• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Seis preguntas a Marta Sanz

Marta Sanz

Marta Sanz

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

No tan incendiario describe un estado de la cultura dominada por una hegemonía invisible que está en los discursos, en la producción cultural y en el modo vigente de experimentar lo cultural. La reacción contra cualquier hegemonía es siempre compleja. ¿Cuál puede ser el campo de acción de un escritor? ¿Reaccionar, oponerse, es solo posible para escritores afines a la izquierda?

El campo de acción de un escritor es el de la posibilidad de transformar la conciencia y la sensibilidad propia y de los lectores a través del proceso comunicativo de la lectura y de la escritura entendidos como ocasión de aprendizaje. Tanto para el que lee como para el que escribe. Los textos literarios, sin mesianismos, pueden aportar lucidez a las sociedades en las que se inscriben. Pueden ser una lupa de aumento para evidenciar los aspectos de la realidad que no se quieren ver o que pasan desapercibidos, en su brutalidad, porque se han “naturalizado” y nos parecen normales o inevitables. Los escritores podemos meter el dedo en ese ojo. Yo prefiero meter el dedo en el ojo que metérmelo en el ombligo. Por otra parte, los escritores si lo consideran conveniente tienen la posibilidad de participar en el espacio público con acciones que no sean estrictamente literarias: pueden ir a una manifestación, afiliarse a un partido, participar en la resolución de los problemas de su barrio, integrarse en un colectivo… Actos que parece que “desmerecen” la condición del escritor, alado e incólume, al mermar su supuesta individualidad especialísima. Sin embargo, los escritores somos seres humanos con las mismas necesidades y debilidades que los otros seres humanos. No somos sacerdotes. Desempeñamos un oficio. Nos ensuciamos las manos. Nada más. 

En cuanto a la cuestión de la izquierda o la derecha, yo solo puedo hablar desde mis propios condicionantes históricos, culturales, sociales y sexuales: la derecha siempre se ha encargado de apuntalar el discurso dominante, el discurso del poder, profundizando la brecha de la desigualdad entre ricos y pobres, a través de la venta de las ficciones y mitos publicitarios del gran capital: por ejemplo, el mito de la igualdad de oportunidades y del hombre hecho a sí mismo. Esta fábula interesada demoniza al pobre, como si fuera tonto, y corre un tupido velo sobre la evidencia de que los grandes capitales son el producto de herencias no siempre legítimas, del monopolismo o directamente del latrocinio tal y como se ha puesto de manifiesto en la última crisis global. Y esto último no lo digo yo, sino Stiglitz, un economista estadounidense que fue director del Banco Mundial. La moral asociada a esa ideología económica está formada por una serie valores que, desde mi punto de vista, suelen cristalizar en moldes retóricos obsoletos, falsamente inofensivos, que no ayudan a que otro mundo sea posible, sino a perpetuar la ignominia tanto en el espacio público como en el ámbito privado, tanto en el espacio literario como en el político. Yo valoro mucho a los escritores que procuran, si no resolver, al menos reflexionar sobre sus contradicciones y sus miedos a través de prácticas literarias intrépidas que no reducen a mero espectáculo comercial la propuesta estética. Es decir, escritores que no se pliegan al neoliberalismo reproduciendo unos hábitos y géneros formales que son profundamente ideológicos, aunque nos intenten convencer de lo contrario: que son blancos, entretenidos, estimulantes, seductores, amenos. Tranquilizadores.

 

–Si fuese necesario retomar algunos de los referentes que la hegemonía vigente dejó atrás, cuyo resultado es el emborronamiento de la realidad, ¿Usted qué referentes invocaría? ¿Qué prácticas, qué lecturas? Por ejemplo, ¿nos aconsejaría volver a leer a Ibsen, Hugo, Dickens, Dostoievski, Roth y otros?

Menos a Roth, que no me interesa demasiado, yo aconsejaría leer a todos los que has citado y a muchísimos más que enumero en una ensalada cronológico-geográfica: Svevo, Pavese, Natalia Ginzburg, Giorgio Bassani, Marguerite Duras, Henry James, Ford Madox Ford, Thomas Wolfe, Sherwood Anderson, Faulkner, Virginia Woolf, Max Frisch, Böll, Coetzee, Galdós, Valle-Inclán, Cervantes, Murasaki Shikibu, García Márquez, Rulfo, José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Jorge Icaza, Alfonsina Storni, Tolstoi, Gogol, las hermanas Brönte, Conrad, Verne, Osamu Dazai…Yo creo que el conocimiento nunca estorba la interpretación literaria. No creo en el adanismo ni en la posibilidad de la inocencia a la hora de regodearse en el placer de la lectura. Cuanto más se sabe más se disfruta. Cuanto más se lee mejor se lee, porque como decía Spitzer “leer es haber leído”. Y también creo que no se debe despreciar a los jóvenes autores. Hay que estar atentos a esas voces. Oírlas.

 

–La cuestión de la razón –o de la excesiva racionalidad– está en nudo de varios debates. Baumann sostiene que un exceso de racionalidad explica el Holocausto. Canetti dice que ningún principio está tan envuelto de sacralidad como la razón. Martha Nussbaum dice que la racionalidad liberal está obligada a abrirse a las cualidades de las emociones. Usted escribe: “sin confianza en la razón estamos inermes para el ejercicio de la crítica frente a las cosas que realmente pasan”. ¿Podría comentar esta relación que Usted establece entre razón y realidad? ¿Acaso una relación de responsabilidad hacia la realidad?

Mi modesto intento de rehabilitar el concepto de razón ilustrada es una reacción directa frente a la filosofía de la posmodernidad que, ejerciendo la crítica contra la razón y los metarrelatos derivados a partir de ella, puso en práctica un discurso pragmático profundamente deshonesto, en tanto en cuanto la posmodernidad y el descrédito de la razón y las ideologías, el prestigio de la labilidad y el emborronamiento de los límites que separan la realidad de la ficción o la verdad de la mentira, son en sí mismos una aproximación ideológica a la realidad, uno de esos metarrelatos que la misma posmodernidad crítica. Reivindico el concepto de razón, la relación causa-efecto y la honestidad de quien sabe dibujar los criterios desde los que habla. No creo que la realidad se reduzca solo a sus lenguajes. La realidad no es solo el punto de vista con que se cuenta. La realidad no es solo un relato. En la realidad se producen acontecimientos y se dan situaciones que, más allá de la narración interesada de esa Historia que siempre cuentan los vencedores, no podemos emborronar con disquisiciones metafóricas: hambre, desigualdad, niños muertos en guerras, violaciones, desahucios, escasez, paro, violencia sistémica y sistemática… Nada de eso es virtual. No es un fake. No es un vídeo juego.

 

–¿Reconoce la nostalgia (algunas formas de nostalgia) como presencia en su pensamiento y, por ende, en sus ensayos?

No. Yo no soy una mujer nostálgica ni siento nostalgia de nada. La nostalgia es un dispositivo perverso que nos invita a convertir todo el pasado en eufemismo. Lo que sí me interesa es la memoria como herramienta de aprendizaje que se proyecta en el presente y en el futuro. Me parece que, sin memoria, no se puede avanzar y, en ese sentido, procuro no deshumanizarme con amnesias inducidas ni emborracharme solo de presente.

 

Quiero preguntarle por el estado de ánimo en que Usted escribe sus ensayos. Son especialmente llamativos por la calidad emocional que portan. Usted también es poeta y novelista. ¿Cambian su estado de ánimo, dependiendo del tema y el tipo de escritura que emplea en cada caso?

No sé si cambia mi estado de ánimo personal, pero desde luego sí que me preocupa el tono con que cada libro está escrito: a veces le soy fiel a un tono humorístico y quizá yo estoy muy triste; otras opto por un lenguaje rabioso y, sin embargo, yo atravieso o un momento de apocamiento; a veces mi crudeza literaria coincide con un instante de crudeza vital… En todo caso, la escritura es un oficio y yo lo que procuro es encontrar un lenguaje para cada una de las historias que escribo, y ser consecuente con esa elección más allá de mis cambiantes o monocordes estados de ánimo. En el caso de No tan incendiario quise reflexionar sobre mi experiencia y mis contradicciones como escritora en mi campo cultural. El libro tiene una apariencia fragmentaria, incluso dispersa, pero creo que todos los fragmentos se vinculan a través de un sólido hilo de nylon que es el resultado de muchos años trabajo y muchas vivencias. Como se dice al principio, No tan incendiario es más bien un poema, una visión lírica. No hay en el libro una aspiración académica, sino más bien esa mirada del flanéur, del paseante, esa subjetividad -puede que valiente- que define al ensayo como género de pensamiento.

 

–Los ensayos reunidos en “No tan incendiarios” son, me parece, de alta densidad: muchas ideas distribuidas en textos breves o muy breves. En su libro, hay una reivindicación del tiempo para pensar. ¿Tiene derecho un lector a demandar un tiempo más amplio para leer?

Creo de verdad que ése es uno los derechos fundamentales de los lectores. El tiempo para leer. La calidad del tiempo que se dedica a la leer. El tiempo que convertirá a los lectores en lectores de calidad. La no consideración de que el tiempo de lectura es un tiempo muerto o perdido o intrascendente, o de que de los libros no se aprende nada. A menudo de los libros se aprenden cosas dolorosas y creo que sería sensato sacar la literatura del almíbar de humanismo barato que la envuelve con cierta frecuencia. La literatura no es autoayuda y la reivindicación del tiempo para leer es un modo de anudar el lazo entre la cultura y la educación, y sacar la literatura, el cine, la música de ese cajón de sastre de un ocio que también se entiende, de un modo reduccionista, como tiempo de desinhibición o enajenamiento. A mí, como a mucha gente, con los libros también me encanta divertirme, desinhibirme, salir de mi realidad cotidiana, volar y echarme unas risas. Pero hay que recordar que los libros no son solo eso. Los buenos libros tienen muchas capas y muchas formas de ser leídos. Para sacarles toda su riqueza no está de más rumiar cada palabra, formularnos muchas preguntas, contrastar con nuestra propia vida los poemas o las narraciones, reformular nuestro punto de vista, relacionar con otros textos… Todo eso requiere tiempo. Y genera muchísimo placer.