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Tres poemas de Philip Larkin

Philip Larkin

Philip Larkin

Inglaterra, 1922-1985. Es una de las voces fundamentales de la poesía inglesa del siglo XX. Pocas veces un poeta de su categoría ha logrado, además, ser leído masivamente. Editorial Lumen (España, 2015) ha publicado recientemente “Poesía reunida”, que ofrece sus libros más importantes

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Piel

Obediente vestido de diario,

no siempre eres capaz de mantener

esa superficie joven e infalsificable.

Debes memorizar tus arrugas:

cólera, diversión, sueño;

esas pocas y repelentes señales

 

que delatan ese viento constante

y cargado de arena: el tiempo;

has de volverte gruesa, convertirte

en una vieja bolsa

que lleva un nombre gastado.

Resécate entonces; sé áspera; pellejo;

 

y perdóname por no haber

encontrado, cuando eras nueva,

ninguna hermosa fiesta

en la que lucirte,

tal como corresponde a la ropa

hasta que la moda cambia.

 

Los grandes almacenes

Los grandes almacenes que venden ropas baratas

ordenadas sencillamente por tallas

(Punto, Ropa de Verano, Medias,

en tostados y grises, marrones y azules)

evocan el mundo de lunes a viernes de aquellos

 

que salen al alba de sus casitas pareadas

para fichar en fábrica, taller u obra.

Pero más allá de las pilas de camisas y pantalones

se extienden los puestos de Todo para la Noche:

bodies y minisaltos de cama de nailon

 

bordeados a máquina, finos como blusas,

color limón, zafiro, verde musgo, rosa,

se pavonean en grupo. Suponer

que comparten ese otro mundo, pensar que en él

hay algo comparable a esas prendas, demuestra

 

lo distinto y lo enigmático que es el amor,

o las mujeres, lo que hacen,

o parecen ser en nuestros juveniles

e irreales deseos: sintéticas, nuevas

y artificiosas en sus éxtasis.

 

Estudio de los hábitos de lectura

Cuando meter la nariz en un libro

me curaba de casi todo menos de la escuela,

valía la pena destrozarme la vista

y saber que podía hacerme el chulo

y soltarles el clásico gancho de derecha

a unos tipejos asquerosos que me doblaban en tamaño.

 

Luego, ya con gafas de culo de vaso,

me dedicaba a hacer de malo:

yo, mi capa y mis colmillos

nos la pasamos bomba en la oscuridad.

¡A cuántas mujeres aporreé con mi sexo!

Las destrozaba que parecían merengues.

 

Ahora ya no leo mucho: el tipo

que decepciona a la chica antes

de que llegue el héroe, el cagueta

que se queda al frente de la tienda,

me resultan demasiado familiares. Dale al frasco:

los libros son un montón de mierda.