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Desde otro planeta / VII

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Las palabras que faltan

Soy un emigrado. O más bien un emigrante, más en gerundio: la emigración es un proceso que no termina una vez se ha pisado el país de destino, y tal vez no acaba nunca. Lo que yo hice, junto con mi esposa y mi hija, fue, simplemente, emigrar. Es parte esencial de la historia humana, de la del país del que venimos y de la del país que escogimos, Canadá. Es un hecho masivo en nuestro continente, que los venezolanos insistimos en ver como extraordinario, solo porque para nosotros lo es.

Sé todo esto, pero tiendo a sentirme como un exiliado y como un desterrado. Aunque tengo muy claro que son términos que no me corresponden.

Destierro tiene antiguas connotaciones literarias; era un castigo que usaban las sociedades feudales que consistía en prohibir a un trasgresor regresar a su tierra, so pena de muerte. No es mi caso. Pero sé que mis posibilidades de morir violentamente son radicalmente distintas si estoy en Canadá –con 34 millones de habitantes y menos de 500 homicidios en 2013– o si visito Venezuela. Y aunque nadie me obligó a irme, aunque irme fue una elección que yo me sentí obligado a hacer, es un hecho que el chavismo presionó sistemáticamente para que muchos lo hiciéramos. No me montaron los militares en un avión y me mandaron a algún país vecino, como le hicieron a Gallegos. No salí corriendo porque creyera que estaban a punto de meterme preso. Fue voluntario.

Exilio es otra palabra que viene a mí. Un exiliado, como un desterrado, también es objeto de una persecución. Estaban exiliados los políticos venezolanos que huían de la dictadura en los 50 o los argentinos, chilenos o uruguayos que lo hicieron, en países como Venezuela, en los 70. No soy un republicano español en México tras la victoria de Franco o un liberal checo en París tras la “primavera” del 68. Pero de todos modos yo me siento parte de los perdedores, los que perdieron su guerra y los que perdieron su país. Los perdedores que siempre hay en un cambio histórico, como también hay ganadores. Hubo un cambio histórico en mi país y yo salí perdiendo. No perdí ninguna posición de poder o de riqueza, que no tenía, pero sí el entorno profesional para el que me formé, reducido hoy a cenizas, y también el entorno político, porque no se puede hacer periodismo en una dictadura. Al menos yo no sé cómo hacerlo.

Lo cierto es que el término administrativo de emigración no me basta. Probablemente le pase lo mismo a muchos otros emigrados venezolanos. Algunos entre nosotros han dicho con sagacidad que llamarse exiliado en vez de emigrado es echarse encima un drama y un aire de heroicidad que no nos toca. Tienen razón. Nada hay en mí de heroico, por ejemplo.

Pero aún así, siento que emigración no termina de explicar nuestra situación. Hay algo más. Me faltan las palabras que definan lo que soy ahora. Las palabras, como mis pasos, parecen estar encima de lava en movimiento. Se desplazan, amenazan con sumergirse, con naufragar. No terminan de ocupar su sitio. O yo no termino de moverlas.