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Cuatro poemas de Mori Ponsowy

Ponsowy nació en Buenos Aires en 1967 pero vivió casi toda su vida en Caracas. Ha publicado dos libros de poesía, tres novelas y dos libros de entrevistas. Entre otras distinciones, ganó el Premio Nacional de la Secretaría de la Nación Argentina por su poemario “Enemigos afuera” y el Premio de Novela Letra SUR 2010 por su novela “Abundancia”. Estuvo en Caracas a principios de junio, donde presentó su novela “Busco un amigo” y el poemario “Cuánto tiempo un día”. Desde hace unos años está de regreso en Buenos Aires, pero espera partir pronto hacia otro puerto

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Podemos tratar

Podemos pronunciar cada conjuro;

encender el incienso en fe;

mezclar en la dosis justa

los ingredientes del mejor trago;

elegir las copas; vigilar las horas,

cuidando que no escape

la única propicia.

Más

no podemos:

nada garantiza que el incienso

ascienda en línea recta;

que el perfume de las flores

no llegue rancio al cielo;

que nuestras plegarias no se desvíen

hacia ese único lugar

que cambiará su signo,

para golpearnos

en el centro mismo de los sueños.

 

Cuánto tiempo un día

¿Cuánto tiempo puede durarnos este día

si cuando arremeten las olas

lo barren todo: la sombra de las casas,

la arena de los sueños, el vacío

de los vanos en las puertas?

 

¿Cuánto, si al andar tropiezo

con pozos de cangrejos, y caigo

hasta el otro lado del mundo,

allí donde mis brazos

no se pegan a tu cuerpo?

 

Aspavientos del olvido.

Aspas del agua

que enmascaran la nada

de tanta tarde de domingo

que siempre llegó a lunes,

de tantos días idos

en la avalancha de las olas

que vienen y se van,

inclementes siempre.

 

Como las horas.

 

A orillas del caístro

Un hombre está sentado junto al río, y espera. 

Cuántos hombres antes esperaron frente al mismo río,

junto a esas aguas, que son y no son las mismas.

El hombre, también, es y no es el mismo.

 

El río pasa sin prisa junto al hombre, y calla.

Cuántas de sus gotas navegaron otros ríos.

Cuántos de sus átomos nacieron en el corazón de otras estrellas.

 

Electrones y protones diminutos que surcaron soles y galaxias,

y recalaron un instante en esta orilla, para seguir cruzando

caudales sin descanso, acequias, vertientes, nubes

y, de ahí, de nuevo, a otra ciudad, otro país,

otro planeta, y otro tiempo.

 

Todo fluye, todo pasa, nadie se baña dos veces en el mismo río.

Y, sin embargo, ahora, en este preciso instante, un hombre

 está sentado junto al río. Es un hecho. Y el hombre espera.

 

¿Piensa en el río? ¿Piensa en el viaje del agua

desde el principio sin principio de los tiempos?

 

También él viene de otro lugar

y de otras gentes que, como el río, tienen su historia.

Tampoco él se detendrá aquí. El río es un paso, solamente.

La vida, un paréntesis entre orillas.

 

Le gustaría creer

Los gestos del amor no son el amor.

Son gestos. Ella lo sabe bien. Aun así,

le gustaría creer en ellos. Creer

que esas manos que toman su rostro,

que esos ojos que la miran tan de cerca

por la noche, tienen algo que ver

con el amor. Le gustaría creer

que en el temblor de ese cuerpo

junto al suyo hay algo más, algo distinto,

del impulso que lleva a un perro

a acoplarse con una perra en plena calle.

¿Será así? ¿Habrá un poco de amor,

tal vez? Quizá esos ojos que la miran

no podrían mirar así a cualquiera. Quizá

esas manos, para acariciar tan dulcemente,

pidan un rostro en algo parecido al suyo.

¿Y ella?

¿Qué hay de sus propios gestos?

Los gestos del amor

no son el amor. Son gestos.

Lo sabe bien. Cuánto le gustaría

creer en ellos.