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Tres poemas de Michael Hamburger

Tal como lo ha contado W.G. Sebald en uno de sus textos, Michael Hamburger huyó de Alemania en 1934 y se estableció en Inglaterra. Allí se convirtió en uno de los grandes divulgadores de la poesía alemana, como traductor extraordinario de Holderlin y Celan. Nació en 1924 y murió en 2007. Los tres poemas aquí ofrecidos pertenecen a “La vida y el arte”, la antología publicada por la Editorial Lumen, España, 2013. La traducción fue realizada por Matías Serra Bradford

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Mudanza

Perdida, la tierra mira hacia otro lado,

la luz en la huerta vidriosa

como los ojos de nuestra gata blanca

que antes de que llegaran las camioneta

se recostó allí y murió,

dejando a la última de sus muchas crías

en un matorral de zarzas, sin destetar,

los pelos erizados, protestando.

Y ella a quien enterré allí

va merodeando por el pasto alto.

 

Ella pertenece a la mole negra del olmo,

el verde como plateado de los manzanos

el viento tenue que trae

los mugidos de las vaquillas

del campo en el que nació;

sus prados son de suelo áspero, revuelto,

el cobertizo para ordeñar y el granero están en desuso,

las bisagras de los portones rotas;

más allá las colinas, sus hayas

amontonadas y acurrucadas, gruesas nubes.

 

En la media luz tardía, la tierra

nos deshereda por completo.

De ramas viejas como un siglo

por primera vez, por última vez

caen peras demasiado maduras.

 

Con el rabo en el aire, husmeando,

las orejas paradas, sordas a mis llamados,

de una casa vacía

hacia el jardín del erizo, del búho,

sale caminando una gata blanca

 

 

OXWICH

Vasto  paisaje de viento: la arena modelada

como las olas, en montículos,

pero más altos, bordados, en círculos,

para conservar el calor en cráteres

amurallados contra el viento.

Del mismo modo el abedul y el fresno se inclinan,

sucumben al liquen, a la sal,

una deformación, un deterioro prematuros;

las zarzas se arrastran, agazapadas

para salvar sus escasos frutos,

aquí son intrusos, aunque abundantes

más atrás donde los árboles altos se amontonan

y el recorrido del viento se termina

contra la roca y la lluvia de la ladera de la colina.

 

Extenso paisaje de mar, entrecruzado

con diversas tierras.

Agua fresca e convierte en salmuera

desde la piedra caliza pasando por el pantanal hasta la grava

y el más exuberante gorjeo

del mirlo, el zorzal entre hojas cálidas

se confunde el silbido del zarapito

con el del ostrero, ondeado por el viento

sobre la orilla poco profunda las pisadas,

los restos de garzas, de gaviotas.

 

Deja de lado el castillo allá en lo alto,

oculto y aquí ajeno,

mientras acampantes beben una mañana

demasiado agridulce para animarlos

aunque el viento y la lluvia se refrenen,

y una jungla de yuyos exhale

una riqueza terrosa más allá de los médanos.

Invitados a una boda peligrosa

honrada a diario, cancelada,

caminan en suspenso, cerca

de torbellinos, de acantilados escarpados,

y no regresarán cuando el zorro

vaya con pasos largos, ladeados, sobre el hielo.

 

 

Viaje interrumpido

Se trataba de un regreso,

se iba a tratar

de la celebración de un regreso

a un país

no visitado por largo tiempo,

apenas recordado,

 

a las costas de más de un mar,

a las numerosas islas,

a montañas, ríos que fueron sagrados,

roca árida y la matriz húmeda

del ciclamen, de la anémona.

 

Para estar allí

necesitaba testimoniarlo con apuntes,

los viejos y los nuevos, para reconocerlo,

busqué la pequeña libreta negra

en el bolsillo: perdida.

Y mi lapicera

(no usada durante treinta años)

cayó, torciéndose la pluma

de tal modo que la tinta no habría fluido

aunque hubiera habido papel.

 

Y a pesar de que seguí viaje,

a través de tierras y aguas,

en ningún lugar fui a tientas, a ciegas.

 

Solo las ovejas

que de a una, desparramadas, bajaron

las empinadas laderas de las colinas más lejanas

eran las mismas que en rebaño

bloquearon la calle de la ciudad,

detuvieron el tráfico

que ahora no era de carruajes.

solo las ovejas, que lograron pasar

descendieron de a una,

le devolvieron un nombre a ese lugar.