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Tres poemas de Stephen Dunn

Stephen Dunn

Stephen Dunn

Nació en New York, en 1939. Los poemas aquí ofrecidos pertenecen al libro “En otro momento”, galardonado por el Premio Pulitzer en 2001. Fueron traducidos por Andrés Catalán y Ben Clark, para la Editorial Delirio (2013)

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Arte

«Vissi d'arte», Callas cantaba en mi radiocasete

y, a solas en las primeras horas de la tarde, abstraído y tranquilo,

me vi en el papel de marido, de poeta, de gandul,

un desorientado vagabundo en casa y en el mundo.

Sabía que el clima podía distraerme,

atraparme con las estadísticas y los escotes.

Puccini, en cambio, debió haber vivido para el arte,

igual que Callas, lo cual fue la razón por la que sin duda

una pequeña lágrima se formó en un rincón

de mi ojo izquierdo, cierta forma de aplauso.

Momento justo en el cual el insensible reloj señaló

que el avión de mi mujer pronto tomaría tierra.

No quería moverme. ¿Fue Puccini

alguna vez arrebatado de un momento semejante?

¿Lo fue Callas? Lo fueron, obviamente.

Y no lo toleraron. O despotricaron igualmente

porque eran brillantemente egoístas,

o aquello que les ocupaba justo entonces fuera

algo mágico; sus vidas, de alguna manera,

un virtuosismo que no debía ser interrumpido.

En el exterior, el carillón empezó a repicar.

Seguro que la tormenta prometida iba a insinuarse,

y después virar al norte. Tenía que detenerme

a por gasolina. Tenía que hacer la cama que no había hecho

desde que ella se fuera. ¿Estaba el gato en casa?

¿Estaban cerradas las ventanas? Todo el camino

al aeropuerto traté de cronometrar el ámbar,

de superar al rojo. Aparqué en estancias cortas. Corrí.

Hombre de urgencias. Hombre de lo que luego,

con sentimiento, podría ser cantado.

 

La Fiesta

Enterré el pútrido cadáver del siglo

y resolví librar al mundo

de sus utopías y también de la grasa

que se había reunido alrededor de mi cintura.

 

Después besé a la adorable persona con la que estaba

y a otras a las que igualmente podría haber dado un puñetazo.

¡Qué ambiente tan festivo había en el mausoleo!

Incluso a mí mismo me apetecía bailar la tarantela

 

hasta el amanecer, hacer el amor desvergonzadamente al aire libre.

 

Algunos enemigos extendieron sus manos

y cuando el famoso sentimentalista habló

de su clima interior mi corazón se hundió tanto

 

que me serví un gran vaso de Glenfiddich solo.

«Houston», dije, «aquí Base Tranquilidad,

el Águila ha aterrizado». Y mi mejor amigo se rio.

Mientras tanto el siglo había empezado a revolverse

 

en su tumba; varios nos dimos cuenta.

¿No serían, quizá, sus mejores pasajes,

que daban un tirón para ser recordados? ¿Serían quizá

Churcbill, Kafka y algún otro puñado de aprensivos

 

asqueados por la hediondez que les cercaba?

Pero a estas alturas todos estábamos acostumbrados

a la injusticia. Seguimos festejando,

adentrándonos en la tabula rasa del nuevo siglo

 

como si de algún modo pudiéramos borrar nuestros pasados

mediante un sencillo avance,

como si, llegada el alba, no fuéramos a despertar

con la más amarga de las nostalgias.

 

 

Mientras enterraba a la gata

Su nombre era Isadora y, como todos los gatos,

era una máquina hecha de gomas elásticas

y músculo, paragón de los brincos

y el acecho, un genio del ocio. Diecisiete años.

El perro de un vecino le había partido la columna,

el dueño me llamó cuando vio mi coche

llegar a casa. Era algo ridículo

lo mucho que pesaba, la poca flexibilidad que tenía.

Desde hace años he sabido que confesarse

es decir aquello que uno no siente. Yo confieso,

por lo tanto, que no estaba enfadado con el perro,

un pastor alemán, que había visto algo extraño

en su propiedad. Me gustaría decir que sentía

una tristeza tan adormecida que me hacía ser una máquina,

con malos engranajes y un cableado defectuoso. Pero

estoy contando esto tres años después de los hechos.

Nada es realmente lo que fue

una vez que hemos logrado hacernos a la idea.

 

Detrás de nuestra casa hay una parcela, medio acre

de hierba decente para hacer volar un frisbee.

La enterré allí. Mi intención era hacerlo

antes de que los niños regresaran de la escuela,

de que mi mujer volviera del trabajo. Cogí la pala

del cobertizo. La tierra no cedió

sin resistirse. Puse varias piedras encima,

al estilo de las pirámides, un rudimentario mausoleo. Son

estos instantes privados con los que solemos enfrentarnos,

intrascendentes para todos menos para nosotros. Pero entonces

no pensaba en eso. Quité algo de tierra de la pala

de una patada, la devolví al garaje.

Recuerdo haber sentido esa extraña satisfacción

que solía tener tras trabajar en el jardín, al quedar,

para variar, alguna prueba del trabajo que hacía.

Recuerdo que después del golpe, tras sus llantos,

supuse que me felicitarían.