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De la poesía reciente en Venezuela

Contrario a lo que algunos puedan suponer, estos son días propicios para la publicación inmediata, ajena a todo rigor selectivo

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Joan Magarit, buen poeta catalán y excelente reflexivo acerca de la poesía y sus alcances, fantasea en sus Nuevas cartas a un joven poeta acerca de cómo sería, en estos días, si un aficionado a los versos se le acercara a Rilke para solicitar sus consejos sobre un material recién escrito. Lo primero que señala es que, seguramente, este joven aedo se presentaría con un librito ya publicado. Es decir, con un material terminado, avalado por alguna casa editora y la venia de los amigos y una crítica ausente. Obviamente, tal panorama surge (siempre según Magarit y lo secundamos) debido la facilidad en nuestros días para publicar.

En Venezuela, la situación no es muy diferente. Contrario a lo que algunos puedan suponer, estos son días propicios para la publicación inmediata, ajena a todo rigor selectivo. El Estado, a través de sus casas editoras, es el que más títulos lanza al mercado. Tanto es así, que al lector interesado por saber qué se está publicando en poesía en nuestra nación se le hace prácticamente imposible enterarse bien de ello. La explosión en esta área es tal que quien publica en El Perro y la Rana, por ejemplo, queda sumergido en el anonimato que dan las masas. No es este el espacio para discutir si tal hecho hace bien o mal a la poesía venezolana y no entraremos a dilucidar acá si vale la pena número tan exagerado de publicaciones: la inclusión puede descubrirnos nuevas y excelentes "plumas"; pero también, puede que sólo atinemos a contemplar un mar apocalíptico desde una orilla en la cual quedamos perplejos.

Por otra parte, cada vez más los "jóvenes" autores tienen a mano el recurso tecnológico y, quien menos, posee su propio blog o página Web. Si, en nuestro país, la publicación electrónica todavía está lejos del futuro promisorio que nos advierten, también es cierto que, en el caso de la poesía de los desconocidos, puede esta ofrecerse a la mirada de amigos y extraños.

Ambos casos (el de las publicaciones masivas y el de las que nos ofrece la tecnología) permiten colocar a los ojos del lector experto y también del casual (y a veces desprevenido) un producto. Lejos queda la opción de la carta (en el caso de Rilke y su angustiado joven poeta) o de los manuscritos que acercan los bisoños al poeta con trayectoria o al coordinador del taller para evaluar de alguna manera si eso que allí se lleva es poesía o, por lo menos, poesía con futuro. La duda de si se es o no poeta queda despejada de antemano y avalada por una publicación (¿publicaste un libro de poesía?, pues ya eres poeta).

Todo lo dicho hasta ahora es completamente debatible y no pretendemos sentar cátedra, sino tan sólo plantear inquietudes. La facilidad de publicación permite, de manera natural, que circulen muchos libros de autores noveles con suficientes detalles de ortografía, sintaxis o tipeo, que hacen que el libro quede descartado por la crítica (escasa, en su sentido estricto, por demás). Si a esto le sumamos lo de siempre: un periodismo literario complaciente o cercano al joven poeta, que pretende suscribir la calidad literaria del trabajo novel, y sellos editores que no filtran (porque desconocen) los libros con "rugosidades", entonces entenderemos por qué la joven poesía (el adjetivo no tiene que ver con la edad del aspirante a poeta) pasa por un periodo, este que estamos viendo, en el que hay que afinar más que nunca el ojo.

Estas publicaciones, desde nuestra perspectiva, presentan síntomas como los siguientes: poemas que no dicen nada porque no hay nada que "contar"; lenguaje pseudo poético, sustentado en clichés, frases hechas, y una idea poco ponderada de lo que es la desviación semántica; textos carentes de ritmo, melodía o cadencia (quiero decir trabajados); falta de conocimiento sobre los espacios en la página en blanco y, por ende, sobre la distribución de las palabras en esta (que, en la mayoría de los casos demuestran que los vocablos fueron esparcidos caprichosamente); poca conciencia de los significados primeros de las palabras y, por tanto, torpe manejo de su uso, entre otros sucesos adversos.

En algunos casos, los poetas recientes demuestran muchas lecturas previas (asimiladas, queremos acotar) y un sesudo manejo del lenguaje y la forma como presentan el contenido pero, de la misma manera y al mismo tiempo, este parece poco interesante, vacuo, pura "ficción" o demostración de virtuosismo verbal carente de sentido. Detrás del poema, bien escrito, cuidadosamente tallado, no hay nada de qué dar cuenta. Estos poetas zombis actúan casi mecánicamente, hacen la labor encomendada y nada más. Suelen salir de los talleres de creación, donde cumplieron su rol responsablemente, pero el fantasma de la vanidad así como el engolosinamiento ante la oportunidad para publicar, los hace presa y responsables (junto al editor, claro está) de lo que lanzan al ruedo de las publicaciones sin mayor conciencia de lo que están haciendo.

El espacio que se nos ofrece para estas divagaciones es (siempre es así) reducido. Por tanto, intentaremos ofrecer una corta lista de autores y libros que consideramos de feliz aparición en los últimos años.

Conjuntos de poemas que logran ponerse al margen de los detalles señalados como defectos. El Adalber Salas de Suturas; Alejandro Castro y su De vicios y fornicios; Francisco Catalano de I; Mariana Díaz y sus Putas metamórficas; Vaskén Kazandjián y su Invicto en la derrota; la Ruth Hernández Boscán de Gramática de las piedras; José Delpino y su Fanes; Leonardo González Alcalá el de Gesto quebrado; Claudia Sierich en Dicha la dádiva y Víctor Alarcón y su Mi padre y otros recuerdos. Libros que denuncian a un autor con cosas por decir y con un trabajo de lenguaje digno de considerar. La lista es brevísima y tanto estos poetas cuanto muchos ausentes en esta nómina se encuentran tramando lo mejor de la poesía venezolana de este siglo XXI que apenas comienza.