• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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No podía ser de otra manera

Piezas de dominó caen frente a la puerta de Brandenburgo como acto simbólico que celebra el 20mo aniversario de la caída del Muro de Berlín en 1989 ׀ Foto AP / Gero Breloer

Este discurso fue pronunciado en la Universidad Católica Andrés Bellos el año pasado por el Director Ejecutivo de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas.160 Kilómetros de oprobio. 26 años, 2 meses y 26 días de Muro de Berlín a los 26 años de su caída

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Quiero agradecer a todos ustedes y a los patrocinadores de este encuentro por la singular oportunidad de hacer este repaso histórico por la insensatez y el esplendor con el que tarde o temprano responde la realidad y sus imperativos. También para tener conciencia de que todas estas utopías se solazan en el sufrimiento, la persecución, la tristeza, el oprobio y la muerte de individuos que tuvieron que vivir su vida en condiciones tan adversas, tan carentes de sentido, tan sumergidas en la circunstancia de ser masa, nada más que masa sumergida en intereses fatales de los que detrás del discurso redentorista escondían una voraz e implacable ambición de poder.

Luego de sesenta y nueve años cayó la Unión Soviética. ¿Alguien podía pretender que era sostenible ese experimento estatista, centralista, policial y prepotente que intentaba gobernar desde Moscú una extensión de 22.400.000 Kilómetros2, (poco más del doble de Estados Unidos) una sexta parte de la superficie terrestre del planeta.

Para julio de 1991 habían 293 millones de individuos sufrientes, que nunca habían experimentado libertades, cuyas garantías eran solo sobrevivencia miserable, presas del terror, víctimas de la vigilancia panóptica, recelados las 24 horas del día, enzarzados en un orden social lleno de suspicacias, atemorizados por la posibilidad poco remota de que terminaran siendo parte del exterminio sistemático administrado con fervor burocrático por el Gulag, la Dirección General de Campos de trabajo. Un dato: El total de muertes documentadas en el sistema de campos de trabajo correctivos y colonias desde 1934 a 1953 ascienden a 1.053.829 personas.

Claro que la represión de Estado tenía su ordenamiento legal. El Artículo 58 del Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia definía que “La acción contrarrevolucionaria es un acto encaminado a derribar, subvertir o debilitar el poder de los trabajadores y campesinos soviéticos...y gobiernos de la URSS, los Soviets y las repúblicas autónomas, o subvertir o debilitar la seguridad exterior de la URSS, principalmente la económica, política y los logros nacionales de la revolución proletaria”.

No estaba limitada a los actos antisoviéticos: cubría “la solidaridad internacional de los trabajadores”, y otros “estados de trabajadores” estaban protegidos por este artículo. El inventario de los supuestos delitos era muy detallado:

  1. Traición: Pena de muerte o 10 años de prisión, y en ambos casos, confiscación de la propiedad.
  2. Traición por militares: Pena de muerte con confiscación de la propiedad.
  3. En el caso de huida del autor de la traición: Sujeto al apartado 58-16 (militares únicamente), sus parientes serán condenados de 5 a 10 años de prisión con confiscación, o 5 años de exilio en Siberia, dependiendo de las circunstancias: si son cómplices o sabedores, y no lo denunciaron, o simplemente convivieron con el autor.
  4. No denunciar la traición de un militar: 10 años de prisión. No denunciar a otros, estará sujeto al artículo 58-12.
  5. Levantamiento armado o intervención en los objetivos de tomar el poder: hasta pena de muerte con confiscación, incluyendo el reconocimiento formar de “Enemigo de los Trabajadores”.
  6. Contacto con extranjeros: En los casos de ser “con propósitos contrarrevolucionarios” (tal como se define en el apartado 58-1) estarán sujetos al apartado 58-2.
  7. Ayuda a la “Burguesía Internacional”: Cualquier tipo de ayuda a la “burguesía internacional” en la que no sea reconocida la equidad del sistema político comunista, intenta su derrocamiento: La pena es similar al apartado 58-2.
  8. Agresiones contra la URSS: El que insta a cualquier entidad extranjera a declarar la guerra, a intervenir militarmente, a bloquear, a capturar propiedad estatal, a romper relaciones diplomáticas, a la ruptura de tratados internacionales y otras acciones agresivas contra la URSS, será penado según el apartado 58-2.
  9. Espionaje: se castigará según lo dispuesto en el apartado 58-2.
  10. Sabotaje en la industria estatal, transporte, circulación monetaria o sistema crediticio: Así como cooperar con sociedades y organizaciones, con propósitos contrarrevolucionarios (tal como se define en el apartado 58-1), debido al correspondiente uso de las instituciones estatales, o bien por la oposición a su normal funcionamiento, serán castigados según lo dispuesto al apartado 58-2.
  11. Terrorismo: La realización de actos terroristas contra representantes del poder de los Soviets o de las organizaciones de trabajadores y campesinos, serán castigados según lo dispuesto al apartado 58-2.
  12. Daños: La realización de daños al transporte, comunicaciones, suministro de agua, almacenes, otros edificios de propiedad estatal o comunal con propósitos contrarrevolucionarios, serán castigados según lo dispuesto al apartado 58-2.
  13. Propaganda y Agitación: Los actos de propaganda y agitación antisoviética y contrarrevolucionaria, serán castigados por lo menos con 6 meses de prisión. En tiempo de disturbios o guerra, serán castigados según lo dispuesto al apartado 58-2.
  14. Complicidad: Cualquier tipo de organización o apoyo a acciones relacionadas con la preparación o ejecución de los delitos antes mencionados, se igualan a los mismos y serán perseguidos de acuerdo a los correspondientes artículos.
  15. Omisión de denuncia: No denunciar una “actividad contrarrevolucionaria” será castigado con por lo menos 6 meses de prisión.
  16. Zaristas: La lucha activa contra el movimiento revolucionario por personas zaristas y miembros de “gobiernos contrarrevolucionarios” durante la Guerra Civil, serán castigados según lo dispuesto al apartado 58-2.
  17. Sabotaje Contrarrevolucionario (añadido el 6 de junio de 1937): definido como una consciente omisión de acción u omisión en la ejecución de tareas encomendadas, encaminadas al debilitamiento del poder del gobierno y el funcionamiento del aparato del estado, estará sujeto a la privación por al menos un año de libertad, y bajo especiales circunstancias agravantes, podrá elevarse la pena a la más alta medida de protección social, la ejecución con la confiscación de la propiedad.

Tras la muerte de Stalin, se redujo drásticamente la supresión de disidentes y la represión tomó nuevas formas. Insisto, lo que ocurrió es que la represión mutó e incluso se hizo más siniestra por inaprehensible. Los críticos internos del sistema estaban condenados por agitación anti-soviética, difamación anti-soviética o como "parásitos sociales". Otros fueron calificados como enfermos mentales, con esquizofrenia progresiva y, por tanto, fueron encerrados en psijushkas o psikhushkas, esto es, en hospitales psiquiátricos utilizados como prisiones por las autoridades soviéticas. Varios disidentes notables, incluyendo a Aleksandr Solzhenitsyn, Vladímir Bukovski y Andréi Sájarov, fueron enviados al exilio interno o externo.

Puede que nunca se conozca el número exacto de víctimas y sigue siendo un tema de debate entre los historiadores. En todo caso, el costo por miedo, la aplicación del terror, la especialización en el control necesariamente les hacía perder vitalidad para lo realmente esencial.

Pero no solamente eso. ¿Alguien podía pensar que era posible que tuviera alguna probabilidad de mantenerse una coalición de países, administrada centralmente, sin mercado, sin propiedad plural y sin libertades, que se extendía desde la Unión Soviética para abarcar Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, Rumanía, Albania y Yugoslavia? Ellos pagaron muy caro el viejo apotegma capitalista de que “no hay almuerzo gratis”. Y al final pagaron la factura.

El futuro luminoso no fue sino un mal espejismo. El escritor ruso Yuri Borev comparó la historia de la URSS con un tren en marcha. “El tren se dirige hacia un futuro luminoso: Lo conduce Lenin. De pronto: stop, se han acabado las vías. Lenin apela a la gente pidiendo que trabaje horas extras los sábados; se colocan más vías y el tren puede continuar el viaje. Después se pone a conducirlo Stalin. Y también se acaban las vías. Stalin manda a fusilar a la mitad de los revisores y los pasajeros, y obliga a colocar a los demás vías nuevas. El tren se pone en marcha. Jruschov sustituye a Stalin, y cuando se acaban las vías ordena desmontar las que el tren ha dejado atrás y colocarlas delante de la locomotora. Jruschov es sustituido por Brézhnev. Cuando vuelven a acabarse las vías, Brézhnev dispone que se corran las cortinas de las ventanillas y que se balanceen los vagones de tal manera que los pasajeros crean que el tren continúa en marcha. Llegaron así a la época de los Tres Entierros (Brézhnev, Andropov y Chernenko) en la que los pasajeros ni siquiera tienen la ilusión de que van a alguna parte. Pero el tren vuelve a arrancar en abril de 1985. Este, sin embargo será su último viaje. Durará seis años y medio. En esta ocasión el maquinista se llama Gorbachov y la locomotora lleva pintados dos lemas Glásnot y Perestroika.

De repente el régimen se había vuelto todo anacronismo. Para 1985 la crisis del sistema comunista era sobre todo la crisis del socialismo real y de su capacidad para seguir modelando. La confrontación en términos de progreso y libertades se había perdido. Reagan, Thatcher, Kohl y Juan Pablo II fueron un cuarteto de estadistas claros y audaces que no le dieron cuartel a lo que ya era una experiencia agonizante.

Hay una frase de David Landes que viene a propósito: “El fracaso endurece el corazón y empaña la vista”. Nunca mejor demostrado que en el experimento comunista. El afán de negar y de evitar es antológico. Sustituyen la realidad por los enemigos y por la propaganda.

Un testigo excepcional de esa trama fue a Ryszard Kapuscinski. Tres años de recorrido por el vasto territorio de la Unión Soviética le bastaron para escribir la crónica de la imposibilidad comunista. Más allá de Moscú, pero sin dejar de incorporarla, toda la inmensa y supuestamente imbatible burocracia centralmente planificada, padecía de una creciente parálisis. Nada era como aparentaba. Ni la fortaleza de su industria militar, ni los cuadros de inteligencia y control político funcionaban. Tampoco sus líneas aéreas, ni sus ferrocarriles, ni su logística de abastecimiento.

La gente comenzó a entender que todo el aparato estatal era un inmenso fraude que utilizaba a la violencia como último recurso de convicción. El muro de Berlín se derrumbó ante la evidencia de que la administración centralizada de la vida y de los sueños de la población había encallado en el hambre, la corrupción y la más portentosa incapacidad.  Y todo eso era cierto a pesar del poderío nuclear y que alguna vez sus cohetes habían surcado el espacio sideral.

Lo que vio el periodista polaco fue una sociedad triste y sin ilusiones. Resultaba paradójico que a pesar de los Comité Central de Planificación nadie pudiera prever cuando llegaba el próximo avión, y si alguna vez iba a llegar. En ese tiempo pudo constatar que lo único que quedaba era una sociedad petrificada por la incapacidad y forzada a seguir confiando todas  las dimensiones de su vida a la supuesta eficiencia del  partido comunista, suprema ilusión de libertad e igualdad. Debía confiar a pesar de que no había un solo dato de la realidad que le confirmara una sola de las promesas y porque cada ciudadano se debatía en un dilema irresoluble que, por muy poco, lo mandaba a padecer una larga estancia en un campo de concentración para la reeducación y el exterminio de cualquier idea disidente. Como sabemos ese experimento duró exactamente sesenta y nueve años. ¿Qué falló?

El experimento soviético fracasó en la planificación de la felicidad. Intentó administrar las expectativas ilustradas que le conferían al hombre una inmensa capacidad para proporcionarse el progreso, pero erró en los medios utilizados. No entendieron que la libertad no se podía programar. Nunca apreciaron que la libertad significa antes que nada la posibilidad de actuar al margen del control y de la coerción de la violencia legítima o no. Como no lo entendieron procedieron entonces a crear un gigantesco aparato de control policial para hacer valer la libertad de los ciudadanos. ¿No resulta paradójico? Terminó ocurriendo que la palabra más temida y más perseguida fue precisamente esa. Buscando la libertad y manifestándose contra la opresión de los pueblos, los comunistas rápidamente llegaron a la infamia del estalinismo. Ese fue el guión que luego administraron con furor los que vinieron después.

El Muro de Berlín cayó aunque por estas calles el gobierno se resista a reconocerlo. Y se derrumbó bajo el peso de los controles y las expectativas creadas alrededor de la economía planificada y la persecución de la propiedad privada. Ambos errores revolotean ahora por los cielos de Venezuela gracias a la ingenuidad contumaz de los que creen que ellos si van a ser capaces de organizar una sociedad donde lo económico y lo social se reduzca a lo previsto en el plan. El país va por su décimo sexto año de socialismo, y por el tercer plan socialista. El actual, el Plan de la  Patria es grotescamente sincero en sus objetivos. Sus resultados no pueden ser otros que los que hemos obtenido, y que en su momento lograron los soviéticos: inflación, escasez y estancamiento económico, pobreza de oportunidades y la inseguridad que nos está matando. Un total fracaso en término de realizaciones.

Una trampa y un pecado

No sé por qué al referirme al comunismo me vienen a la mente algunos pasajes del libro del Génesis. Dos son cruciales a la hora de imaginarnos lo que significó perder la gracia del Paraíso. El primero de ellos, la inmensa capacidad de disposición que Dios le otorga al hombre recién creado en el versículo 28 del capítulo 1: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad…”. El segundo es la interpretación que finalmente se impuso en la incipiente humanidad y que ocasionó su perdición. Ante la angustia que comenzaron a sentir por la única restricción que les suponía respetar al “árbol que está en el medio del jardín, nos ha prohibido Dios comer o tocarlo, bajo pena de muerte” (Génesis 3, 3).

Esta vez fue la serpiente, el animal más astuto de cuanto Dios había creado, la que en conversación con la mujer, la que señaló el camino. “Nada de pena de muerte, lo que pasa es que Dios sabe que en cuanto comáis de él se os abrirán los ojos, y seréis como Dios, versados en el bien y en el mal” (Génesis 3,5).

Mi tesis es que en el origen de la conciencia del hombre siempre ha estado presente una falsa interpretación y un vicio. Someter y dominar se transformó en algún momento en un ansia irredenta de transformar el mundo, de ir más allá del ser humano histórico, y de creernos propicios para “planificar las condiciones más favorables del orden extenso” ese que es el producto de los hombres en interacciones complejas, y no del hombre como aprendiz de demiurgo. El pecado fue pretender que uno podía asumir el reto de los muchos. La tentación fue estirar mucho más allá de lo razonable el cómo podíamos interpretar el mandato original. Ser como Dioses suponía la tentación de crear de nuevo al mundo, de crear al hombre nuevo (alejado de las imperfecciones que producen sus ganas o sus motivos), para abrirle cauces a ese cielo nuevo y tierra nueva, donde la justicia siempre brillará.

La herencia más dramática de la Ilustración o el dilema del “hombre nuevo”

Rousseau denunció los resultados del castigo, y expuso las condiciones para salir de la situación de injusticia. Con una facilidad pasmosa pero elementalmente falaz denunció que lo que era originalmente de todos, no podía pasar a ser de alguien con exclusividad. Que de la propiedad surgía la opresión. Que por supuesto, la opresión se había institucionalizado a través de un contrato originario oprobioso que debía resolverse en un momento posterior, donde desde la ciudadanía, el imperio de la ley y la vigencia de la voluntad general, se superara el antiguo desorden para que en su lugar primara el imperativo de la igualdad. Solo que, para que esto funcionase tal y como lo había previsto el filósofo ginebrino, debía surgir el hombre nuevo, liberado de sus pasiones, y extremadamente virtuoso. Sensible, independiente y libre. Creo que fue Tzvetan Todorov el que al respecto sentenció que nunca habíase visto un pueblo corrompido volver a la virtud.

Y es que el afán por el hombre nuevo aquilatado por la virtud, apolíneo y desprendido, desganado, y sin motivación alguna para conjugarse en primera persona del singular, feliz de sumergirse en las aguas del nosotros, esconde una posibilidad siniestra en su propia imposibilidad de ser, y su suplantación por algunos que tan hábiles como la vieja serpiente, justifican todo lo que puedan hacer en adelante porque son los presupuestos necesarios para lograr la condición perfecta de igualdad y libertad. Libres e iguales.

Por lo visto los hombres somos expertos en tergiversar. Porque en un principio los ilustrados previeron un margen de libertad en tanto que creadores de un orden legal al que todos se sometían por igual. Libres en la misma medida que desafiaban de esa manera el despotismo y la arbitrariedad regia. Iguales como miembros libres de una comunidad política. Claro, quedaba pendiente la reivindicación heroica, romántica y justiciera de los menos afortunados. Quedaba pendiente la tarea de “la nivelación, el aplanamiento, la equiparación” que bien temprano exigió como víctima propiciatoria cualquier vestigio de libertad en aras de “favorecer a los que no podían ser libres porque habían sido odiosamente perjudicados”. Había que hacerle justicia a los pobres que no habían podido tener “acceso justo” a la riqueza, o a los beneficios de la riqueza. Nos topamos con el difícil problema de la justicia, de cómo conseguir un nuevo eufemismo que pasó a llamarse “justicia social”.

El problema subyacente del orden extenso

¿Puede el hombre recrear al mundo para volver a las condiciones edénicas previas al pecado original? Parte del problema es que ese dilema nos encontró con el mundo hecho. Imaginemos el siglo XIX, un mundo enfilado hacia el industrialismo y seducido por la capacidad transformadora de la máquina. Un mundo que el hombre asumió como parte de sus tareas, pero sin la resignación medieval del “Dios lo quiso”. Un mundo que podía ser cambiado radicalmente. Y que efectivamente progresaba en el reconocimiento de derechos (Hannah Arendt propuso siempre que la esencia de la política se asentaba en el reconocimiento de entre los diversos para lograr la convivencia). Ese reconocimiento de los “derechos humanos” nunca prescindió del hombre histórico y de sus limitaciones. Ese reconocimiento de los derechos políticos, sociales, de los pueblos y de los de tercera y cuarta generación, insisto, nunca prescindieron ni forzaron al hombre histórico. No requirieron del hombre nuevo y ficticio, pero lograron que el hombre real se fuera progresivamente perfeccionando. De hecho, la industria se puso al servicio del hombre, de sus necesidades, y por qué no decirlo, de los hombres.

Pero la tecnología, que eliminó el oprobio y la desigualdad abyecta entre siervos y el poderoso (aquel que detenta el poder y lo usa a discreción aun en contra de todos) nunca ha servido para ir más allá, hasta el punto de transformar radicalmente la lógica del funcionamiento del “amplio orden de cooperación humana” que conocemos como capitalismo (afán de lucro – rentabilidad y organización racional del trabajo formalmente libre). El pecado consiste en “creer que no existen límites en cuanto al desarrollo futuro de las aplicaciones de técnicas o de ingeniería social” para dirigir y determinar el orden social.

El pecado consiste en pretender que por la vía del “racionalismo constructivista” se puede sustituir el curso de la historia y la inmensa complejidad de la que surgen normas sociales e instituciones políticas y económicas. En dos platos, el error de origen consiste en creer que lo que los hombres en sociedad no han podido resolver, sí lo puede lograr una camarilla de hombres iluminados y empoderados para afectar sustancialmente el presente con la vaga promesa de lograr exactamente lo contrario en el futuro.

La trama del apocalíptico

Como nosotros bien sabemos luego de dieciséis años de experimento socialista progresivamente implantado, el socialismo es sobre todas las cosas un estancamiento decimonónico. Baste leer literalmente el discurso oficial para apreciar cuanta dificultad tienen los rectores ideológicos del proceso para asomarse al debate intelectual de la segunda mitad del siglo pasado. Ayn Rand los hubiera equivalido a esa mezcla monstruosa de Atila y los hechiceros. El hombre fuerte, capaz de saltarse cualquier obstáculo formal y soliviantado por un atajo de chamanes recipiendarios de “antiguas teologías” y muy pero muy viejos discursos. No se puede ser marxista, o peor aún, rousoniano sin ser profundamente anacrónico e inmensamente divorciado de la realidad.

Pero no cabe duda que hay una búsqueda atávica por lo perdido que no deja de ser atractivo. Y que sigue siendo una trampa irracional aun cuando se presente como racional y capaz de organizar un constructivismo plurifásico que nos coloque en la circunstancia de la condición perdida de gracia. Hace algunos años conversé estas ideas con la que en aquel tiempo era la directora de la escuela de Ciencias Sociales, la Dra. Lissette González, y mientras yo le recitaba mis ideas en borrador, ella con un simple gesto me señaló la dramática imagen del barrio que hace fondo y conciencia a la trama de la UCAB. Me decía ella, y con razón, ellos están allá, carentes y escasos en posibilidades.

Esa trompada moral encierra una falacia. Porque sí, están allá, y lo único que garantiza esta revolución “justiciera, revanchista y socialista” es que allí se queden. Me explico: La desigualdad es usada como estandarte contra “el sistema” para rebatirlo, para revolcarlo en el supuesto chiquero de sus propios crímenes, y sin embargo, dieciséis años después, cincuenta años después, setenta años después, allí siguen, pero ahora agravados por el ensimismamiento de un programa de gueto, “Barrio adentro” que termina siendo una alcabala para impedir la salida, como la delincuencia, el fomento de la delincuencia organizada, la expansión de las mafias de las drogas y esa lógica inherente al discurso y al sistema, que “obliga poco a poco a la sumisión”, por ahora.

Seguimos en su momento en la siempre grata y nutritiva conversación con Lissette. ¿Faltan escuelas? ¡Faltan! ¿Faltan empleos? ¡Faltan! ¿Falta salud? ¡Falta! ¿Faltan viviendas? ¡Falta! Y sin embargo la revolución está engatillada en una promesa de acabar con un régimen de injusticia, para lo cual debe allanar la fase destruccionista descrita por von Misses, para que sobre las ruinas probablemente surja un nuevo orden. Los liberales creemos que mejor es construir las escuelas que faltan y en general asumir el reto del bono demográfico, y generar las condiciones para que surja con toda su fuerza telúrica el espíritu emprendedor del venezolano. Pero eso es apostar a la libertad y creer que es fútil seguir insistiendo en la fatal arrogancia de creer que podemos sustituir el orden extenso e inexplicable que nos ha traído hasta aquí. ¡Ellos, los socialistas, no pueden con eso!

¿Por qué nosotros? El caldo espeso del resentimiento

La pregunta que deberíamos responder es si luego de la caída del Muro de Berlín murió el comunismo. Creo que se anticipó Francis Fukuyama al anunciar el fin de la historia. Se equivocó porque apostó a la economía y no a la libertad del individuo. Se equivocó al despachar anticipadamente a las ideologías, como si la única valiosa fuera la que precisamente fue derrocada por la fuerza de las circunstancias. Son a mi juicio dos cosas sustancialmente diferentes. Ya sabemos que nosotros estamos embarcados en la infeliz circunstancia de repetir la historia como tragedia y como farsa. Y también sabemos que como siempre la hipercrítica, el afán por lo perfecto y el resentimiento son partes integrantes de este caldo espeso de insensateces que paradójicamente se vende como una pócima racional.

Y que como un Atila Randiano se enfurece porque afanosamente busca a un hombre que no va a conseguir simplemente porque nunca ha existido. Nunca ha existido un hombre sin ese rasgo que Hobbes describió como pasiones y que al final Parsons acotó como motivaciones. En cualquier caso al hombre se le conjuga en primera persona, se realiza en su yo, se complementa en un quiero, poseo, tengo, deseo que le resulta imprescindible. Nos guste o no, este hombre histórico encuentra en la ética del egoísmo un conjunto de virtudes que lo describen mucho mejor que las consignas altruistas que cargamos a cuestas como una culpa. Son la racionalidad (en términos de propósito, de proyecto de vida autónoma), la  independencia, la integridad, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo las virtudes de Atlas. El resentimiento es lo que hace de Atila el dueño de unas hordas sedientas del saqueo y la reivindicación por la vía de los hechos de fuerza.

Atila no puede entender que no hay forma de lograr lo que persigue si para eso tiene que ocasionar males a muchos para beneficiar a otros tantos. Esa es la trampa, la poderosa tela de araña que transforma todo ese discurso en un esfuerzo inútil por arrogante, por insensato. Al final el resentimiento que busca la venganza se encuentra sometido nuevamente a la tragedia y la farsa de repetir la historia de oprobios de la que creyeron salir. Lamentablemente el comunismo no desaparecerá mientras esa sea la cruzada más perversa de la que se puedan servir los tiranos. No desaparecerá mientras subsistan los prejuicios, y en tanto sigamos creyendo en que hay unos que deben a otros “una deuda social” que alguien por cuenta de los menos favorecidos tiene que cobrar aun a costa de la violencia. Por eso Atlas se repliega hasta demostrar que la decisión del resentido o del moralmente acomplejado es insulsa en sus resultados. Atlas sabe que poco a poco toda esa promesa va a irse apagando, como las turbinas de Tacoa o Planta Centro.

La estaca de la racionalidad o la apnea del individualismo

El socialismo medra del desarrollo que otros logran. La arrogante gramática del poder socialista, llena de “Comisiones Centrales, estadales, municipales o comunales de planificación”, tan abundante en “hágase”, “exprópiese”, “constrúyase”, “aprésese” o cualquier manifestación despótica del poder “en nombre del pueblo”, no es otra cosa que una inmensa estafa que debemos conjurar, cortándole la cabeza y clavándole una estaca en el corazón.

Parece mentira creamos en la infalibilidad de un régimen que intenta controlarlo todo, y que sin embargo, más allá de la propaganda, la perversidad de la hegemonía comunicacional y el culto a la personalidad, no sea otra cosa que un carrusel inacabable de errores y fracasos. Y sin embargo le conferimos un poder inmenso. Por eso nadie anticipó la caída abrupta “y porque sí” del muro de Berlín. Nadie se atrevió a pensar que todas esas instancias coordinadoras no coordinaban nada, no controlaban ni de lejos ese orden extenso, sino en forma de imposibilidades, escasez, represión y propaganda. El cerro sigue arriba, igualito, pero peor en perspectiva. El cerro se convierte en confín, y no como antes, en condición susceptible de superar a través del esfuerzo individual, a partir del trabajo y de un gobierno que operaba como plataforma para el lanzamiento de nuestro potencial para vivir en libertad.

¿Resuelve algo el comunismo?

La historia está allí para demostrar que el comunismo es una tremenda indigestión ideológica. Tanto esfuerzo para encallar en Chávez, Fidel Castro, Stalin, Mao o Kim Jong Il. Tanta paja para terminar justificando a las jineteras del malecón de la Habana y echarle cincuenta años de culpas al imperio. Tanto Atila para terminar siendo una maraña de excusas y fracasos. ¿Y el hombre nuevo?

 

Epílogo: Una tarea cotidiana y aburrida pero indispensable

El muro cae porque el Capitalismo era sustancialmente mejor, más atractivo y más sereno en la negociación de las libertades.

Para el momento de la caída ocurrían cosas que salían del control. Perdió atractivo.

  1. Los movimientos de liberación del tercer mundo decayeron, se anquilosaron, se convirtieron en mecanismos de captación de una renta que la URSS ya no tenía como mantener.
  2. Se desmiembran y pierden importancia los partidos comunistas de los países de occidente.
  3. En Polonia, a pesar de la Ley Marcial, Solidaridad abre una brecha que el sistema no podía cerrar sin incurrir en altos costos. En Polonia el miedo dejo de tener sentido.
  4. Moscú va perdiendo terreno en la carrera armamentista que mantiene con Occidente, se vuelve tecnológicamente obsoleto, tiene un bajo rendimiento en el trabajo. Pierde posiciones y todo se le vuelve más costoso, pero sobre todo más insentato.
  5. Se van muriendo uno tras otro los integrantes de una generación de duros comunistas. Mueren los históricos. Y le llega el momento a Gorvachov.

La Perestroika y la Glásnot funcionaron como un pulmón artificial conectado en un cuerpo condenado, descompuesto, irreversible. Pero sirvió para una larga agonía.

Dos grandes procesos ocurrieron en simultáneo: Un tratamiento masivo de desintoxicación del miedo. Y un viaje colectivo al mundo de la información. Dice Kapuscinski “el que no haya sido educado en una atmósfera de miedo animal y omnipresente, y en un mundo sin información, tendrá problemas a la hora de entender de qué se trata. Porque todo el imperio soviético estaba basado en el terror y su inseparable hijo, el miedo. Y cuando el régimen renuncia a la política del terror de masas, a la muerte de Stalin y Beria, comenzó el principio del final.

Tanto terror, tanta muerte para justificar al hombre nuevo, a ese hombre nuevo que no es posible concebir. Pero hay otro que si es posible.

El hombre nuevo en el que yo creo es Atlas. O John Galt si quieren compartir conmigo la inmensa metáfora de Ayn Rand y su mejor libro, La Rebelión de Atlas. Esa vieja y bella definición ilustrada que debemos a Rousseau: “El hombre es un animal que posee el atributo moral de la libertad. Es un agente libre” es el punto de partida. Ese hombre histórico, irredento, emprendedor y tenaz, ese el punto de partida, no para someterlo, sino para dejarlo ser. Dejarlo prosperar.

Volvamos a mi conversación con la Dra. Lissette. Ella me señalaba el telón de fondo de la Ucab, y yo recordaba lo que escribí la noche más triste de mi vida, el 16 de junio de 2004. Era media noche, la última que mi papá vivió, y yo escribí lo que fue nuestro epílogo: “Insisto. Fue una gran suerte nacer en 1928. Pudo conocer y disfrutar de una Venezuela generosa de oportunidades, sin tiempo para el resentimiento y el odio, que poco a poco aprendió a asumir el riesgo de la democracia, y que progresivamente fue tornando en hechos concretos derechos importantes como el de la salud, el de una vivienda digna, el de un trabajo decente y adecuadamente remunerado. Pero sobre todas las cosas, la oportunidad de labrarse su propio futuro, de construirse un legado digno, a fuerza de trabajo y esfuerzo. Esa Venezuela, fue inclusiva y generosa hasta con los más pobres.

¿De qué estaba hecha esa inclusión? Su textura esencial fue la paz. Una larga paz de más de cuarenta años, que se aprovecho tal y como se hace en todo el mundo, para tener hijos, para ocuparse de su formación, para progresar. Esos pobres lo único que pidieron fue una oportunidad. Y la misma vino en forma de trabajo estable. Y eso les dio poder. En esa época los pobres eran verdaderamente poderosos, porque podían tomar sus propias decisiones. Lástima que los que nacieron ese año hayan podido vivir incluso para asomarse y sufrir las consecuencias del odio, la división, el grosero despilfarro y la pérdida de definiciones respecto de las cosas importantes y valiosas…”.

Mi padre murió angustiado. Yo, por mi parte, no he dejado de estarlo ni un minuto, porque sé que no hay atajos a ese maridaje entre un Estado que deja ser, y un Atlas que quiere ser, sin pensar en cuál fue su origen o cómo la vida le echó los dados.