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Tres poemas de Ida Gramcko

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Plegaria

 

No te puedo nombrar. No tienes nombre. Eres lo que se siente. Nunca lo que se explica. ¡Oh mi Absoluto Amado, a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite! Perdóname la antigua reflexión.

 

No eres lo que se piensa. Eres lo que se ama. No eres conocimiento sino sólo estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito. No eres la razón sino el amor.

 

De la mano del Ángel yo he ascendido a tu hallazgo que nunca es un concreto tesoro sino continuamente un descubrimiento inenarrable. El Ángel, a mi lado, sintió también intensa, más intensa que nunca, más intensa que con algo o con alguien, esa visión de inmensidad. Como con nadie, no porque cada caso es singular, sino porque aquel acto fue más hondo que todos los suyos, como si recibiéramos de pronto un advenimiento de infinito.

 

Y es inútil pensar en encarnarte. Eres lo que nunca se puede encarnar ni nombrar porque sólo nos juntas las manos y nos haces doblar las rodillas.

 

Déjame sentirte, ¡oh infinitud, oh zona inmensa, dimensión sobrehumana, oh mi Dios, siempre con la piel deslumbrada tanto que el cuerpo se me vuelva luz! Déjame estupefacta, arrebatada y déjame que vibre para siempre con la palpitación mía e íntima.

 

Quisiera ser aquella que permanece, atónita, ante ti. La que no sabe de tu nombre, la que no sabe de tu forma, una ignorante estremecida. Y que así sea.

 

 

Los Estetas

 

Lo único que hacemos es aceptar la ráfaga, pero esa aceptación ya mide el ritmo y hasta lo desorienta. Porque somos las víctimas creadoras, una fragilidad que se ensimisma, una ceniza infiel que se retrae, un polvo que, al erguirse, lleva su esclavitud a la proeza.

 

Quizás cuando el gran soplo nos arrastra, tiene que descartarnos un segundo. Quizás entonces percibe que hay algo que le cansa como un ala más densa. Somos entonces como un aire erguido. Pues lo único que hacemos es comprender que nadie nos pregunta y, sin embargo, dar el cúmulo como si fuera una respuesta.

 

Porque lo único que hacemos es comprender que nadie nos distingue, que nadie nos señala, pero entregarnos, como una antigua herida imprescindible, como si nos llamaran, ya no desde la muerte sino desde la súplica, ya no desde el instinto sino desde el amor.

 

Lo único que hacemos es socorrer lo estricto para que se humanice la indigencia.

He allí nuestra modestia maliciosa. Porque existe un vacío que se exalta, y hay una muerte que se cree legítima y hasta un prurito honrado en la intemperie. Y allí es donde pesamos. Allí donde hay andrajos sin hechizo, allí donde hay cadáver sin acción ni agonía, allí es donde pesamos y estorbamos como residuos plenos de reserva.

 

 

Los Héroes

 

El polvo es nuestro fijo patrimonio. Una herida, una edad son las señales de quien resiste a solas, aparte y en un sitio, su abolengo. Y porque estamos dibujados, como un hosco relieve sobre el polvo, éste se nos olvida... Y ese olvido se imparte, prodigando. Allí un jardín, allí los pétalos que se abren y que sólo sostienen un polvo que se estrella.

 

Y porque reflejamos lo legado, pero en medalla mesurada y pulcra, el polvo se revela y se retrata, curtiendo ese semblante que lo bruñe, con el cambio, la duda y la experiencia.

 

Pero la herrumbre tiene quien la limpie. Y entonces el olvido es un mandato.

 

Alguien que se descubre inexorable atisba un ancla oculta en el suceso.