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La plaza, corazón de la ciudad

La Feria del Libro es organizada por la Alcaldía de Baruta y Cavelibro | Foto: Leonardo Noguera

La Feria del Libro es organizada por la Alcaldía de Baruta y Cavelibro | Foto: Leonardo Noguera

El próximo 14 de noviembre comienza la VIII Festival de las Artes y la Lectura Baruta. En el marco del evento, nuevamente la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes será el epicentro de la III Feria del Libro de Baruta, donde lectores, escritores, investigadores y la familia se encontrarán para disfrutar de los libros

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Las plazas hablan de historia, acumulan recuerdos, dibujan futuro. Desde los tiempos del ágora, los griegos tomaron sus espacios y las hicieron suyas, hasta que terminaron respirando libertad.

Acudían a ellas para saber, para debatir. Fue en un ágora donde Sócrates pasaba días enteros dialogando con sus discípulos y fue también en un ágora donde lo condenaron a ingerir cicuta. Porque la plaza ha sido epicentro de traiciones y desmanes, pero también de convergencia, amores y encuentro.

Ese punto de la urbe se ocupó igualmente de lo sagrado, a su alrededor se construyeron templos para adorar a los dioses. Hoy esa impronta cargada de fe la exhibe, como ninguna otra, la Plaza San Marcos del Vaticano.

Roma articuló su imperio en torno al foro. Allí se reunía el Senado, se votaba, se llevaban causas judiciales, se hablaba de cultura, se hacían negocios, se soñaba.

Fue en el foro romano donde se cremaron los restos apuñalados de César ante una multitud que, exacerbada, le prendió fuego a vestidos, joyas y monedas.

Desde ese entonces es mucho lo que han cambiado, pero su esencia sigue siendo la misma. Áreas que se abren entre calles para el contacto, cuando el hombre decide salir de sus propios muros para encontrarse con el otro.

Para Ortega y Gasset "la ciudad es ante todo plaza, ágora, discusión... La gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya".

Para muchos es un rincón que vuelve la mirada a lo colectivo, lo más cotidiano que tenemos y, de cuando en vez, lo más extraordinario. Fue en una plaza, la Plaza Roja de Moscú, donde el aterrizaje de un avión piloteado por un joven alemán puso en jaque, en plena guerra fría, al tan blindado sistema de seguridad de la entonces Unión Soviética.

Para Ítalo Calvino es eje de transformación. En Ciudades invisibles habla de Melania: el que se asoma a su plaza en momentos sucesivos comprende que de un acto a otro el diálogo cambia, aunque las vidas de sus habitantes sean demasiado breves para advertirlo.

Pero la plaza, zona de juegos y teatro, es también cuna in sempiterna de leyendas, como la del enano de la catedral, inmortalizado por Oscar Yanes.

Un hombre diminuto que se aparecía en la plaza Bolívar y crecía a la altura del reloj de la iglesia para hacer correr a los hombres infieles con tan sólo una advertencia: "son las 12 de la noche en Caracas, 6 de la mañana en Roma".

Una plaza fue escenario para que un grupo de amigos hablara, en la pluma de Pancho Herrera Luque, sobre la Venezuela de Guzmán Blanco, en Los Cuatro Reyes de la Baraja.

La lujuria de Nueva York estalla en Times Square, la esencia de Bruselas brota de la Grand Place, uno de los lugares más bellos del mundo que alojó a Víctor Hugo y observó a Marx y Engels sentar las bases del comunismo. El mestizaje de Estambul se impone en la plaza Sultanahmed, con dos enormes maravillas que muestran frente a frente mundos distintos: Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Las plazas, en fin, hablan de historia, viven lo diverso, dibujan el futuro, cincelan el alma. Terminan respirando libertad, pero sólo cuando el hombre resuelve, como en los tiempos del ágora, tomar sus espacios y hacerlas suyas.