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Tres poemas de Marosa
di Giorgio

Poeta de culto, Marosa di Giorgio (1932-2004) nació en Uruguay. Además de poeta con una extensa y personalísima obra cuestionadora de los roles sociales, que incorpora elementos de la naturaleza a su diálogo con los lectores, ha incursionado como autora de prosas eróticas. Los poemas aquí seleccionados pertenecen a “Medusario”, la antología de poesía latinoamericana realizada por Roberto Echavarren, José Kozer y Jacobo Sefamí (Fondo de Cultura Económica, México, 1996)

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Las tardes de la casa cuando ninguna hablaba y parecía que sí. O mi madre parlando sola allá en la alcoba; y yo igual. El inenarrable jardín de alelíes: varas en rojo azul brillante. Lo feroz era tener seis años y al mismo tiempo treinta; todos los dramas de la casa acaecían dentro de mí.

Y las sombras altísimas, misteriosas, que se desprendían de la pared, andaban como personas, y al día siguiente volvían a aparecer ante mis miradas aterradas.

Las clavelinas y el perfume exquisito, el ensoñado rosa, donde los arácnidos tenazmente prendían su pedrería. El picaflor espejeando sobre la olla de miel, ¡y la olla con arroz! Mi madre, al verle, inventaba un poema, que guardaba en el aire, que nunca escribía.

Ésta es la historia que no tendrá fin.

***

La vaca vino a hablar con mi padre. Él la recibió en su escritorio. La vaca hablaba con ronca voz, en nombre de sí y de las otras vacas.

Recordó el día de hielo en que nacía, la madre que la bañaba y le dio la leche, el cyclamen que trajo en las sienes al nacer, como reflejo de su sino triste, del cuchillo.

Afuera están el Jazmín del Paraguay, todo nevado de azul, azúcar y rocío, y las tortugas andando inmóviles bajo el plato, serias y despreocupadas.

La vaca hablaba con ronca voz, en su nombre y en el de las otras vacas. Papá le miró el áspero mantón y los redondos zapatos naturales.

Mamá y sus primas se asomaron a escuchar.

La vaca miró a papá con ojos color de agua.

Papá bajó los suyos, sin prometerle nada.

***

Empezaron a caer mariposas, redondas, chicas, con más hojas de las necesarias, color verde manzano, manzana muy verde, rosa leve, rosa granate. Caían por toda la mesa, las sillas, el piso y el sofá. Caían afuera y adentro, perpetuamente.

Haciendo un rumor de hojas secas, de papeles; parecían hablar entre ellas. Llegaron del este, en bandadas; del sur, en grandes bandas; del oeste, en polvareda; del norte, en llamaradas.

Hasta que bajaron al caldo y a los platos. Dimos un grito. Y nos acostumbramos a que formaran parte del caldo. La abuela —tan diestra— las trató con azúcar y las ponía sobre los postres, integrándoles.

Mamá las cosió —porque se podía—, en los ruedos; e hizo con ellas guías, mosquiteros y coronas.

Unos dijeron que no íbamos a sobrevivir.

Otros dijeron que era una gran desgracia.

Otros que era una desgracia fina y exquisita.

Y otros gritaron que simplemente no era cierto.

Que veíamos todo eso porque ya estábamos muertos.