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El poder no otorga competencia

Iglesia Dulce Nombre de Jesús en Petare / Francesca Commissari

Iglesia Dulce Nombre de Jesús en Petare / Francesca Commissari

El poder es también una facultad para mandar, dominar e influir para bien o para mal. Depende de las intenciones

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Es una afirmación tan categórica, precisa y tan irreprochable que no admite explicaciones. Al mismo tiempo es la afirmación más ignorada por todos los que tienen una mínima dosis de poder en cualquiera de las áreas del quehacer humano, en especial, donde existe una subordinación institucionalizada, es decir, en casi todas las funciones de los grupos sociales reglamentados para regular la aplicación de las leyes. El poder jerarquizado clasifica las funciones de una sociedad en relación con la subordinación. El poder tiene muchas acepciones, desde la de ser la imagen del gobierno de un Estado, hasta la mezquina y miserable del ambicioso sin escrúpulos que sólo tiene el deseo intenso de conseguir autoridad, fama y lucro para beneficio propio. El poder es también una facultad para mandar, dominar e influir para bien o para mal. Depende de las intenciones. Por eso hay poder absoluto, omnipotente y destructor, y poder respetuoso, disciplinario, constitucional, democrático y satisfactorio. El poder más nefasto es el poder pretencioso de aparentar ser lo que no se es. Al mismo tiempo, es también el más vulnerable porque la verdadera personalidad siempre se revela.

Aquí me refiero exclusivamente al individuo que por tener una determinada dosis de poder se considera competente y con sobrada autoridad para opinar, juzgar, elogiar o descalificar los pensamientos y las obras de quienes ejercen actividades de las cuales el “poderoso” no tiene la menor idea por la sencilla razón de que no son de su conocimiento. Eso se llama abuso de poder. Ese individuo maneja su grado de poder según el nivel de la posición que ocupa. Si es un empleadito de poca monta es posible refutar u objetar, pero si se trata de un señor ministro, un señor gobernador u otro “pesado”, la cosa se pone más difícil porque refutarlo conlleva casi siempre consecuencias negativas, entre ellas la rescisión del contrato o la pérdida del empleo. Estos casos son propios y muy frecuentes entre los “poderosos” ignorantes. Una ignorancia abusiva, autoritaria y estúpida. Los poderosos ignorantes son la plaga de muchos países, en especial de los autoritarios y subdesarrollados. Tal conducta y autoritario comportamiento están casi siempre asociados a la incompetencia y al desconocimiento de la materia que debería dominarse y que, en cambio, es consecuencia de un nombramiento vinculado al amiguismo, a intereses compartidos o a coincidencias ideológicas. Se advierte en todas partes y en todos los colores políticos. En la economía, en la planificación urbana, en las responsabilidades administrativas, en la medicina, en la arquitectura, en la oratoria, en las artes, etcétera. No me voy a referir a conductas ajenas a mi profesión y me limitaré a señalar casos relacionados con la historia de la arquitectura y a la conservación del patrimonio cultural. Un campo donde juicios y decisiones dependen (no quiero generalizar) de muchos arribistas ignorantes.

Acusar a alguien de ignorante no lo considero una ofensa. El que ama es un amante, el que canta es un cantante y el que ignora es un ignorante. O sea, que desconoce, que no sabe, que no está informado. ¡Todos somos ignorantes! El sabelotodo no existe. Yo soy un gran ignorante en literatura japonesa, en idiomas que no conozco, en la preparación de comidas y en tantas otras disciplinas. Por eso, si me encuentro en una circunstancia donde se me pide opinar sobre algo que ignoro, lo manifiesto de inmediato. Pero en la materia que me considero lo suficientemente preparado estoy siempre listo para dar la pelea, si no comparto los argumentos esgrimidos por ser equivocados o inciertos.

Lo triste de los poderosos que opinan sin conocimiento de causa es que tampoco tienen la preocupación de informarse o pedir asesoramiento a los que podrían “más o menos” prepararlos. Si tienen que dar un discurso siempre cuentan con alguien que se los escribe, pero cuando opinan de manera espontánea emiten opiniones y juicios que dan lástima. Esa ignorancia no se manifiesta solamente cuando se opina sin conocer la materia, sino que se hace extensiva a las decisiones que su “poderío” le permite tomar cuando asigna obras a personas de su entorno sin considerar si tienen competencia para ello. Son los casos propios del amiguismo, del “cómo quedo yo ahí” y de los jalamecate del político mandón. En estos casos los resultados son aún más nefastos porque la obra realizada por el “escogido” busca ser complaciente en lugar de actuar con ética profesional.

También son peligrosos los “consejeros” ignorantes que suministran al jefe datos equivocados que luego repetirá por haber confiado en su informador y por no haber corroborado la veracidad de los mismos. Un caso reciente (marzo de 2013) que nadie objetó –porque la mayoría traga todo lo que escucha– pude corroborarlo en la inauguración de la intervención restauradora de la iglesia de Petare. Los oradores oficiales no respetaron la historia y afirmaron que se trata de la iglesia más antigua del valle de Caracas y que su construcción remonta al año 1621. Lo cual no es cierto. Los que pronuncian discursos son casi siempre autoridades civiles y eclesiásticas, es decir, personas que tienen su dosis de poder y que deberían asegurarse de que los datos proporcionados por los asesores correspondan a cuestiones verídicas. Lo mismo vale para los periodistas que repiten, reproducen y difunden los mismos errores.

La iglesia no fue construida en 1621. En esa fecha se determinó su advocación al Dulce Nombre de Jesús y su primera sede fue un bohío de paja de una sola nave. Hay que esperar hasta la mitad del siglo xviii para seguir el lento proceso constructivo que duró más de un siglo. Las primeras referencias de la estructura actual son de 1754 cuando el cura interino Gabriel Ramón de Ibarra se refiere a las obras de la “iglesia nueva”. En 1772, el obispo Mariano Martí visitó la construcción y literalmente afirmó que “se estaba reedificando en aquella actualidad” (1772). Añade además que “las paredes se hallaban casi enrasadas”, es decir, que faltaba poco para alcanzar la altura necesaria para recibir las armaduras de pares y nudillos de la techumbre mudéjar. La construcción aún estaba en obras para finales del siglo xviii según lo confirma un grafiti (1800) en el aplanado exterior de la nave del Evangelio próximo a la fachada. Sufrió daños en el terremoto de 1812, principalmente en el techo, y su reparación fue costeada por la vecina Ana Francisca Pérez de León. La construcción de la torre se debe a la iniciativa y conocimientos del franciscano capuchino francés Jacinto Madelaine en 1835 y su inauguración se celebró en 1858. El padre Madelaine murió dos años antes, en 1856. Por lo tanto, la fecha de 1858 puede considerarse como la de la terminación total del conjunto de naves y torre. Son datos fidedignos de la Academy of American Franciscan de Washington en la que obtuve muchas informaciones de las actividades de los franciscanos en Venezuela, gracias a las facilidades que me brindó su director, el historiador Lino G. Canedo (†). Hasta en mi libro sobre los templos coloniales de Venezuela, publicado en 1959, aparece parte de esos datos.

Además, se deberían cuidar expresiones con el uso de frases más técnicas y menos cursi. Frases como: “es una joya colonial”, “la iglesia fue refaccionada”, “una estructura de origen colonial”, “rasgos coloniales originales” y otras similares no se corresponden con el carácter técnico y artístico de la intervención restauradora.

Esa ligereza de opinar sin tener conocimientos o de señalar fechas y hechos equivocados es muy frecuente y frecuentes son las decisiones de intervenir en un momento histórico sin considerar su condición de Patrimonio Cultural Nacional.

Hace medio siglo, en 1964, el presbítero Florencio Blanco, párroco de la iglesia de Petare, solicitó a la Dirección de Cultos del Ministerio de Justicia eliminar toda la pintura al óleo de las paredes interiores por tener un aspecto inaceptable de acabado brillante y chocante, rechazado por todos los vecinos. Como arquitecto asesor de la Dirección de Cultos para esa fecha, el ministerio me encargó atender el asunto y resolver la petición. Se dedicaron seis meses en escarpar, con pequeñas cuchillas adecuadas, las capas al óleo y otras subyacentes hasta llegar a la original que reveló antiguas decoraciones polícromas de adornos imitando cortinajes, rocallas y querubines que se encontraban en el muro de fondo de cada uno de los retablos laterales. También se descubrió una cenefa decorativa azul en la nave central en la base del techo. Las pinturas descubiertas se dejaron como aparecieron por no disponer en ese momento de un restaurador de pintura mural. Sólo se protegieron con un fijador recomendado por la firma inglesa Windsor y Newton.

Unos veinte años después, en una visita al templo con un grupo de estudiantes, vi con asombro que las columnas tenían color azul intenso y, lo que es peor, encontramos que todas las mesas altares que servían de base a los retablos de las naves laterales habían sido serruchadas y destruidas por orden del párroco porque ¡no dejaban suficiente espacio de paso entre las mesas altares y los bancos!

Lamentablemente esa barbaridad aún no ha sido resuelta en la reciente restauración. Cuatro de los seis retablos ya están en su sitio, pero en todos falta la mesa altar que debe servirle de base y apoyo. Muy cuestionable el exceso de iluminación con reflectores propios de canchas deportivas. Las iglesias piden un matiz de luz íntima y recóndita para el recogimiento y la oración. No es un centro comercial. Inexplicable la eliminación de la cenefa decorativa.

En la restauración de otra iglesia, la de Turmero (1962), se respetó la pintura blanca de cal en la fachada, pero pocos meses después estaba pintada de azul. Llamé la atención al sacerdote recordándole que, antes de hacer cualquier intervención en un monumento declarado de valor Histórico Nacional (Gaceta Oficial N° 26320, del 2 de agosto de 1960), tiene la obligación de consultar a la Junta. Su poder de decisión se sintió ofendido y me contestó: “¡Como párroco yo sé de iglesias mucho más que usted!”. Repliqué diciéndole: “Padre, usted sabe decir misa, pero ¡yo sé más de arquitectura que usted!”. Amén.

Las decisiones inconsultas son pan de todos los días y casi siempre se deben a personas que tienen algún cargo y algún poder que las autorizan a actuar según sus criterios. Un ejemplo reciente e inadmisible se cometió en Coro, ciudad declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. En la famosa “casa de las ventanas de hierro” se clausuró la entrada por la única y magnífica portada y se abrió un nuevo acceso en una pared lateral –y para hacerlo debieron demoler parte de la pared original– que directamente comunica con el corredor. Tal exabrupto altera notablemente el valor tradicional del binomio zaguán-corredor, que es propio de las casas de la segunda mitad del siglo xviii, y altera el diseño de la planta. ¿Quién autorizó el acto vandálico en una de lasa casas patrimoniales más valiosas de Venezuela? ¿Se consultó al Instituto de Patrimonio Cultural? ¿Quién es el “poderoso” que se coloca por encima de la ley conservadora del patrimonio cultural nacional, y en este caso también mundial?