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Desde otro planeta / IX

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La historia por contar

 

Durante estos primeros meses en Canadá he tenido que confrontarme con el problema conceptual de ponderar mi sufrimiento como emigrado reciente. Como alguien que además de hallar el modo de integrarse aquí, debe lidiar con el pavor de ver a los suyos intentando sobrevivir en la Venezuela de hoy y con el duelo de ver perdido su país anterior.

Es algo difícil de explicar a otros inmigrantes latinoamericanos, que en ciertos casos están aquí como ilegales o como verdaderos refugiados, huyendo del narco o de la miseria total. O a los propios venezolanos que siguen en Venezuela, abrumados por problemas muchísimo más acuciantes. O a los canadienses, cuando manifiestan algún interés por el tema, que no tienen nada claro cómo un país que se suponía condenado a la prosperidad esté ahora siendo vaciado de su clase profesional, sector social donde la emigración parece más bien una evacuación.

Veo en la prensa lo que pasa en Gaza o Siria, o me entero por mi amigo Francisco Toro de esos campamentos de refugiados africanos donde las agencias internacionales de ayuda tuvieron que reducir las raciones a 850 calorías por persona y por día. Leo historias de emigrantes subsaharianos en los libros de Joe Sacco, lo que tienen que pasar para salir de su país, para atravesar el desierto, para superar el mar, para quedarse en Europa. Junto a eso, lo que ocurre en Venezuela puede parecer a los demás una tontería. Con frecuencia siento que a los venezolanos nos miran como estúpidos que desperdiciamos todo lo que teníamos. Tal vez es cierto.

Soy un privilegiado al lado de esos desesperados que emigraron sin nada salvo heridas y pesadillas.

Y sin embargo, insisto en verme como una víctima, aunque desde varias perspectivas tengo mucha suerte. Porque cada día me convence de que mi país de origen ha sido destruido casi por completo. O transformado hasta lo irreconocible, que para los efectos de quien se va, equivale a la destrucción. “Nos quedamos sin país”, dice mi esposa.

Y sin embargo, hay en nosotros los emigrados un dolor real, digno de reconocerse. Hay vergüenza. Frustración. Rencor.

A los que estamos afuera nos toca también entender mejor, desde aquí, lo que pasó. Entenderlo bien, se entiende. No repetir las mismas simplezas que decíamos allá. Y explicárnoslo a nosotros mismos antes que a los demás.

Siento que, además, los que escribimos tenemos una historia por contar: la de cómo se redujo un país de casi 30 millones de personas a este estado de precariedad, sin un terremoto catastrófico, sin una epidemia, sin una guerra civil y con una bonanza petrolera. Tomás Straka contó recientemente en este diario cómo sus colegas historiadores en un congreso lo acosaban para preguntarle por qué a Venezuela le ocurrió esto. Y propuso un brillante resumen. Por ahí hay que seguir. Es tal vez el comienzo de una nueva mitología para el hemisferio, una nueva fábula de lo que no se debe hacer en un continente fecundo en ellas: la de ese país que prometía muchas cosas pero se fue a la mierda.