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Tres poemas de Wallace Stevens

El pasado mes de mayo, en nuestra sección de Aforismos, publicamos una selección de Wallace Stevens (1879-1955). El que haya recibido el Premio Pulitzer en 1954 habla de su trayectoria: fue una de las figuras fundamentales de la poesía norteamericana del siglo XX. Los tres poemas aquí seleccionados pertenecen a su libro “La Roca”, traducido por Daniel Aguirre (Editorial Lumen, España, 2008)

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EL SENTIDO CLARO DE LAS COSAS

Tras la caída de las hojas, volvemos

a un sentido claro de las cosas. Es como si

hubiéramos llegado a un fin de la imaginación,

inanimado en un savoir inerte.

 

Se hace difícil hasta elegir adjetivo

para este simple frío, esta tristeza sin motivo.

Se ha convertido la gran estructura en una casa menor.

Ningún turbante pasa por los suelos disminuidos.

 

Nunca al invernadero le había hecho tanta falta pintura.

La chimenea tiene cincuenta años y se inclina hacia un lado.

Ha fracasado un esfuerzo fantástico, una repetición

en una repetitividad de hombres y moscas.

 

Sin embargo, la ausencia de la imaginación tenía

también que ser imaginada. La gran laguna,

la claridad de su sentido, sin reflejos, hojas,

barro, agua como cristal sucio, expresando silencio

 

de algún tipo, silencio de una rata que se ha asomado a ver,

la gran laguna y el desperdicio de sus lirios,

todo esto tenía que ser imaginado como un saber inevitable,

requerido, como requiere una necesidad.

 

 

EL POEMA QUE OCUPABA EL LUGAR DE UNA MONTAÑA

Allí estaba, palabra por palabra,

el poema que ocupaba el lugar de una montaña.

 

Él respiraba su oxígeno,

aun cuando el libro estaba vuelto sobre el polvo de su mesa.

 

Le recordaba cuánto había necesitado

un lugar al que ir por su propio camino,

 

cómo había vuelto a componer los pinos,

apartado las rocas y andado con cuidado entre las nubes,

 

hasta hallar la atalaya que fuera la adecuada,

donde estuviera él completo en un inexplicado completarse:

 

la roca exacta donde sus inexactitudes

descubrieran, por fin, la vista hacia la cual habían avanzado,

 

donde pudiera echarse y, fijando los ojos en el mar,

reconocer su única y solitaria casa.

 

UNA CALLADA VIDA NORMAL

Su sitio, sentado y pensando como estaba, en nada

estaba que él construyera, tan frágil,

tan poco iluminado, tan cubierto de sombra y nada,

 

como, por ejemplo, un mundo en que, como la nieve,

se volviera un habitante, obediente

a ideas nobles por parte del frío.

 

Estaba aquí. Este era el entorno y la época

del año. Aquí, en su casa y en su cuarto,

en su silla, el más tranquilo pensamiento culminaba

 

consumido, y el corazón más viejo y más cálido lo cortaban

ideas nobles por parte de la noche:

tarde y a solas, por encima de los acordes de los grillos,

 

balbuceando, cada uno, la unicidad de su sonido.

Furia no había en transcendentes formas.

Pero su vela verdadera llameaba con artificio.