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Un poema de Otoniel Medina Torrealba

Otoniel Medina Torrealba (1990) se ha desempeñado en los ámbitos de la producción musical y teatral. El poema aquí ofrecido pertenece a su libro Los roces domésticos, publicado por la Editorial Eclepsidra, Caracas, 2014

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Instrucciones para adiestrar a un gato negro:

 

Míralo entrar

lentamente en el hechizo

en lo que cada cosa hace de nosotros a la hora de dormir,

extenderse a lo largo del hombre y la mujer

cuando se aburre y emprende una sonata de Chopin sobre el

piano.

Verás que tan sólo se trata de un gato.

Que no tiene sentido sacarlo a la calle

para alterar el discurso.

Que si hoy no te ha sorprendido en alguna esquina,

quizás, un orgasmo hecho de ciclos lunares,

un amor compartido entre la noche y la mujer,

entre el hombre y sus plegarias.

Será como nosotros a la hora de dormir,

hasta darnos cuenta de que nunca hubo uno,

nunca una caricia sobre el lomo,

ser el único augurio.

Siempre habrá una esquina

donde un gato negro se pasee contigo

o ruede imperturbable sin coartadas,

sin lo precario de pasearse

justo cuando te sorprenda, a través de la cornisa,

o en el dorso de un libro que ya no se dejará leer por las noches.

Debemos ser otra,

un ámbito más secreto y breve,

donde se guarden las más penosas alegrías.

Y si éste pasa de largo sin mirar,

puede que no nos sirva de nada acariciarle el lomo.

Que aunque ya no nos sorprenda mirarlo

y el cuerpo sea una sonata de Chopin sobre el piano,

aún titubeemos ante su sigilosa forma.

Un vía crucis o el mismo juego de las bolas de estambre,

extendernos a lo largo del hombre y la mujer.

Míralo entrar lentamente en el hechizo

verás que tan sólo se trata de un gato

que ahora se ha subido al tejado.

Y si se tiene pensado usar una escalera,

pasemos primero por debajo de ella

dos o tres veces para asegurarnos.

No vaya a ser que esté mal puesta y se nos venga encima,

así hasta olvidarlo

y no reconocernos más en esos hombres y esas mujeres.

Ellos se pasean por la cornisa y se caen,

suben al piano y no ameritan tocarlo,

pisan despacio

casi siempre a la espera del traspié

cuando los sorprende un gato negro.

Pero ellos no,

los gatos giran, saltan,

son como nosotros a la hora

y luego se duermen absortos.

No obstante los llevan,

los pasean arduamente,

hasta que acaban siendo uno en cada cosa que poseen.

Un orgasmo hecho de ciclos lunares,

un amor compartido entre la noche y la mujer,

entre el hombre y sus plegarias.