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Desde otro planeta / V

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Cada vez más lejos 

No me he desconectado de Venezuela. Ni creo que pueda. Todas las mañanas leo los titulares de las noticias de allá. Con mucha frecuencia, lamento no estar en Caracas para la presentación de un libro en el que trabajé o para una función de teatro, la inauguración de una exposición o una tertulia en una de mis añoradas librerías. No creo que deje alguna vez de extrañar el circuito cultural al que asistía, al que incluso pertenecía. E intento mantener el contacto frecuente con mis afectos, preguntándome cómo están haciendo para vivir con cierta comodidad. Porque estoy permanentemente angustiado por ellos.

Un emigrante venezolano del presente está obligado a manejar las tensiones de su propia condición de recién llegado en un país extraño –apurarse por aprender el idioma (en Montreal, los idiomas), conseguir trabajo, entenderse con el clima, etc.– y con el pavor de saber que sus seres queridos transitan una situación de catástrofe cotidiana. Uno no puede dejar de pensar en cómo están cada día más en peligro. En cómo pueden conseguir acetaminofén si se enferman o en cómo pueden hacer mercado.

A eso hay que sumar la vertiginosa sensación de ver cómo ellos, los que se quedaron, y nosotros, los que nos fuimos, estamos cada vez más lejos.

Es como pensar en el infinito o como asomarte al borde del trampolín de una piscina olímpica. Algo de lo que quieres apartar tus ojos. Te vas enterando de cómo el aislamiento aéreo se acentúa cada mes, de cómo algún conocido organiza un viaje que implica volar a Colombia para entrar a Venezuela por Cúcuta, como Cipriano Castro en 1899, y sientes que Venezuela ya no está al norte de América del Sur, sino en la Antártida.

Pero el alejamiento no es solo geográfico. Se van ensanchando también las brechas en la conversación. Los emigrados empezamos a censurarnos cuando hablamos con nuestras familias o amigos. Tratamos de mencionar más los defectos del sitio al que llegamos –los adictos en los parques, la edad de los edificios- que sus virtudes. Porque, ¿cómo publico en Instagram la colorida imagen de las montañas de verduras en los mercados públicos de Montreal, sin amargarle el día a quien la vea en Venezuela? O ¿cómo le cuento a los amigos con bebés, que deben presentar una partida de nacimiento para comprar pañales, que el gobierno canadiense acaba de ofrecernos 500 dólares para iniciar la cuenta de ahorro de nuestra hija de un año, que ni siquiera es ciudadana de Canadá, para su futura educación universitaria?

El aislamiento de Venezuela crece en el espacio, pero también en el tiempo. El chavismo y sus cómplices han ido logrando su propósito de devolverla al sangriento erial del XIX. Y sus emigrados tratamos de dejar ese doloroso horizonte a nuestras espaldas y de mirar adelante, pero con lágrimas en los ojos. Observando cómo nuestros hijos tratan de tocar a sus abuelos a través de una pantalla.