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Tres poemas de Louise Glück

Poeta y ensayista (Estados Unidos, 1943). Su obra como poeta ha sido reconocida con los más importantes premios de su lengua: Pulitzer, William Carlos Williams, Premio Nacional de Poesía y muchos otros. Los poemas aquí seleccionados pertenecen a su libro “Vita Nova” (Editorial Pre-Textos, España, 2014)

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Ley no escrita

Interesante cómo nos enamoramos:

en mi caso, absolutamente. Absolutamente y, ay;

            con frecuencia,

así fue mi juventud.

Y siempre de hombres bastantes infantiles-

inmaduros, huraños, que pateaban tímidamente las hojas

            muertas

a la manera de Balanchine.

Tampoco los veía como versiones de la misma cosa.

Yo, con mi inflexible platonismo,

mi encarnizada visión de una sola cosa en cada momento:

me pronuncié contra el artículo indefinido.

Y sin embargo, los errores de juventud

me quitaron la esperanza porque se repetían,

como suele suceder.

Pero en ti sentí algo más allá del arquetipo:

una expansividad verdadera, un optimismo y un amor

            por la tierra

totalmente ajenos a mi carácter. Es mérito mío

haber bendecido en ti la buena fortuna.

Haberla bendecido absolutamente, a la manera de aquellos

            años.

Y tú con tu sabiduría y su crueldad

me fuiste enseñando la falta de sentido de ese término.

 

El vestido

Se secó el alma.

Como un arma arrojada al fuego, pero no del todo,

no hasta la aniquilación. Sedienta,

siguió adelante. Crispada,

no por la soledad sino por la desconfianza,

el resultado de la violencia.

El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,

a quedar expuesto un momento,

temblando, como antes

de tu entrega a lo divino;

el espíritu fue seducido, debido a su soledad,

por la promesa de la gracia.

¿Cómo vas a volver a confiar

en el amor de otro ser?

Mi alma se marchitó y se encogió.

El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado grande

            para ella.

Y cuando recuperó la esperanza,

era una esperanza completamente distinta.

 

Eurídice

Eurídice volvió al infierno.

Lo difícil

fue el viaje, que

al llegar se olvida.

La transición

es difícil.

Y moverse entre dos mundos

lo es especialmente;

la tensión es muy grande.

Una travesía

llena de arrepentimiento, de añoranza,

que en el mundo apenas podemos

imaginar o recordar.

Sólo durante un momento,

cuando la oscuridad del averno

la envolvió de nuevo

(suave, respetuosamente),

solo durante un momento pudo

ver de nuevo una imagen de la belleza

de la tierra, belleza

por la que sufría.

Pero vivir con la infidelidad humana

es otra cuestión.