• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Cuatro poemas de Miguel Casado

Nacido en 1954. Es poeta, ensayista, traductor y editor. La selección aquí ofrecida pertenece a “El sentimiento de la vista” (Editorial Tusquets, España, 2015), colección de poemas de sosegada y honda voz que alcanza a reinventar la relación de los sentidos con cuanto le rodea

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I

En cualquier momento vamos

a quedarnos sin luz, entrará

el agua por la ventana. Así se ha ido

moviendo lo negro hacia lo más negro

por el espesor del cielo. No vuelan

los vencejos. No sé si los ruidos

de la ciudad se han vuelto meteoros

y explotan en el aire,

en algún lugar de los montes.

Con uniforme azul

barre una mujer las aceras

del jardín, prepara el polvo

para el sorbo de lluvia

que aún no cae.

 

II

Espero que la semana empiece

mirando las paredes de ladrillo

y el movimiento de los paraguas, las gotas

que golpean con fuerza sobre las mesas

apiladas en el exterior, dos niños

cruzan en patinete, van

así al colegio con mochilas rojas.

Lo que llena la vida

y es con ella nada, año, lo que

es todo, intensa ruina, juego

de sombra. El camarero coloca

las tartas del día, y yo me adapto

a mi papel: escribo en la mesa

de madera, mirando la lluvia,

de buena mañana. Como si un poeta

europeo pudiera ser intemporal.

 

III

Vengo de un país que tiene

su corazón en ruinas, anoto

mentalmente las casas hundidas,

las placas que conmemoran

lo que no hay. No vuela la avutarda,

y alguien ordeno cubrir

con una capa de hormigón el pequeño

cementerio en un lado del claustro,

sus losas silenciosas. Caso de higiene, dijo,

y era el hilo de la vida y la muerte,

solo el verde intenso del campo

atravesó los siglos. Tampoco los nombres

se recuerdan de quienes decidían

los derribos. Una tradición

en ruinas, a cencerros tapados,

anoto los que no fueron dóciles.

 

IV

Traigo a la mesa el zumo

de naranja en los vasos

levemente azulado. De su propia

energía parecen que manaran burbujas,

con lentitud se saborean, las fibras

blandas de pulpa, la acidez

estimulante. Levantamos

el paréntesis del vaso, recuerdo

de la tarde de primavera, el limpio

perfil de los cipreses, que está

ahí mismo, donde no estamos.

Como si la llamáramos a nosotros,

le dijéramos que nos espere.