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Papel literario

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Tres poemas de Philip Levine

Levine (1928) es un poeta norteamericano, de origen judío, históricamente vinculado a España, país donde vivió durante algunos años. Una antología recién publicada por la Editorial Visor (2014), recoge sus poemas que, en mayor o menor medida, tienen a España como motivo o referencia. La traducción y el prólogo están a cargo de Andrés Catalán

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El hogar del silencio

El sol invernal, dorado y exhausto,

se aposenta sobre un irregular ejército

de botellas. Afuera los camiones

se apretujan hacia la carretera despejada,

afuera transcurre una tarde de sábado,

y jovencitas vestidas de negro pasan

cogidas del brazo. Este bar,

es el hogar del silencio, y brindamos

a la salud del silencio sin levantar la voz

a la antigua usanza. Brindamos por las puertas

que no se abren, por las cuatro paredes

que cierran los ojos, las manos que trabajan,

los dedos que cuentan monedas, los pies

que suman diez dedos. A medio camino

como estamos entre nuestro trabajo

y el descanso, sentimos la súbita paz

del vino y la agonía del pan duro.

Colón partió de aquí hace 30 años

y jamás escribió a casa. En sábados

así aún llaman al teléfono preguntando por él.

 

La voz de mi hermana

Adormilado en mi silla, oigo

una vez que hace temblar la ventana,

el mismo grito agudo de terror que una vez escuché

por primera vez junto al Guadalquivir

cuando me despertaron el viento y la lluvia

y llamé a alguien que no estaba allí

y escuché una respuesta. Eso fue en España

hace veintiséis años. La voz la suya,

la de mi hermana, y ahora llega de nuevo

para preguntarme cómo nos va sin ella.

Aquella noche junto al gran río

me vestí a oscuras y dejé a solas

a mi familia y caminé hasta que llegó

el alba, helándome, por el borde este

de las montañas. No hallé respuesta,

o nunca aprendí a preguntar, pues

el viento se contesta a sí mismo si esperas

lo suficiente. Sopla a un lado,

luego a otro, los árboles se doblan, se

levantan, la hierba alta se ondula y se inclina,

a todas las voces que alguna vez oíste

las oyes otra vez hasta que te das cuenta

de que no has oído nada. Y, así, aguardo

inmóvil, y mientras el aire se calma

mi pequeña, perdida hermana se tranquiliza,

tan tímida como lo fue toda su vida.

Recuerdo regresar aquella noche

a Sevilla, pasados los depósitos de trenes,

tratando de aferrarme a cada palabra

que ella había pronunciado aunque las palabras

se escaparan de mi boca. Los motores de la máquina

humeaban con el frío. El centinela

con una gorra marrón se incorporó

para despertarse, y sin un solo fuego,

ningún grito humano y ningún pájaro,

el día amaneció sobre todas las cosas.

 

La búsqueda de la sombra de Lorca

He visto la ladera. Una ligera brisa que se mueve

por entre las hojas de los olivos. Sí,

este es un poema sobre una muerte histórica,

estaría incompleto si no hubiera una ladera

poblada de olivos, sus hojas volviéndose

plateadas cuando las sacude el terral.

La tierra, con lo que me refiero al suelo, al barro,

es de un gris metálico cubierto aquí y allá

por un polvo arcilloso que puede, o quizás no,

moverse con la brisa. Las hormigas van y vienen

haciendo su tedioso trabajo. Están vivas,

se ocupan de los asuntos de sus vidas,

construyen sus viviendas,

se abastecen, comen lo mejor que pueden.

No recuerdan a la víctima.

Ni siquiera conocieron su nombre, ni la voz,

que resuena todavía en otras voces diferentes,

ni el pelo oscuro que le caía sobre un ojo,

ni sus enojos ni sus celos,, ni su cuerpo

vestido con gastadas prendas de algodón hechas a mano.

(Si estuviera aún con vida podría mirar detenidamente

la camisa ensangrentada, contar los puntos

que sujetaban los puños, y decirte, “No,

esto no es obra de mi abuela”).

Olvida las hormigas, son solamente hormigas,

aunque ellas estén vivas y él no,

aunque sin duda si pudieran se lo comerían,

si en realidad quedara algo por comerse;

aquí los huesos están tan limpios como la porcelana

pues la tierra hace ya mucho tiempo que se comió todo

lo que podía comerse. Pero antes persona a las hormigas

o no llegaremos a nada en esta inútil búsqueda

de la oscuridad que fue y la oscuridad

en que se convirtió. Es agosto. El sol del mediodía

se derrama por este paisaje despiadado

que observó con sus miles de ojos escondidos

en los troncos hendidos y debajo

de las piedras grises y no hizo nada. Alguien

escribió, “El crimen fue en Granada”,

aunque en realidad sucedió aquí entre las hormigas,

las piedras, el polvo, los olivos, la fruta caída, las botas

de hombres armados, los gritos de mujeres y hombres

donde ahora hay solamente silencio y ninguna

oscuridad que podamos llamar suya, de Federico.