no solo caen aguaceros grises y melancólicos como acá. De vuelta a la reunión, el papá pide hacer un brindis deseándole a su retoño que la providencia le guarde, entonces la mamá vuelve a la cocina para que sus ojos terminen de fundirse porque su criatura ya no estará bajo sus cuidados. La noche gira en torno a quien partirá con historias graciosas de la niñez, de la juventud, de cómo logró conocer a cada uno de los otros seres que ahora le dicen “cuídate”, “no dejes de escribir”, “tráeme algo cuando vengas… Bueno, si vienes”.

El protagonista de esta escena mientras tanto procura mantenerse con la frente en alto, esto no se le da muy bien, pero continúa en su intento por disimular. La idea de irse trajo la ilusión de una vida mejor pero también la pena del abandono. Recordará por siempre los paseos por plazas y parques, las idas a la playa, las algarabías con esos amigos que lo despiden. Se asoma un momento a la ventana del edificio y logra dar con cada detalle de aquel conjunto de cables y postes, de otros edificios que necesitan ser pintados y calles con huecos que, en conjunto, representan su ciudad. Anhelará en la distancia poder regresar. Pasará a ser otro transeúnte solitario con las manos en los bolsillos vahando por avenidas extrañas. Llevará en lo alto el pesar del extranjero que también sintió su abuelo en algún momento.

Yo soy el gato de esta familia. Al conocer las despedidas que se han dado en este edificio, puedo saber cuál será mi desenlace. Me quedaré solo, es cierto, solo cuando todos se hayan ido buscando futuro y nadie haya pensado en el presente de este lugar. Me quedaré por el capricho terco de ser desobediente ante la tragedia. De intentar hacer algo por este sitio antes de pensar que está perdido. Irónicamente así me crio mi dueño, ese mismo que ahora guarda un boleto de avión en el morral.

Un par de horas después la fiesta ha acabado y el hogar está en silencio. No hay tíos, mamás llorando o viejos compañeros. Lo que no se ha ido aún es la quimera de esta realidad compleja. Finalmente mi dueño se ha dignado a despedirse de mí y luego de unas palabras sentimentales  sentencia con un “te extrañaré”. ¡Ah, joven humano –le respondo entre maullidos–, yo también lo haré! Pero créeme: lucharé para que esto cambie y tú vuelvas algún día. Esa es una promesa que le hago a toda tu raza con mi corazón felino.