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Un poema de Stephen Spender

Virginia Wolf decía de Spender: “un poeta enorme”. Inglés, Stephen Spender (1909-1995) es colocado junto a W.H. Auden, como una de las dos figuras fundamentales de la generación inglesa de los años treinta que cambió el rumbo de la poesía. También junto a CyrilConnolly fue creador y director de la mítica revista “Horizon”. El largo poema aquí seleccionado pertenece al libro “Ausencia presente y otros poemas”, traducido por Eduardo Iriarte (Editorial Lumen, España, 2007)

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Exiliados en su tierra, la historia su domicilio

La historia tiene lenguas

tiene ángeles tiene armas –ha salvado ha ensalzado–

hoy proclama

logros de sus exiliados de regreso mucho tiempo atrás

ya sin desarraigo, por quienes su página impresa

torna vidriosa la magulladura de sus años perdidos en un

compensativo cielo presente.

 

Fíjate cómo sus muertos, cual estandartes

desplegados por su costa, son rodeados por las olas:

los laureados del exilio, se arrodillan para besar estas arenas.

 

Allí se cuentan los amigos de la libertad. Uno que

dentro del elemento del verano sin fin,

como una hoja en ámbar, petrificado por la luz,

estudiaba la raíz de la acción. Uno en un altillo

leía libros como si quebrara pedernales. Algunos se reunían

en lugares secretos con lujosas colgaduras rojo intenso,

y todo en derredor la nieve de lenguas extranjeras.

Uno, un poeta, iba murmurando cual fuente

por los parques. Todos eran el hazmerreír de los niños.

Todos tenían el semblante pálido y desaliñado de plantas de

[interior

expuestas a un sol demasiado violento.

Ahora todos estos

apuran sus justos elogios de copas de olas;

y las transparentes luces de aumento

purifican el logro de sus vidas

con cadáveres humanos cual palabras en la historia

por sus voluntades escritas.

 

Sus hazañas y decesos son pájaros. Detienen la invisible

velocidad de nuestra mirada ausente a través del cielo.

En el pigmento de pasado teñido de la imaginación

comen y vuelan y moran.

 

Su tiempo y su tierra son la muerte, pues todo

declara y resiste y los

aúna con lo que su voluntad logró. Nosotros, que estamos

[vivos, parecemos

exiliados de ellos, más vivos: pues soportamos

un perpetuo invierno, esperando

la primavera que tornará nuestra dureza en flores

en contraste con sus justos y estivales cielos.

 

Nuestros cuerpos son el hierro en lingotes y el metal fundido

que fueran antaño los suyos, antes de que la muerte vaciara

sus voluntades en esos moldes signatarios...

 

Sin embargo, en la fluida simplicidad pretérita

de aquellos que ahora regresan

para saludarnos y aconsejarnos y prevenirnos

sin ofrecernos su amor, sino como ejemplos,

¿dónde reconocemos

su semejanza

con nuestra errante incertidumbre actual?

¿Qué milagro divide

nuestro objetivo de nuestra debilidad? ¿Qué dirime

nuestra vigilia de nuestro sueño y nuestros actos

de la locura? ¿Quién reconoce

nuestra imagen por la cabeza y los ojos aplomados

y las manos que moldean, y no las vergüenzas ocultas?

¿Quién esculpe

nuestros actos, voluntades y días como historia

y nuestra semejanza en estatuas

que caminan por arboledas con quienes nos precedieron?

¿En qué medida estamos justificados?

 

Oh, pronunciad con vuestras lenguas

de ángeles, disparad vuestras armas -oh, salvad y elogiad-

reclamadme del exilio de la vida, dejad que me sume

a quienes ahora se arrodillan para besar sus arenas,

y dejad que mis palabras restituyan

su mensaje impreso, laureado, victorioso.