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Un poema de Herman Broch

Herman Broch (1886-1951), era vienés: poeta y narrador. Tras renunciar a manejar los negocios de su padre se dedicó a estudiar filosofía, matemáticas y psicología. En 1938 fue detenido por los nazis, pero logró huir a Estados Unidos, donde vivió el resto de su vida. El poema aquí seleccionado pertenece al libro “En mitad de la vida”, traducido por Montserrat Armas y Rafael-José Díaz, Ediciones Igitur, España, 2007

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Mitad de la vida 

Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas,

y lo que digo sucede en un discurso perdido o

en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido,

y ese miedo que invade al hombre cuando descubre

que grito y eco, gesto y comprensión, todo lo habitual,

es como algo regalado para siempre que de repente puede extinguirse, y que él

               está solo

en la mitad de la vida.

Constantemente nos atrapa el río del principio y del fin, una y otra vez,

apenas ya un río, ya sólo una corriente, apenas ya una corriente,

ya sólo una caída, pues sin orilla, sin desembocadura, sin fuente

se echa a rodar vacilante el silencioso murmullo,

ningún cielo lo cubre con su bóveda y ningún suelo lo sostiene,

ninguna mirada divina descansó jamás sobre él: ni principio ni fin, más allá terrible

del alma, su luz, su oscuridad, fundidas en la ola de lo indistinguible.

 

¿Dónde se separan la desembocadura y la fuente ?, ¿dónde el ser y el no ser?,

¿allí donde Jacob liberó al ángel?

Oh, hombre en mitad de la vida,

nadie se lamenta contigo por el lenguaje perdido,

nadie, por el mundo creado, por el regalado y roto de nuevo,

nadie se lamenta contigo por el amor, por el regalado y huido de nuevo,

por la estrella apagada, por la sonrisa apagada. Pues ya ni siquiera nadie es,

ni nada ha sido. Tú, sin embargo, cegado y empujado por las olas,

no oyes ya tu propia queja, tan mudo es su lamento,

y más mudo aún su eco en las paredes y los barrancos de las aguas.

¿Por qué, oh, por qué sigues luchando contra las olas que ruedan?,

¿tienes esperanza y aún esperas, como si hubiera espera en el tiempo sin tiempo?,

¿por qué no desfalleces feliz y cansado, hundiéndote feliz en el silencio que fluye ?

¿Sigues espiando, ciego, a la estrella apagada?

Nunca centellea para ti,

de ninguna orilla llega respuesta y en ningún astro se te hace visible el cielo,

ninguno te satisface el anhelo ciego con la mirada que conoce, ninguno

la esperanza en la agitada soledad.

Feliz y doloroso fue tu primer despertar, fue el primer don del resplandor,

más doloroso y más feliz fue el nuevo enlace del día con la oscuridad de la noche,

feliz fue quien retornó a la ceguera.

Pero más poderosa es la certeza, inexplicable el destino humano

de engendrarse a sí mismo, divino el ojo del ser, y separar de nuevo

en el latido del corazón su luz, sus tinieblas, la esfera sublime de los patriarcas.

Pues preñado del tiempo está lo intemporal y preñada del renacer,

el alma intemporal. Y sobre el seno infinito de las aguas, más infinito aún,

se arquea el esquejo de lo incomprensible para siempre, el esquejo del origen y

y del paisaje entretejido, recibiendo y ofreciendo en la calma tardía

               del mediodía la copa dorada del otoño.

Mutismo de la madurez, el silencio del que conoce. Y tú ya no entiendes

el lenguaje en tu boca ni las palabras de otro tiempo, pero tan clara e intacta, como si fuera un grito desde la otra orilla del lago, sopla expuesta al sol del mediodía la voz olvidada de la niñez, y desde una

sombra más fresca, desde el esquejo oscuramente verdoso bajo las montañas

suena la canción de la vejez, la agitación sosegada.

Desembocadura y fuente del alma, su pregunta y su respuesta intemporal, así caen

los días y las olas giratorias de la noche en la copa dorada, y, apacible,

en el arco de siete colores se tensa el borde celestial sobre el paisaje

de la mañana a la noche sagradamente renovado, creado de nuevo,

creación de los amantes

que caminan en él. Sólo entonces, terrenal su luminosidad a pesar del luminoso

             universo,

descubres la muerte casada con tu vida, aunque separada de la vida, la descubres

como una estrella de la sublime esfera infinita, eco de tu ser que sonriente satisface tu

             anhelo,

transformado en sosegado mirar: y mano con mano del alma amada y amante,

oh, mitad de la vida, escuchas contemplando la canción de tu vejez:

el lenguaje reencontrado.

 

(1934)