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El predicador del sexo

Anaïs Nin y Henry Miller / Fotografía tomada de Internet

Anaïs Nin y Henry Miller / Fotografía tomada de Internet

Henry Miller estableció con Anaïs Nin “un largo intercambio epistolar en el que daba cuenta de sus vivencias, sus expectativas y su particular peregrinar por el oficio de la escritura y la pintura”. Ambos ofrecen argumentos particulares sobre el amor, el sexo y la literatura. Carolina Lozada se centra en la figura del autor

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“Mi vida no ha sido más que una deriva”, escribe Henry Miller en 1934, en una de las tantas cartas que destinó a Anaïs Nin. El americano desdeñoso de su país vivió un largo periodo en Europa, especialmente en Francia, donde conoció a Nin, con quien estableció un largo intercambio epistolar en el que daba cuenta de sus vivencias, sus expectativas y su particular peregrinar por el oficio de la escritura y la pintura: “comprendí que los problemas vitales son muy limitados, que eso es una pena, que la función de un artista es acrecentar esos problemas, causar cataclismos mentales, hacer que la gente se vuelva arisca y libre”. El autor de Trópico de cáncer llega a Francia en los primeros años de la década del treinta; en el París de ese entonces, los refugiados pisan las calles que antes eran transitadas por turistas. El escritor desconocido se siente parte de estos seres marginados: “Una necesidad común nos reunía a todos. Sólo los desesperados pueden comprender este tipo de comunión”.

Henry Miller vivió una vida precaria, admitió que pasó frío, que vagabundeó en las calles hasta considerarse prisionero de éstas, y más de una vez el hambre le hizo sismo en el cuerpo. La incertidumbre era la mayor seguridad en su vida, cuando lograba alguna estabilidad siempre temía que la sombra de lo incierto se cerniera sobre su cabeza: “lo peor sería que tuviera que compartir la cama de Fred o volver a mi antiguo programa de vagar de plaza en plaza y elaborar una nueva lista de casas en donde comer”. En medio de estas vicisitudes, el autor norteamericano daba clases de inglés, traducía y escribía con la voracidad de la exasperación: “Dios, qué enloquecedora es la idea de que haya de pasar siquiera un día sin escribir. Jamás, jamás lo recuperaría. Sin duda es por eso que escribo con tanta vehemencia, con tantas distorsiones. Es la desesperación…” La vida no la tenía fácil; sin embargo, insistió con la escritura porque su pasión era la literatura. Miller en algún momento llegó a decir: “creo que estoy enfermo de literatura”.

Poco a poco va conociendo gente que lo ayuda no sólo a publicar sus ensayos y sus textos como escritor fantasma, sino que también lo auxilia económicamente. Anaïs Nin será su ángel guardián, gracias a la escritora francesa él podrá contar con la tan preciada máquina de escribir. En ese entonces, las máquinas se podían alquilar, de modo que Miller tenía que aprovechar al máximo el tiempo en que tenía una de éstas en sus manos. Por mediación de Marcel Duchamp aparece la primera recensión sobre Trópico de Cáncer en la revista Orbes. Luego de un penoso camino, por fin los trabajos de Miller comienzan a ser publicados, además de traducidos. Frente al interés que han despertado sus libros, Miller se muestra expectante: “me siento como quien ha entrado en acción. Estoy rebosando de excitación y de nerviosismo con las entrevistas, con las cartas”. A pesar de la notoriedad, ciertamente underground, adquirida por el escritor nacido en New York, la censura en Estados Unidos lo mantenía vetado: Trópico de cáncer sólo podía entrar al país a hurtadillas, pues el Departamento del Tesoro lo había etiquetado como obsceno. Sobre esta situación el autor escribía a Nin: “No te molestes en luchar por mis libros, no creo que ninguno de estos editores comerciales americanos tengan los hígados o el poder para publicarlos. Puedo aguardar mi momento. Me publican en tantos otros países que ¿a qué preocuparse por la pobrecita América”. La primera edición de Trópico de cáncer había visto luz en 1934, luego de varios tropiezos por motivos financieros y algunos temores ante la censura francesa por parte de Kahane, su primer editor (un inglés radicado en París), quien después de leer el libro comentó que había leído “el más terrible, el más sórdido, el más terrible manuscrito” que cayera en sus manos. Es apenas en la década del sesenta cuando se levanta la sentencia a Miller por obscenidad; sólo a partir de entonces sus obras podrán circulan abiertamente en el país del autor, quien siempre defendió su libertad de escribir sobre sexo: “no me importa saturar mi obra con él –me refiero al sexo– porque no le tengo miedo y casi deseo ensalzarlo y predicar sobre él”. Como suele pasar, la censura incita: Henry Miller, el vagabundo antiamericano, el predicador del sexo, terminó imponiendo sus trópicos.